Las reglas que rompimos

Capítulo 40: El silencio del lago

La tercera semana trajo consigo un sol engañoso en el sur de Valdoria.
Elena decidió salir de la casa por primera vez. Caminó por el sendero que bordeaba el lago Elar. Los vecinos de Liria, que conocían la historia de su padre y habían visto las fotos de su boda en las revistas de la capital, la saludaban con una mezcla de respeto y lástima.
Era la "viuda" corporativa. La mujer que había ido a Avelmont, había conseguido salvar sus tierras y había regresado sola.

Llegó a la sucursal del banco local. El gerente la recibió de inmediato en su oficina.
—Señorita Veyra. Es un placer verla. Quería confirmarle que la documentación de cancelación de hipoteca está cien por ciento procesada y archivada. La propiedad está libre de todo gravamen. Es suya. Definitivamente.

El gerente le entregó la carpeta azul con los títulos de propiedad. Elena la tomó entre sus manos. Pesaba muy poco para haber costado tanto.
—Gracias —murmuró ella, sintiéndose hueca.

Salió del banco y se sentó en un banco de madera frente al muelle del lago. Observó los pequeños botes pesqueros meciéndose en el agua.
Alejandro Veyra había amado ese lago. Había soñado con construir un legado allí. Y los Valmont se lo habían arrebatado.

*Flashback*
*El día del funeral de su padre, llovía de forma torrencial. Elena, vestida de negro riguroso, observaba cómo bajaban el ataúd. A su lado, su madre lloraba desconsolada, sostenida apenas por los vecinos.*
*Elena no había derramado una sola lágrima. El shock la mantenía anestesiada. Sin embargo, cuando el abogado de la familia se acercó después del servicio para informarles que el banco tomaría posesión de los bienes para saldar las deudas de la constructora, algo se rompió dentro de ella.*
*Había mirado las aguas grises del lago Elar y había hecho un juramento silencioso. Odiaría a los responsables. Odiaría a la corporación abstracta, a los banqueros y a la alta sociedad que jugaba con las vidas humanas como si fueran fichas de casino. No se permitiría perdonar.*

Pero, al mirar el agua tranquila diez años después, Elena comprendió una verdad dolorosa.
Su padre no habría querido que ella se inmolara en el altar de su memoria. No habría querido que pasara el resto de su vida en una casa vacía, consumida por el rencor. El pasado era papel viejo. Se podía restaurar, se podía limpiar, pero no se podía volver a escribir.

Sacó de su bolsillo un pequeño bisturí de precisión que había llevado instintivamente consigo. Lo giró entre sus dedos.
Adrián le había ocultado la verdad, sí. Había sido un cobarde. Pero también era el hombre que se había arrodillado para reparar su caldera. El hombre que la había abrazado en medio de la tormenta y que le había dado la opción de irse la noche antes de la boda.
Adrián era producto del veneno de su padre, pero estaba intentando desesperadamente curarse. Y ella, al marcharse sin dejarlo explicarse del todo, lo había dejado a merced de los tiburones de Avelmont.

Elena miró el cielo despejado. La rabia pura y cegadora de la primera semana se había evaporado. Ahora solo quedaba la claridad implacable de que, sin importar las reglas, los contratos o los apellidos, su lugar ya no estaba en Liria.
Se levantó del banco de madera, aferrando la carpeta azul, y caminó de regreso a su casa con un paso mucho más rápido. Tenía que volver a la capital. Tenía que enfrentarse a la junta directiva y al mismísimo Gabriel Valmont si era necesario.
No iba a dejar que Damián ganara la guerra.

Lo que Elena no sabía, mientras empacaba apresuradamente una de sus maletas, era que, a cientos de kilómetros de distancia, en el piso ochenta y dos de la Torre Valmont, Adrián estaba a punto de tomar una decisión que cambiaría las reglas del juego para siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.