Las reglas que rompimos

Capítulo 38: Fantasmas de madera

La primera semana en Liria fue un ejercicio de supervivencia básica.
Elena se despertaba antes del amanecer, cuando el frío de la montaña todavía empañaba los cristales de la vieja casa de madera. El silencio, que alguna vez había sido su refugio, ahora le resultaba ensordecedor. No había zumbidos de ascensores de alta velocidad, ni el rumor lejano del tráfico de Avelmont, ni el sonido de los pasos de Adrián sobre el mármol negro.

Se obligaba a levantarse. Encendía la chimenea, preparaba café oscuro y se sentaba en la mesa del salón. Había traído consigo el trabajo atrasado del taller: un tratado de anatomía del siglo XIX que necesitaba un injerto de papel japonés en casi todas sus páginas.
Pero sus manos, que siempre habían tenido el pulso firme de un cirujano, la traicionaban.

Cada vez que sostenía el bisturí o miraba el trazo de tinta oscura sobre el papel antiguo, un destello rojo cruzaba por su mente. La carpeta del archivo. La firma de Adrián Valmont aprobando la destrucción de su padre.

*Flashback*
*El olor a aserrín y pegamento animal inundaba el pequeño taller que Alejandro Veyra había montado en el garaje de la casa. Elena tenía doce años. Estaba sentada en un taburete demasiado alto para ella, con las piernas colgando, mirando fascinada cómo su padre desarmaba el lomo de un viejo libro de cuentos que ella había dejado caer en un charco.*
*—¿No está arruinado para siempre, papá? —preguntó ella, con los ojos llorosos, viendo las páginas manchadas de barro.*
*Alejandro sonrió. Tenía las manos grandes, callosas por el trabajo en la constructora, pero cuando tocaba el papel, era de una delicadeza absoluta.*
*—Nada está arruinado para siempre si tenés la paciencia de entender cómo fue construido, Elenita —le dijo, pasándole un hisopo con un solvente suave para que ella misma limpiara el borde de una página—. Las cosas se rompen. La gente también. Pero el trabajo del restaurador no es hacer que parezca nuevo. Es limpiar la herida, curarla, y dejar que la cicatriz cuente la historia de que sobrevivió.*
*Elena tomó el hisopo y, con cuidado, borró la mancha de barro.*
*—¿Y si la mancha no sale?*
*—Entonces aprendemos a vivir con ella. Pero nunca tiramos el libro.*

El recuerdo la golpeó con la fuerza de un látigo.
El miércoles por la tarde, mientras intentaba aplicar metilcelulosa en un borde rasgado, el pincel le tembló. Una gota de pegamento cayó sobre el texto original, manchando una palabra irrecuperable.
Elena soltó el pincel como si quemara. Se llevó las manos a la cabeza y soltó un grito ahogado, mezcla de frustración, agotamiento y una tristeza tan profunda que le dolían los huesos.

Se levantó de un salto, empujando la silla hacia atrás. Caminó por la casa vacía, mirando las vigas de madera, las alfombras gastadas y los portarretratos.
Había ganado. Había recuperado la casa. Las deudas estaban saldadas. Era libre.
Y, sin embargo, se sentía como un fantasma habitando un mausoleo. Su padre le había enseñado a curar heridas, pero la que Adrián le había dejado en el pecho parecía demasiado profunda. Se dio cuenta, con un terror paralizante, de que la casa ya no era un hogar sin él. Odiaba a Adrián por haberle mentido, pero se odiaba aún más a sí misma porque, a pesar de la traición y de la sangre de su padre, lo extrañaba con una intensidad que le destrozaba el alma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.