Las reglas que rompimos

Capítulo 39: Máquina trituradora

En el piso ochenta y dos de la Torre Valmont, el invierno se había adelantado.
El despacho de Adrián era un congelador emocional. La segunda semana tras la partida de Elena, él había cancelado todos sus eventos sociales, cenas de beneficencia y apariciones públicas. Se había encerrado en la torre, convirtiéndose en el monstruo que Damián siempre había dicho que era.

Frente a él, en la larga mesa de reuniones de su oficina privada, el director de una cadena de hoteles de la zona este sudaba a mares.
—Señor Valmont, le suplico que reconsidere —decía el hombre, pasándose un pañuelo por la frente—. Si nos corta la línea de crédito ahora, tendremos que declarar la quiebra. Setecientas personas se quedarán sin trabajo antes de fin de mes. Denos una prórroga de noventa días.

Adrián lo miró con ojos vacíos. No había ni un atisbo de humanidad en su rostro.
—El Grupo Valmont no es una organización de caridad. Su margen de rentabilidad cayó un cuatro por ciento en el último semestre. Los números no lo respaldan. Ejecuten las garantías mañana a primera hora.
—Pero señor...
—La reunión terminó —lo cortó Adrián, volviendo la vista a su monitor.

Cuando el director del hotel salió, pálido y temblando, Marcos, el secretario ejecutivo, entró al despacho con cautela. Dejó una carpeta de informes sobre el escritorio de Adrián.
—Señor, los auditores confirmaron la absorción de los hoteles. Pero las proyecciones indican que podríamos haber recuperado el capital con una refinanciación. No era necesario asfixiarlos.
Adrián no levantó la vista.
—Hice lo que era más eficiente. Retirate, Marcos.

Marcos dudó, pero finalmente asintió y salió.
Al quedarse solo, Adrián cerró la computadora de golpe. La eficiencia. Esa maldita palabra que había guiado toda su vida y que ahora le sabía a ceniza en la boca. Se levantó y caminó hacia los inmensos ventanales, mirando la ciudad bajo la lluvia constante de Avelmont.
Cerró los ojos y, sin quererlo, su mente viajó diez años al pasado. Al día en que firmó su propia sentencia.

*Flashback*
*Adrián tenía veintidós años. Su traje le quedaba un poco grande en los hombros, y todavía no había desarrollado la mirada glacial que lo caracterizaría. Estaba de pie frente al escritorio de su padre, Gabriel Valmont.*
*Gabriel fumaba un habano, mirando los planos de un futuro desarrollo portuario en el sur. Sobre su mesa descansaba una carpeta roja.*
*—La Constructora Elar es una molestia, Adrián —dijo Gabriel, sin mirarlo—. Tienen los terrenos clave del lago, pero el idiota de su dueño, Veyra, se niega a vender a precio de mercado. Quiere proteger su "patrimonio ecológico".*
*—¿Y qué querés que haga, papá? Yo soy solo un auditor junior.*
*—Quiero que dejes de pensar como un estudiante y empieces a pensar como un Valmont —Gabriel golpeó la carpeta roja con el dedo índice—. Los bancos subsidiarios tienen parte de su deuda. Armé un modelo de riesgo. Si cortamos el crédito repentinamente, no podrá pagar a sus proveedores. En tres meses, presentará la quiebra y nosotros compraremos los terrenos por centavos.*
*Adrián leyó el documento. Las proyecciones eran brutales. Destrucción total de activos.*
*—Papá, esto es asfixia premeditada. Si la comisión de valores se entera...*
*—Nadie se va a enterar, a menos que el niño prodigio que tengo enfrente sea demasiado débil para hacer lo que hace falta. Yo no puedo firmarlo por conflicto de intereses. Pero el departamento de riesgo sí. Firmalo, Adrián. Demostrame que tenés el estómago para heredar esta silla.*
*Adrián miró la pluma. Miró a su padre. El deseo de validación, la presión aplastante del apellido, fue más fuerte que su moral inmadura. Tomó la pluma y firmó.*

El recuerdo lo hizo apretar los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.
El pecho le quemaba. Destruir empresas ya no le provocaba satisfacción ni orgullo; solo lo hacía sentir más vacío, más sucio. Estaba intentando anestesiar el dolor de haber perdido a Elena ejerciendo un poder absoluto, pero solo lograba ver la sombra de su padre cada vez que se miraba en el espejo.

Al llegar la noche, regresaba al penthouse. El olor a solvente de restauración había desaparecido casi por completo. El lado izquierdo del vestidor estaba vacío. Y la inmensa cama *king size* era un desierto blanco e insoportable donde no podía pegar un ojo.
Se servía un vaso de whisky, se sentaba en la oscuridad y repasaba, una y otra vez, el momento en que ella se quitó el anillo de platino y se lo dejó en la palma de la mano. Había construido un imperio invulnerable, pero se estaba muriendo de hambre adentro de él.




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