Las puertas del ascensor se abrieron con violencia, escupiendo a Gabriel Valmont en el vestíbulo del penthouse.
Llevaba un sobretodo gris oscuro sobre los hombros, el cabello peinado hacia atrás con rigor militar y un bastón con empuñadura de plata que golpeó contra el mármol negro con la fuerza de un mazo. No venía a hacer una visita de cortesía.
Adrián dio un paso al frente, colocándose instintivamente entre su padre y Elena, que permanecía de pie cerca de los ventanales.
—¿Qué hacés acá, papá? Es domingo por la noche.
Gabriel ignoró a su hijo por completo. Su mirada, fría y afilada como un bisturí, se clavó directamente en Elena. La examinó de arriba abajo, evaluando su ropa cómoda, su cabello recogido y la evidente familiaridad con la que ocupaba el espacio.
—Vine a comprobar con mis propios ojos la magnitud de tu estupidez, Adrián —respondió Gabriel, sin apartar los ojos de Elena—. Damián me llamó hace una hora. Me mostró el reporte de sus sabuesos privados en Liria.
Elena sintió que el frío le trepaba por la columna vertebral.
Adrián no retrocedió.
—Damián está desesperado, papá. Está tirando golpes al aire para ver si logra impugnar el fideicomiso.
—¡No son golpes al aire! —rugió Gabriel, golpeando el bastón contra el suelo—. ¡Te casaste con la hija de Alejandro Veyra! ¡De todas las mujeres disponibles en Valdoria, elegiste precisamente a la única que tiene motivos de sangre para vernos destruidos!
El silencio que siguió a la explosión fue denso.
Elena dio un paso al frente, esquivando a Adrián para enfrentar al patriarca de los Valmont.
—Mi padre era un hombre honesto. Ustedes fueron los que lo destruyeron.
Gabriel soltó una carcajada amarga, carente de cualquier rastro de humor.
—¿Honesto? Tu padre era un ingenuo funcional, niña. Él firmó los avales de la Constructora Elar. Él puso su nombre en la línea de fuego porque quería jugar a ser un pez gordo en Avelmont. Cuando el mercado inmobiliario colapsó, nosotros simplemente hicimos lo que las empresas hacen: absorbimos los activos sanos y dejamos que los tóxicos se hundieran con el barco. Y tu padre era el capitán de ese barco.
La confirmación brutal de la teoría de Damián golpeó a Elena con la fuerza física de un puñetazo.
Miró a Adrián. El rostro de su marido era una máscara de piedra. No había sorpresa en sus ojos. No había indignación.
—Vos lo sabías —susurró Elena, y la voz le tembló por primera vez desde que había llegado a la capital—. Todo este tiempo... vos sabías que tu familia lo había llevado a la quiebra.
Adrián cerró los ojos por una fracción de segundo, maldiciendo el momento exacto en que la bomba le había explotado en la cara.
—Elena, escuchame...
—¡No! —Ella retrocedió, alejándose de él como si estuviera hecho de fuego—. En Liria me dijiste que mi padre confió en las firmas equivocadas. Y me miraste a los ojos sabiendo que la firma equivocada llevaba tu maldito apellido.
—Lo supe años después de que ocurriera —intentó defenderse Adrián, dando un paso hacia ella—. Yo era un estudiante universitario cuando mi padre liquidó la Constructora Elar. No tuve nada que ver con esa decisión operativa.
—¡Pero me elegiste a mí! —gritó Elena, con lágrimas de rabia quemándole los ojos—. Me elegiste a mí para este contrato. Sabías quién era yo antes de enviarme la tarjeta. Sabías que mi casa, la misma casa que tu padre casi me quita, era el único botín que me quedaba.
Gabriel interrumpió la discusión con una frialdad glacial.
—Esa es la pregunta del millón, Adrián. ¿Por qué ella? Damián va a argumentar frente a la junta directiva que este matrimonio es un acuerdo compensatorio. Que le pagaste las deudas a los Veyra para silenciar un antiguo fraude familiar a cambio de su firma en el registro civil. Si la junta cree eso, no solo perdés el fideicomiso de tu abuelo. Vas preso por fraude estatutario.
Adrián se giró hacia su padre, y la furia que irradiaba era aterradora.
—No hay ninguna prueba de extorsión, papá. El contrato es inexpugnable.
—El contrato no me importa un carajo. Me importa la óptica. Me importa que le diste a Damián el arma perfecta para dispararte en la sien. —Gabriel señaló a Elena con el bastón—. Divorciate de ella mañana mismo a primera hora. Pagale el silencio y mandala de vuelta al pozo de Liria. Anulamos el matrimonio por diferencias irreconciliables, absorbemos el golpe en las acciones por dos semanas y buscamos una esposa adecuada antes de que cumplas los treinta.
—No me voy a divorciar.
La respuesta de Adrián fue tan rápida, tan visceral, que sorprendió hasta a su propio padre.
Gabriel frunció el ceño, evaluando a su hijo.
—No seas imbécil, Adrián. La Regla Número Cuatro que vos mismo diseñaste. No debilidades. Esta mujer es una debilidad andante. Damián la va a usar para destruirte.
—Te dije que no. —Adrián avanzó un paso, acorralando a su padre con su altura—. Yo dirijo esta compañía. Yo soy el CEO. Y Elena Veyra es mi esposa. La junta directiva no me dicta con quién comparto mi vida, y vos tampoco. Ahora salí de mi casa.
Gabriel apretó los labios hasta convertirlos en una línea blanca. Miró a Elena con profundo desprecio, y luego a su hijo.
—La arrogancia te va a costar el imperio que yo construí, Adrián. Te lo advierto. Si Damián te arrastra a la ruina por esto, yo no voy a mover un dedo para salvarte.
Sin decir una palabra más, Gabriel giró sobre sus talones, subió al ascensor y desapareció tras las puertas de acero.
El silencio volvió a caer sobre el penthouse, pero esta vez era un silencio envenenado.
Elena miraba a Adrián con el corazón destrozado. Toda la conexión que habían construido en Liria, la vulnerabilidad que habían compartido frente al fuego, se había evaporado.
—Me usaste —dijo ella, con la voz rota.
Adrián se frotó el rostro con ambas manos.
—Te elegí porque sabía que eras la única mujer en Valdoria que jamás me pediría nada más que el dinero. Porque odiabas a mi familia lo suficiente como para no enamorarte de mí. Me aseguraba el éxito del contrato.