El regreso a la capital fue diametralmente opuesto a la tensión electrizante de Elyra. Fue un regreso sumido en una paranoia silenciosa.
Durante los siguientes días en el penthouse de Avelmont, Elena y Adrián apenas cruzaron más de tres frases seguidas. La convivencia se había transformado en un baile coreografiado para no invadir el espacio del otro.
Adrián salía hacia la Torre Valmont a las seis de la mañana, antes de que el sol iluminara el río, y regresaba pasadas las nueve de la noche, completamente exhausto, con el traje desaliñado y los ojos inyectados en sangre. La guerra contra Damián en la junta directiva parecía estar consumiéndolo vivo.
Elena, por su parte, se refugió en su trabajo. Convirtió la esquina del inmenso ventanal en su santuario. El olor a químicos de restauración, cuero y papel viejo comenzó a filtrarse lentamente por el ambiente esterilizado del departamento de lujo, dejando una huella inconfundible de vida humana.
Era jueves por la noche. Llovía a cántaros sobre Avelmont. Las gotas golpeaban furiosamente contra los gruesos cristales del piso noventa.
Elena estaba concentrada bajo la luz de su lámpara de aumento, usando un pincel finísimo para adherir fibras de papel japonés a la hoja rasgada de un mapa del siglo XVIII. Tenía el pelo atado en un rodete desprolijo, llevaba unos anteojos de marco grueso que solo usaba para trabajar, y estaba vestida con un pantalón de pijama a cuadros y una remera enorme y gastada.
No escuchó las puertas del ascensor abrirse. Solo notó la presencia de Adrián cuando el olor a lluvia, frío y sándalo inundó la habitación.
Se sobresaltó levemente y apartó la vista de la lente de aumento.
Adrián estaba parado a dos metros de su escritorio. Se había quitado la corbata y llevaba el saco colgado del hombro. Se veía absolutamente destruido. La fatiga le marcaba sombras profundas en el rostro, y su habitual postura rígida había cedido paso al cansancio puro.
—Perdón. No quise asustarte —dijo él, su voz apenas un murmullo grave en la habitación silenciosa.
—No pasa nada. Estaba muy concentrada —respondió ella, dejando el pincel con cuidado para no arruinar el pegamento.
Esperó a que él se dirigiera al vestidor o al baño, como hacía todas las noches, cerrando la puerta tras de sí. Pero esta vez, Adrián no se movió.
Caminó lentamente hacia ella, dejando caer el saco sobre una silla cercana, y se quedó de pie junto a la mesa de trabajo, observando el caos organizado de frascos, bisturís, algodones y libros desarmados.
—¿Qué es esto? —preguntó él, señalando el mapa antiguo con un interés genuino y no protocolar.
—Un mapa topográfico de las antiguas rutas comerciales del norte de Valdoria. Tiene casi doscientos años. El papel estaba acidificado y a punto de desintegrarse. Estoy neutralizando la acidez y uniendo las grietas con papel tisú japonés y metilcelulosa.
Adrián se inclinó levemente sobre la mesa para mirar los detalles. Estaba tan cerca que Elena podía ver el leve rastro de barba de todo el día en su mandíbula.
—Es un trabajo de precisión quirúrgica. Un solo error y destruís la pieza para siempre, ¿verdad?
—Sí. Por eso requiere paciencia. No podés forzar al papel a sanar más rápido de lo que su naturaleza permite.
Adrián se quedó mirando las manos de Elena, manchadas de pegamento y tinta. Luego subió la vista hasta encontrarse con los ojos de ella detrás de los cristales gruesos de sus anteojos.
No había máscaras de CEO. No había cámaras de prensa, ni espías de Damián, ni inversores nórdicos evaluándolos. Solo un hombre exhausto y una mujer en pijama en un día de tormenta.
—Me da paz verte trabajar —confesó Adrián de repente, y la honestidad brutal de la frase los paralizó a ambos—. En mi mundo, si algo se rompe, se tira y se compra uno nuevo, más grande y más brillante. Nadie se detiene a intentar repararlo con cuidado. Nadie tiene la paciencia para hacerlo.
Elena sintió que el pecho se le oprimía. La Regla Número Uno, la prohibición de involucrarse emocionalmente, estaba latiendo en alerta roja. Podía ver la vulnerabilidad asomando por las grietas del blindaje de Adrián Valmont. Estaba cediendo bajo el peso de su propio imperio.
Y lo peor de todo era que, a pesar de las dudas oscuras que Damián había sembrado en su cabeza sobre la quiebra de su padre, ella sentía un deseo irracional y profundo de reconfortarlo.
—El papel antiguo tiene memoria, Adrián —murmuró ella, sin apartar la mirada de sus ojos oscuros—. Si lo tratás con respeto, te sobrevive a vos y a mí. No todo tiene que ser reemplazable.
Él asintió lentamente, procesando las palabras. Levantó una mano, dudó un milisegundo, y luego la dejó caer suavemente sobre el hombro de Elena. Solo fue un roce de apoyo, un contacto humano buscando anclaje en medio del caos corporativo que lo estaba asfixiando.
El pulgar de Adrián acarició la tela de la remera gastada de ella. Fue el gesto más íntimo que habían compartido desde la boda. Más íntimo, incluso, que el beso ardiente del registro civil, porque este roce no era para nadie más que para ellos dos.
—No sé cuánto más voy a aguantar este ritmo en la empresa, Elena. Damián está bloqueando todos mis votos en la junta basándose en tecnicismos de la fusión naviera. Está buscando la forma de declarar nulo el fideicomiso antes de que termine el mes.
La confesión de debilidad era una violación flagrante de la Regla Número Cuatro.
Elena podría haber usado ese momento para reprocharle el contrato, para recordarle que él era el tiburón sin corazón que había comprado su tiempo.
Pero, mirando el agotamiento absoluto en el rostro del hombre que se suponía que debía odiar, no pudo hacerlo.