Las reglas que rompimos

Capítulo 26: El peso de los recuerdos

La noche cayó sobre Liria con una rapidez que solo la montaña conoce, trayendo consigo un frío cortante. La vieja caldera, a pesar de los esfuerzos de Adrián, decidió rendirse por completo pasadas las ocho de la noche, dejando la casa de madera sumida en temperaturas casi heladas.

Elena encendió la gran chimenea de piedra en el centro del salón principal, apilando leños de abedul hasta que las llamas iluminaron la habitación con un resplandor anaranjado. Adrián, habiendo aceptado finalmente la derrota técnica contra las tuberías, se dejó caer en el sofá de tela gastada, observando el fuego en silencio.

Elena fue a la cocina y volvió con dos tazas humeantes de té negro y una manta de lana. Le entregó una taza y se sentó en el otro extremo del sofá, cubriéndose las piernas.
—Te lo advertí. Mi mundo no tiene las comodidades del tuyo —dijo ella, envolviendo las manos alrededor de la taza de cerámica para calentarse.
Adrián tomó un sorbo largo. No parecía molesto; de hecho, sus hombros estaban más relajados que en cualquier otro momento desde que lo conocía.
—Tiene algo mejor, Elena. Tiene verdad. En Avelmont, todo el mundo te sonríe esperando cobrarte el gesto más tarde. Acá... acá el frío es honesto. El fuego es honesto. Vos sos honesta.

La confesión la tomó desprevenida. Adrián Valmont no era un hombre dado a la poesía ni a los sentimentalismos, lo cual hacía que sus palabras pesaran el doble.
Él dejó la taza sobre la mesa ratona y fijó la vista en la pared lateral, donde una docena de fotografías familiares estaban enmarcadas. Se levantó lentamente y caminó hacia ellas, estudiando los rostros congelados en el tiempo.
Se detuvo frente a una foto en blanco y negro. Era un hombre joven, de sonrisa amplia, sosteniendo a una pequeña Elena en brazos frente a la misma chimenea que ahora los calentaba.

—Ese es mi padre. Alejandro —dijo Elena, su voz sonando más frágil de lo que pretendía en la quietud de la casa.
Adrián no apartó la vista del cristal del portarretratos. Su postura se volvió rígida al instante.
—¿Él construyó esta casa?
—No, fue su abuelo. Pero mi padre la amaba más que a nada. Él era arquitecto. Quería modernizar Liria, construir hospitales, escuelas. Era un soñador.
Elena dejó su taza y se acercó, deteniéndose a un paso de Adrián. Mirar la foto de su padre siempre le provocaba un dolor sordo, una herida mal curada.
—Pero soñar es peligroso cuando hacés negocios con las corporaciones de Avelmont. Damián no se equivocó en la cena, aunque sus intenciones fueran venenosas. Mi padre confió en las firmas de inversión de la capital para financiar su proyecto principal, la Constructora Elar. Firmó documentos que no debía. Sus socios vaciaron las cuentas y él quedó como el único rostro visible de la quiebra.

Adrián seguía sin mirarla. Su mandíbula estaba tan apretada que un músculo palpitaba en su mejilla.
—¿Nunca investigaste quiénes eran esos socios, Elena?
—Lo intenté. Después de que él muriera de un infarto, ahogado por las deudas y el escándalo público, quise buscar justicia. Pero las empresas pantalla se disolvían en paraísos fiscales. Todo el rastro financiero desaparecía en un laberinto legal. No tenía los recursos para pelear contra fantasmas de traje y corbata. Así que me concentré en salvar lo único que no nos habían podido arrebatar: esta casa.

El silencio en el salón se volvió insoportablemente pesado.
Adrián conocía la respuesta. Lo supo en el mismo instante en que Damián mencionó la Constructora Elar en la cena. Adrián, que había sido entrenado por su padre para memorizar cada activo y cada adquisición hostil del Grupo Valmont en los últimos veinte años, sabía exactamente qué subsidiaria de su familia había devorado el capital de Alejandro Veyra.
Gabriel Valmont había destruido a ese hombre. La corporación que Adrián ahora dirigía y protegía estaba construida, en parte, sobre la sangre y la ruina de la familia de Elena.

Adrián bajó la cabeza, apoyando las manos en el marco de madera de la chimenea. Una culpa asfixiante, un sentimiento completamente ajeno a su naturaleza ejecutiva, le apretó el pecho. Podía decirle la verdad en ese mismo instante. Podía destruir la poca confianza que ella había depositado en él y enfrentar las consecuencias.
Pero la cobardía, disfrazada de pragmatismo, lo detuvo. Si se lo decía, ella lo odiaría para siempre. El contrato se rompería, ella perdería la casa, y él perdería el control de la junta.
Y, mucho peor que eso: la perdería a ella.

—Lo lamento mucho, Elena —dijo Adrián finalmente, girándose hacia ella. Su voz sonaba áspera, rasposa—. Lamento que mi mundo haya destrozado el tuyo.
Elena lo miró, sorprendida por la intensidad de su disculpa.
—Vos no tenés la culpa de los pecados de los bancos, Adrián. No sos el responsable de todo el mal de Avelmont.

*Si supieras la verdad, no dirías eso*, pensó él, sintiendo que la mentira por omisión le quemaba las entrañas.
Ella acortó la distancia que los separaba. La luz del fuego delineaba sus facciones. Sin pensarlo, sin importar las reglas, Elena levantó la mano y le acarició el rostro.
—Estás helado —susurró ella.
Adrián cerró los ojos ante el contacto. La suavidad de la mano de ella contra su piel fue como un ancla en medio de la tormenta de remordimientos que lo asediaba. No podía ser el monstruo que su padre había sido. No iba a permitirlo.

—Hace mucho frío en esta casa —respondió él en voz baja, cubriendo la mano de ella con la suya y manteniéndola contra su mejilla.
—Podemos poner más leña en la chimenea. O...
Elena dudó. La Regla Número Tres, la que prohibía compartir el lecho salvo obligación pública, parpadeó en su mente y se apagó de inmediato, consumida por el fuego del deseo y la necesidad.
—O podemos ir arriba. Hay mantas gruesas en mi habitación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.