Las reglas que rompimos

Capítulo 13: El peso de la corona

(Punto de Vista de Adrián)

Adrián Valmont no dormía; simplemente administraba sus horas de descanso con la misma rigurosidad con la que manejaba los activos de su empresa. O, al menos, así había sido hasta que Elena Veyra invadió su ecosistema.

Eran las tres de la madrugada en el penthouse de Avelmont. Acababan de regresar del infierno social que había sido la cumbre en Elyra. Adrián estaba sentado en la oscuridad del salón, con un vaso de whisky intacto en la mano, escuchando la lluvia golpear los ventanales.
A través del pasillo, la puerta de la habitación principal estaba entreabierta. Él sabía exactamente cómo estaba durmiendo ella. Acostada en el borde izquierdo de la inmensa cama, dándole la espalda al centro, trazando una frontera invisible pero impenetrable.

Adrián dio un sorbo al whisky. Le quemó la garganta, pero no logró anestesiar el ruido en su cabeza.
El beso en el yate.
Había sido una táctica. O, al menos, eso se había dicho a sí mismo cuando vio a Julián Meyer acorralándola con su encanto de niño rico. Había sido un movimiento calculado para aplastar los rumores de Damián frente a los inversores nórdicos.
*Mentira.*

Adrián apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá de cuero. Había besado a Elena porque verla sonreírle a otro hombre le había provocado una furia irracional, un instinto primitivo de reclamarla que no tenía absolutamente nada que ver con el fideicomiso de su abuelo ni con las acciones de la bolsa.
La había tocado y, por un microsegundo aterrador, el imperio de cristal que había construido para protegerse del mundo había dejado de importarle. Cuando sus labios encontraron los de ella, no hubo estrategia. Hubo hambre. Hubo desesperación.

Dejó el vaso sobre la mesa de cristal y se frotó el rostro con ambas manos.
Estaba perdiendo el control. La Regla Número Uno se estaba resquebrajando a una velocidad alarmante, y lo peor de todo era el secreto que latía bajo el suelo del edificio.
*La Constructora Elar.*
Cada vez que Elena lo miraba con esos ojos oscuros y desafiantes, cada vez que ella mencionaba la ruina de su padre con dolor, Adrián sentía que le clavaban agujas en los pulmones. Él era el arquitecto de esa ruina. Él, a los veintidós años, buscando desesperadamente la aprobación de Gabriel Valmont, había firmado la evaluación de riesgo que le cortó el oxígeno financiero a Alejandro Veyra.

"Son solo números, Adrián", le había dicho su padre en ese entonces. "Los débiles son absorbidos por los fuertes. Es la ley del mercado".
Y Adrián lo había creído. Se había convertido en la máquina trituradora perfecta.
Hasta que vio a Elena en aquella subasta de arte. Hasta que investigó sus antecedentes para buscar a la candidata perfecta para su matrimonio falso y descubrió que la mujer arrogante y hermosa que lo había insultado frente a un cuadro antiguo era la hija del hombre que él había ayudado a quebrar.

La culpa lo había empujado a elegirla. Pensó que pagarle la hipoteca sería una redención oculta, un equilibrio en el karma corporativo.
Pero ahora, atrapado en la misma casa con ella, enamorándose de la forma en que ella desafiaba su autoridad, la culpa ya no era suficiente. Si Damián lograba acceder a los archivos muertos y le mostraba su firma a Elena, todo habría terminado. Ella no vería al hombre que intentaba protegerla; vería al verdugo de su familia.

Adrián se puso de pie y caminó hacia el ventanal, observando las luces de la ciudad que su familia controlaba.
Tenía que mantener el muro intacto. Tenía que volver a ser el CEO de hielo. Si le demostraba que se estaba enamorando, le daría el poder de destruirlo. Y en el mundo de los Valmont, mostrar debilidad era sinónimo de firmar tu propia sentencia de muerte.




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