Prólogo
Regla número uno: nunca te enamores de un Blackwood.
La frase apareció escrita en la primera página de la carta que encontré aquella mañana, justo debajo de mi nombre, y durante varios segundos permanecí inmóvil frente al escritorio de la biblioteca, convencida de que alguien había decidido gastarme una broma de muy mal gusto.
Volví a leerla.
Después levanté la mirada hacia la sala vacía, como si esperara encontrar a alguien escondido entre las estanterías, observándome mientras intentaba descubrir qué demonios significaba aquello.
Pero no había nadie, solo el sonido de la lluvia golpeando los ventanales y el olor familiar de los libros antiguos que llevaba años respirando mientras trabajaba allí.
—Esto tiene que ser una equivocación —murmuré, dejando la carta sobre el escritorio, aunque mis dedos permanecieron apoyados sobre el papel como si todavía necesitara comprobar que aquello era real. Ni siquiera yo parecía creerme aquella explicación.
La carta seguía entre mis dedos; me había llegado sin remitente y sin explicación. Y, salvo por aquella primera advertencia, únicamente contenía una dirección, una fecha y una cantidad de dinero tan absurda que había tenido que comprobar dos veces que realmente había leído bien la cifra.
Lo sensato habría sido romperla, quemarla o devolverla al lugar de donde hubiera salido. Cualquier cosa habría sido más razonable que aceptar una propuesta que comenzaba con una advertencia sobre no enamorarse de alguien.
El problema era que todavía no sabía quién era ese alguien, ni siquiera sabía que no se trataba de un hombre. Porque los Blackwood no eran uno.
Eran tres. Y yo no tenía la menor idea de que, cuando aquella carta llegó a mis manos, mi vida tranquila estaba a punto de terminar.
Durante años había aprendido a sentirme segura entre aquellas paredes. Conocía cada pasillo, cada ventana que dejaba entrar demasiado frío durante el invierno y cada rincón donde podía esconderme cuando necesitaba unas horas de silencio.
Aquella biblioteca era mi refugio; los libros no hacían preguntas y la lluvia tampoco. Y mi vida, aunque quizá no fuera emocionante, tenía algo que yo valoraba más que cualquier aventura: certeza.
Hasta aquella mañana.
Todavía puedo recordar el instante exacto en que escribí mi nombre al pie del documento.
Recuerdo la tinta deslizándose sobre el papel y cómo dudé antes de firmar. Y recuerdo perfectamente la sensación que tuve cuando levanté la pluma.
No fue miedo, fue algo mucho peor… fue la certeza inexplicable de que acababa de abrir una puerta que quizá nunca volvería a poder cerrar.
Lo que todavía no sabía era que, treinta días después, estaría frente a tres hombres que cambiarían todo aquello en lo que había creído.
Tres hermanos.
Tres Blackwood.
Y una regla que descubriría demasiado tarde que existía por una razón.
Treinta días antes...