Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 39 — Lo que la verdad nos dejó

Capítulo 39 — Lo que la verdad nos dejó

Capítulo 39 — Lo que la verdad nos dejó

Clara no supo cuánto tiempo llevaba caminando por los pasillos de Blackwood cuando se dio cuenta de que había llegado hasta la biblioteca. Se detuvo frente a la puerta, con el sobre de Eleanor todavía entre las manos, y permaneció unos instantes mirando el interior antes de entrar. Aquel lugar había sido el motivo que la había llevado hasta la mansión, la razón que le habían dado para aceptar un trabajo que, en principio, solo consistía en ordenar documentos y catalogar libros antiguos.

Ahora sabía que la biblioteca había sido también el camino que Eleanor había preparado para conducirla hacia una verdad que llevaba toda la vida sin conocer.

Entró despacio y dejó el sobre sobre la mesa donde había trabajado durante aquellos días. Los libros seguían colocados en las estanterías, los documentos que aún no había terminado de revisar permanecían apilados en un extremo y, junto a la ventana, la luz de la mañana iluminaba el polvo suspendido en el aire. Todo parecía igual que antes de abrir la última carta, pero Clara sabía que ella ya no podía mirar aquella casa de la misma manera.

Se sentó y apoyó las manos sobre la mesa, intentando ordenar lo que llevaba dentro. Elías Blackwood era su padre biológico. Catherine, su madre, había amado a aquel hombre y había intentado construir una vida con él hasta que el accidente se lo arrebató antes de que pudiera conocer a su hija.

Después, cuando Clara todavía estaba en el vientre de su madre, Catherine tuvo que decidir cómo continuar sin el hombre con el que había imaginado su futuro, y acabó construyendo una nueva vida en la que otro hombre ocupó el lugar de padre que Elías nunca pudo ejercer.

Aquel hombre la había criado, la había querido y había estado a su lado mientras crecía. Nada de lo que acababa de descubrir podía cambiar los años que habían compartido, ni convertir en menos verdadero el amor que había recibido de él.

Sin embargo, saber que llevaba la sangre de los Blackwood le hacía mirar de otra manera muchas cosas que hasta entonces había considerado ajenas, como si una parte de su historia hubiera permanecido escondida a plena vista y ahora reclamara un lugar que nunca había sabido que existía.

Clara bajó la mirada hacia sus manos y apretó los dedos unos contra otros. No estaba enfadada únicamente con Eleanor. También le dolía pensar en Catherine, en todo lo que había tenido que dejar atrás y en la decisión de mantener a su hija lejos de una familia a la que, por nacimiento, pertenecía.

Podía comprender que su madre quisiera protegerla de los conflictos que habían rodeado a Elías, pero eso no impedía que le doliera haber crecido sin conocer una parte tan importante de su propia historia.

Y después estaban Sebastián, Rowan y Finn…. Clara cerró los ojos durante unos segundos, pero las imágenes de los últimos días regresaron con una claridad que le hizo apartar las manos de la mesa. Recordó las conversaciones, las miradas que se prolongaban un poco más de lo necesario, la confianza que había ido creciendo entre ellos y aquella cercanía que ninguno parecía haber buscado deliberadamente, pero que había terminado formando parte de su estancia en Blackwood.

Hasta hacía unas horas, había intentado comprender qué significaban aquellos sentimientos y hacia dónde podían conducirlos. Ahora tenía una respuesta que no había imaginado, una respuesta que no podía apartar de su pensamiento solo porque resultara dolorosa.

Eran sus primos… La palabra parecía sencilla cuando la pronunciaba en silencio, pero todavía le costaba encontrar un lugar para ella dentro de todo lo que había vivido. No podía borrar los últimos días, fingir que no habían existido ni convencerse de que lo que había sentido desaparecía automáticamente al conocer la verdad.

Lo que sí podía hacer era aceptar que, a partir de aquel momento, tendría que mirar a los tres hombres desde una realidad distinta, por mucho que necesitara tiempo para acostumbrarse.

Se levantó y caminó hasta una de las estanterías, pasando los dedos por los lomos de varios libros sin detenerse realmente en ninguno. Durante toda su estancia había intentado descubrir quién era Eleanor y por qué había querido que llegara a Blackwood.

Había encontrado respuestas, pero también había comprendido que conocer la verdad no significaba poder cambiar las consecuencias de lo ocurrido.

Y quizá eso era lo que más le costaba aceptar. Eleanor había muerto sin darle la oportunidad de preguntarle por qué había esperado tanto tiempo, por qué había seguido su vida desde la distancia y por qué había elegido unas cartas para contarle lo que podría haberle dicho, de otra manera.

Clara nunca sabría si Eleanor se había arrepentido de cada decisión o si, incluso al final, había seguido convencida de que aquella era la única forma de protegerla. Solo le quedaban sus palabras y la certeza de que la mujer que había mantenido a las dos partes de la familia separadas también había sido quien, finalmente, las había reunido.

Clara regresó a la mesa y recogió el sobre. No quería volver a leerlo todavía. Necesitaba dejar que las palabras se asentaran dentro de ella sin convertir cada frase en una nueva pregunta.

Cuando salió de la biblioteca, encontró a Edward al otro lado del pasillo. El administrador llevaba una carpeta bajo el brazo y se detuvo al verla, observando el sobre que Clara sostenía con una discreción que no llegó a convertirse en una pregunta.

—¿Se encuentra mejor, señorita Foster? —Edward ajustó la carpeta contra su costado antes de mirarla con atención.

Clara agradeció que no intentara averiguar qué había ocurrido en la habitación ni le pidiera explicaciones que todavía no sabía cómo dar.

—No estoy segura. —Bajó la mirada hacia el sobre y después volvió a levantarla—. Creo que voy a necesitar algo de tiempo para comprender todo lo que he descubierto.




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