Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 1— La Carta

Capítulo 1— La Carta

La biblioteca olía a papel viejo, madera encerada y lluvia. Clara siempre había pensado que era una combinación extrañamente reconfortante. Quizá por eso llevaba casi diez años trabajando allí.

No era un lugar espectacular. No aparecía en las guías turísticas ni tenía techos pintados por artistas famosos. Era simplemente una biblioteca privada instalada en un edificio victoriano que había conocido tiempos mejores y que sobrevivía gracias a donaciones, voluntarios y la obstinación de unas cuantas personas que todavía creían que los libros merecían un lugar en el mundo.

Aquella tarde de martes, sin embargo, la biblioteca parecía decidida a poner a prueba su paciencia.

—No puede desaparecer así sin más —protestó el señor Bennett desde el otro lado del mostrador.

—¿Qué es exactamente lo que ha desaparecido? —preguntó Clara, levantando la vista de una pila de devoluciones.

—Mi Dickens.

Clara parpadeó, convencida de que acababa de escuchar una respuesta sobre la que necesitaba bastante más información.

—¿Cuál de todos?

—Mi Dickens.

Ella dejó lentamente el libro que tenía entre las manos y lo miró con incredulidad.

—El señor Dickens escribió bastantes libros.

—El de la cubierta verde.

Clara permaneció unos segundos en silencio, preguntándose si aquello era realmente la descripción que pretendía ofrecerle.

—Por supuesto —murmuró finalmente, aunque su expresión dejaba claro que no tenía absolutamente ninguna idea de cuál era.

—¿Y cuándo fue la última vez que lo vio? —Preguntó Clara a sabiendas de que sus respuestas no ayudaba demasiado

—La semana pasada.

Clara levantó ligeramente las cejas, todavía intentando decidir si aquella seguridad estaba justificada.

—¿Está seguro? —Volvió a preguntar, observándolo con atención.

—Completamente —respondió el hombre, visiblemente más ofendido que confundido por la insistencia de Clara.

Ella asintió despacio, aunque la expresión del hombre no terminaba de convencerla.

—¿Lo llevó a casa?

—Por supuesto que no —contestó él con una mezcla de indignación y desconcierto, como si la posibilidad le resultara casi insultante.

Clara sostuvo su mirada durante unos segundos antes de continuar con sus preguntas.

—¿Lo prestó?

—Jamás —puntualizó, enderezándose ligeramente en la silla, como si necesitara dejar perfectamente clara aquella respuesta.

Clara frunció el ceño y repasó mentalmente las posibilidades que quedaban.

—¿Lo dejó olvidado en alguna parte?

El hombre la observó como si acabara de sugerirle que escondía diamantes robados en el jardín.

—Señorita Foster, llevo ochenta y dos años cuidando mis libros.

—Entonces probablemente aparezca.

—¿Y si alguien lo robó?

—Si alguien decide convertirse en delincuente, espero que aspire a algo más emocionante que un Dickens de 1998. —Durante unos segundos el anciano intentó parecer indignado. —Y Clara le sonrió. —Siempre tan optimista.

—Es una maldición. —respondió el señor Bennett, molesto.

—Lo encontraremos. —Le aseguraba ella, convencida de que el libro estaría enterrado entre más libros en su casa.

—Eso espero —le espetó Clara, cruzándose de brazos—. Si no aparece, volveré mañana.

El hombre la miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza, como si todavía estuviera intentando decidir si hablaba en serio.

—¿Es una amenaza?

Clara sostuvo su mirada durante unos segundos, disfrutando demasiado de aquella expresión desconcertada como para dejar pasar la oportunidad.

—Una promesa.

Clara soltó una carcajada mientras el hombre se alejaba, refunfuñando, por los pasillos.

—Algún día se mudará aquí dentro —dijo una voz a su espalda.

—Ya vive aquí dentro. Solo que él aún no lo concibe.

Martha apareció sosteniendo dos cafés.

—He conseguido rescatar estos antes de que la máquina decidiera explotar.

—¿Ha vuelto a hacer ese ruido extraño?

—Creo que está poseída. —dijo una Martha convencida de que aquel lugar grita por una buena renovación de maquinarias.

—Llevas diciendo eso tres años. —dijo Clara sonriendo.

—Porque lleva tres años intentando matarme.

—Gracias. —Dijo Clara aceptando el vaso de cartón.

—Lo sé. Soy una amiga excepcional.

—Eres insoportable. —asintió.

—También.

Tomaron asiento detrás del mostrador mientras la lluvia golpeaba los ventanales. A esa hora la biblioteca estaba tranquila. Un estudiante dormía sobre una mesa cercana. Dos jubiladas discutían en voz baja sobre novelas policíacas y alguien pasaba páginas en la sección de historia.

Era un sonido que Clara siempre había encontrado hermoso. El sonido de personas leyendo.

—¿Alguna novedad emocionante? —preguntó Martha, inclinándose ligeramente hacia Clara con una expresión de curiosidad exagerada.

—La gotera del archivo empeoró —respondió Clara, hojeando distraídamente una de las devoluciones que tenía delante.

Martha hizo una pequeña mueca de decepción.

—Eso no cuenta —dijo, ladeando la cabeza mientras la miraba con incredulidad.

—La señora Pierce devolvió un libro sin doblar ninguna página. —Clara dejó escapar una sonrisa antes de continuar.

—Eso tampoco cuenta —sentenció Martha, negando lentamente con la cabeza.

—Entonces no. Todo sigue igual de aburrido. —Clara soltó una pequeña risa y se encogió de hombros.

Martha la observó durante unos segundos, como si aquella respuesta confirmara una preocupación que llevaba demasiado tiempo rondándole la cabeza.

—Tu vida necesita aventuras —añadió, señalándola ligeramente con un dedo.

—Mi vida necesita una caldera nueva — dijo Clara, levantando la mirada hacia ella y suspirando.

Martha abrió los ojos con una mezcla de lástima y diversión.

—Eso es deprimente.

—Es realista —respondió Clara, retomando la lectura de los documentos.




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