Capítulo 40 — La familia que elegimos
Los días que siguieron a aquella conversación en el salón no borraron lo ocurrido ni hicieron que las verdades descubiertas dejaran de doler, pero algo empezó a cambiar en Blackwood.
No fue una transformación repentina, de esas que parecen suceder porque alguien ha pronunciado las palabras adecuadas, sino un cambio lento, casi imperceptible al principio, que fue abriéndose paso entre las costumbres de la casa, las conversaciones compartidas y aquellos pequeños momentos en los que Clara comenzaba a sentirse menos una invitada y un poco más alguien que tenía derecho a estar allí.
Había comprendido que conocer su origen no significaba renunciar a la vida que había tenido antes de llegar a la mansión, del mismo modo que aceptar que los Blackwood eran su familia no la obligaba a olvidar al hombre que la había criado ni el amor con el que su madre la había protegido.
Elías formaba parte de su historia, pero no podía ocupar el lugar de los recuerdos que ella conservaba de su padre, de aquella infancia que había sido suya y de todo lo que había aprendido antes de que Eleanor decidiera abrirle las puertas de aquella casa.
Y aunque todavía había momentos en los que la palabra prima le resultaba extraña cuando pensaba en Sebastián, Rowan y Finn, empezaba a comprender que no necesitaba encontrar de inmediato una definición para cada sentimiento.
Lo importante era que ninguno de ellos pretendía obligarla a olvidar lo sucedido, y que, por primera vez desde que había llegado a Blackwood, podía compartir un espacio con los tres sin sentir que debía vigilar cada gesto para evitar que el pasado se interpusiera entre ellos.
Aquella mañana, sin embargo, Clara comprendió que necesitaba algo más que tiempo y conversaciones con sus nuevos familiares. Necesitaba a alguien que la conociera de antes, alguien que pudiera mirarla sin pensar en Elías, en Eleanor o en todos aquellos secretos que habían cambiado su vida en cuestión de días.
Necesitaba a Martha, necesitaba una amiga, sus consejos… La idea le llegó mientras desayunaba, sentada junto a una de las ventanas del comedor, desde donde podía contemplar los jardines todavía cubiertos por el rocío.
Dejó la taza sobre el plato y buscó el teléfono que había llevado consigo, sonriendo ligeramente al encontrar el nombre de su amiga entre los últimos mensajes.
No quería contarle aquella historia por teléfono ni convertir una conversación entre ambas en una sucesión de explicaciones difíciles de ordenar. Quería verla, escuchar su voz y tenerla cerca, como tantas otras veces en las que la vida había decidido complicarse más de la cuenta.
Después de intercambiar unos mensajes, Clara consiguió convencerla para que fuera a Blackwood. Martha aceptó con el entusiasmo que la caracterizaba, aunque no tardó en advertirle que, si la invitación incluía otra historia de secretos familiares, esperaba al menos que la casa tuviera algo decente para comer.
Clara soltó una carcajada al leerlo, una risa espontánea que la sorprendió incluso a ella, porque llevaba varios días sin reír de aquella manera, sin sentir que debía justificar su alegría o preguntarse si tenía derecho a disfrutar de algo mientras todavía estaba intentando comprender su propia historia.
—¿Alguna buena noticia? —preguntó Sebastián desde la puerta del comedor, deteniéndose al verla guardar el teléfono mientras una sonrisa todavía permanecía en sus labios.
Clara levantó la mirada y asintió, dejando el móvil junto al plato.
—Martha vendrá a visitarme. Creo que necesito pasar un rato con alguien que no tenga el apellido Blackwood ni haya descubierto conmigo que mi familia es bastante más complicada de lo que imaginaba. —Sonrió al ver la expresión de Sebastián. —Necesito hablar de otras cosas durante un rato, aunque solo sea para recordar que mi vida no consiste únicamente en descubrir secretos.
Sebastián dejó escapar una risa baja mientras se acercaba a la mesa y ocupaba la silla situada frente a ella.
—Me parece una decisión bastante sensata, aunque debo advertirte que el apellido Blackwood no es responsable de todos los problemas del mundo. —Se acomodó en el asiento, observándola con una expresión divertida. —Algunos problemas conseguimos crearlos nosotros mismos sin necesidad de ayuda familiar.
—No he dicho que lo sea. —Clara arqueó una ceja, mirándolo con una sonrisa que empezaba a resultarle más natural. —Solamente he dicho que necesito descansar un poco de él, y creo que después de todo lo ocurrido tengo derecho a hacerlo sin que nadie se ofenda.
—Lo entiendo. —Sebastián apoyó los antebrazos sobre la mesa y su expresión se volvió más serena, como si quisiera asegurarse de que ella comprendía la importancia de lo que iba a decirle—. Y quiero que sepas que no tienes que pasar cada minuto con nosotros para demostrar que estás dispuesta a formar parte de esta familia. Puedes hacer tu vida, ver a tus amigos y marcharte cuando lo necesites. No tienes que pedirnos permiso para sentirte libre.
Clara se quedó mirándolo unos instantes, conmovida por la naturalidad con la que había pronunciado aquellas palabras.
Quizá para Sebastián aquello no fuera más que una forma de darle tranquilidad, pero para ella significaba mucho más, porque durante los últimos días había temido que encontrar una familia nueva implicara tener que aprender de nuevo quién era y cuál debía ser su lugar.
—Gracias. —Bajó un instante la mirada hacia sus manos, acariciándose distraídamente los dedos antes de volver a encontrarse con los suyos—. No sabes cuánto necesitaba escuchar eso, porque todavía me cuesta acostumbrarme a que pueda tomar mis propias decisiones sin sentir que estoy decepcionando a alguien.
Sebastián no intentó llenar el silencio con otra explicación. Se limitó a ofrecerle una sonrisa tranquila, una de esas que no exigían nada a cambio, y Clara descubrió que podía sentirse cómoda junto a él sin necesidad de analizar cada palabra o preguntarse qué habría significado en otras circunstancias.