Epílogo — Diez años después
Porque algunas historias nunca terminan de verdad.
El sonido de unas risas infantiles llegó desde el jardín mucho antes de que el automóvil cruzara las puertas de Blackwood.
Sebastián levantó la mirada del documento que estaba revisando y dejó la pluma sobre el escritorio cuando una segunda carcajada, seguida de una protesta que reconoció de inmediato, atravesó las ventanas abiertas del despacho.
Se quedó escuchando unos segundos, con una sonrisa que intentó disimular mientras volvía a acercar el papel hacia él, aunque ya sabía que aquella mañana sería prácticamente imposible terminar el trabajo que tenía pendiente.
—¡Violet, he dicho que no podéis esconderos ahí! —La voz de Rowan llegó desde el jardín con una autoridad que, a juzgar por las risas que la siguieron, no estaba produciendo el efecto deseado.
—¡Tú has dicho que podíamos escondernos donde quisiéramos! —respondió la niña desde algún lugar detrás de los arbustos.
—¡Eso era antes de que descubriera que habéis escondido mis llaves!
Sebastián se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz antes de dejar escapar una risa.
Diez años atrás, jamás habría imaginado que Blackwood volvería a llenarse de aquella manera, con carreras por los pasillos, discusiones que terminaban en carcajadas y alguien intentando convencer a Rowan de que las reglas también podían aplicarse a él.
Se levantó y se acercó a la ventana justo cuando su hermano apareció en el jardín, mirando a un lado y a otro mientras dos pequeñas figuras desaparecían detrás de los arbustos.
—¡Amelia, sé que estás ahí!
—¡No estoy! —respondió la pequeña, demasiado deprisa para resultar convincente.
Sebastián cerró los ojos un instante, apoyando una mano en el marco de la ventana.
—Definitivamente, han heredado el talento de su madre para discutir contigo —murmuró para sí mismo antes de regresar al escritorio.
No había terminado de coger la pluma cuando Rowan irrumpió en el despacho con la corbata torcida, una mancha de hierba en la manga y la expresión de un hombre que acababa de descubrir que negociar con dos niñas podía resultar bastante más complicado que enfrentarse a cualquier adversario adulto.
—Necesito tu ayuda —anunció, cerrando la puerta a su espalda mientras se pasaba una mano por el cabello.
Sebastián alzó lentamente la mirada del documento.
—Buenos días para ti también. ¿Has venido a saludarme o necesitas que envíe una expedición para rescatarte del jardín?
—Puedes reírte todo lo que quieras, pero tus sobrinas han decidido que las reglas son negociables; Martha está convencida de que debo dejarles desarrollar su imaginación y yo estoy empezando a sospechar que las tres han organizado esto para deshacerse de mí. —Rowan señaló hacia la ventana con una indignación que habría resultado mucho más convincente si no tuviera una hoja enganchada en la manga—. Llevo veinte minutos intentando convencerlas de que no pueden esconderse detrás de los arbustos cada vez que les toca recoger sus juguetes.
Sebastián dejó escapar una carcajada y volvió a coger la pluma.
—¿Has probado a recogerlos tú?
Rowan lo miró como si acabara de traicionarlo de la manera más imperdonable.
—He venido buscando ayuda de mi hermano, no una demostración de falta de solidaridad familiar.
—Entonces te has equivocado de despacho. —Sebastián señaló los documentos que tenía delante antes de acomodarse en la silla. —Estoy ocupado.
—¿Con papeles?
—Con documentos importantes.
Rowan se inclinó sobre el escritorio para echar un vistazo al montón de hojas y después volvió a incorporarse, negando con la cabeza.
—Diez años y sigues encontrando una manera de esconderte detrás de ellos. Un día de estos voy a ordenar que retiren todos los documentos de este despacho y veremos qué haces con tu vida.
—Probablemente disfrutaría del silencio.
—Eres un hombre sin corazón.
—Y tú sigues siendo incapaz de ganar una discusión con tus propias hijas.
Rowan abrió la boca para responder, pero una voz femenina llegó desde el pasillo antes de que pudiera encontrar una réplica.
—¡Rowan! Si vuelves a esconderte en el despacho de Sebastián para que yo me ocupe de las niñas, dormirás en el ala este.
Él cerró los ojos un instante, respiró profundamente y miró a su hermano con una expresión que mezclaba resignación y una súplica silenciosa.
—No digas nada.
Sebastián arqueó una ceja, incapaz de contener la sonrisa.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando demasiado alto.
La risa de Sebastián terminó de desarmarlo, y Rowan se enderezó la corbata antes de dirigirse hacia la puerta con toda la dignidad que pudo reunir.
—Mi dignidad permanece intacta, por si te lo estabas preguntando.
—Por supuesto —respondió Sebastián, inclinándose de nuevo sobre los documentos—. Ve con tu esposa antes de que tenga que enviar una segunda advertencia.
Rowan se detuvo en el umbral y volvió la cabeza.
—Algún día necesitarás mi ayuda, hermano.
—Cuando llegue ese día, procuraré no tener dos niñas esperándome en el jardín.
La puerta se cerró justo a tiempo para que Sebastián no tuviera que escuchar la respuesta, aunque la carcajada que llegó desde el pasillo le indicó que Rowan había decidido tomarse aquella derrota con el mismo sentido del humor con el que acostumbraba a afrontar casi todo.
Sebastián sonrió mientras regresaba a su trabajo. Blackwood seguía necesitando documentos, decisiones y alguien que se ocupara de que las cosas funcionaran, pero hacía mucho tiempo que había dejado de confundir aquella responsabilidad con la obligación de mantener la casa inmóvil.
Ahora había voces en el jardín, visitas que aparecían sin previo aviso y una familia que había aprendido a llenar los espacios vacíos sin necesidad de borrar las historias que habían ocurrido en ellos. Y aquella mañana todavía guardaba una sorpresa.