Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 30 — Donde termina la risa

Capítulo 30 — Donde termina la risa

Capítulo 30— Donde termina la risa

Blackwood Manor amaneció envuelta en una niebla tan espesa que, durante unos instantes, Clara tuvo la absurda sensación de que la isla había desaparecido del mundo.

Las ventanas de la biblioteca apenas dejaban pasar una luz grisácea que convertía los estantes en largas sombras inmóviles.

Había pasado más de una hora intentando concentrarse en los documentos que Sebastián había dejado preparados sobre la mesa.

No leyó una sola línea. Cada vez que sus ojos recorrían las páginas, su mente regresaba a la conversación del día anterior.

Aquella noche nos rompió.

No conseguía apartar aquellas palabras de su cabeza. Ni tampoco la forma en que Sebastián las había pronunciado. No sonaban como el recuerdo de una discusión. Sonaban como la confesión de alguien que todavía seguía viviendo en aquella noche.

Clara cerró lentamente la carpeta y dejó escapar el aire que llevaba unos segundos conteniendo.

Necesitaba aire. Blackwood Manor tenía una extraña capacidad para hacer que los pasillos parecieran estrecharse cuando las preguntas aumentaban, y ella empezaba a tener demasiadas. Atravesó el vestíbulo intentando no hacer ruido. Edward levantó la vista desde la pequeña mesa donde revisaba unas cuentas.

—¿Va a salir, señorita Clara? —preguntó Edward, dejando la pluma sobre el papel mientras observaba el abrigo que ella llevaba entre las manos.

Clara sonrió con cansancio y terminó de acomodárselo sobre los hombros.

—Solo necesito caminar un rato —respondió, acercándose a la puerta principal mientras buscaba con la mirada un poco de libertad fuera de aquellas paredes.

Edward observó el cielo a través de los cristales antes de volver los ojos hacia ella.

—Hoy el viento viene del norte —advirtió con tranquilidad, como si aquella información fuera mucho más importante de lo que parecía.

Clara se detuvo junto a la puerta y giró ligeramente la cabeza hacia él.

—¿Eso es una advertencia? —preguntó con una sonrisa cansada, aunque la curiosidad terminó asomándose en sus ojos.

El mayordomo dejó escapar una sonrisa casi imperceptible.

—No. Es solo una forma elegante de decirle que vuelva antes de que empiece a llover —aclaró, volviendo a coger la pluma con la misma calma con la que había hablado.

Clara negó divertida con la cabeza mientras abría la puerta.

—Prometo intentarlo —contestó, dejando que una pequeña sonrisa le suavizara el rostro.

Edward volvió a concentrarse en sus papeles, aunque su voz la alcanzó justo cuando ella estaba a punto de salir.

—En Blackwood Manor las promesas nunca desaparecen. Solo esperan el momento de cumplirse —dijo, sin levantar siquiera la mirada de los documentos.

Clara se quedó quieta durante un instante. Estuvo a punto de preguntarle qué quería decir, pero Edward ya había vuelto a concentrarse en sus papeles, como si nunca hubiera hablado.

Ella salió al exterior. El sendero que descendía hacia los acantilados estaba cubierto de hierba húmeda. El viento agitaba los brezos con una fuerza suficiente para llenar el aire de aquel aroma salado que empezaba a resultarle extrañamente familiar.

Respiró hondo y por primera vez en toda la mañana sintió que podía pensar con claridad. La mansión quedaba a su espalda. Y con ella, el peso de sus paredes.

Había recorrido apenas unos metros cuando distinguió una figura sentada sobre una roca, de espaldas al mar.

Las manos descansaban sobre las rodillas. El cabello oscuro se agitaba con el viento y no necesitó acercarse mucho para reconocerlo.

—Empiezo a sospechar que me estás siguiendo —comentó Clara, cruzando lentamente los brazos mientras una sonrisa divertida comenzaba a aparecer en sus labios.

Finn giró la cabeza lentamente y le dedicó aquella sonrisa fácil y despreocupada que parecía desafiar cualquier preocupación.

—Qué decepción. Yo estaba convencido de que eras tú quien me seguía a mí —respondió, ladeando ligeramente la cabeza mientras la miraba con una diversión que hizo que Clara tuviera que contener una sonrisa.

Ella cruzó los brazos con mayor firmeza.

—No eres tan interesante —replicó, intentando mantener una expresión seria que no terminó de convencer ni siquiera a ella misma.

Finn se llevó una mano al pecho con exageración.

—Eso ha dolido un poco —protestó, fingiendo una ofensa tan dramática que Clara terminó negando con la cabeza.

—Sobrevivirás —respondió ella, encogiéndose ligeramente de hombros mientras se acercaba a la roca.

—Probablemente. Aunque todavía no he decidido si quiero hacerlo —añadió Finn con una expresión solemne que duró apenas un segundo antes de que la comisura de sus labios volviera a traicionarlo.

Clara arqueó una ceja.

—Vaya forma tan dramática de empezar la mañana —comentó, dejando escapar una pequeña risa mientras lo observaba.

Finn se llevó una mano al corazón otra vez.

—Eso ha sido cruel —dijo, sacudiendo lentamente la cabeza—. Yo solo intentaba dar un poco de emoción a tu paseo.

Clara terminó riéndose. No porque el comentario fuera especialmente brillante. Sino porque Finn conseguía algo que ninguno de sus hermanos parecía saber hacer.

Aligerar el aire, incluso allí y en Blackwood Manor. Se acercó hasta la roca y permaneció unos segundos contemplando el mar. Las olas golpeaban la base del acantilado con una fuerza constante, casi hipnótica.

—Ahora entiendo por qué venís aquí —murmuró Clara, dejando que la mirada siguiera perdida en el movimiento de las olas.

Finn dejó escapar una exhalación y apoyó los codos sobre las rodillas.

—Aquí la casa deja de hablar —respondió, manteniendo los ojos fijos en el horizonte mientras su voz perdía por completo aquella ligereza de unos segundos antes.

Aquella respuesta hizo que Clara se girara hacia él.

—¿La casa habla? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza mientras intentaba decidir si estaba bromeando o si acababa de entrar en una parte de Blackwood que todavía no conocía.




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