Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 33 — Lo que Eleanor dejó atrás

Capítulo 33 — Lo que Eleanor dejó atrás

Capítulo 33 — Lo que Eleanor dejó atrás

La mañana llegó demasiado pronto. Clara llevaba despierta desde mucho antes de que la luz comenzara a filtrarse por las cortinas, aunque durante un buen rato permaneció tumbada en la cama, mirando hacia el techo mientras intentaba convencerse de que, si conseguía ordenar sus pensamientos, quizá también conseguiría ordenar todo lo que estaba ocurriendo en Blackwood.

No funcionó; cada vez que cerraba los ojos aparecía una imagen diferente. Finn junto al mar, hablando de Eleanor y de aquellos tres niños que habían dejado de serlo hacía mucho tiempo.

Sebastián colocando su abrigo sobre sus hombros, mirándola con aquella intensidad contenida que parecía decir mucho más de lo que estaba dispuesto a pronunciar.

Y Rowan… Clara llevó lentamente los dedos hasta su mejilla. Todavía podía recordar el roce de su mano. No había sido accidental y eso era precisamente lo que más la inquietaba.

Rowan había querido tocarla y después se había apartado porque había decidido hacerlo. Clara dejó escapar una respiración lenta y retiró la mano de su rostro.

—Esto se está complicando demasiado. —La frase salió en un murmullo mientras se incorporaba en la cama, y durante unos segundos permaneció sentada, con los pies apoyados sobre la alfombra y las manos descansando sobre sus rodillas—. Mucho más de lo que debería.

Y no hablaba solamente de ellos. Hablaba de Eleanor. De las cartas. De los documentos y de aquella sensación cada vez más difícil de ignorar de que, cuanto más avanzaba dentro de Blackwood, más cerca estaba de algo que había sido cuidadosamente escondido durante años.

Finalmente se levantó, se vistió y bajó al comedor. Cuando llegó a la puerta, se detuvo. Los tres hermanos ya estaban allí.

Finn tenía una taza de café entre las manos y, por la forma en que levantó la mirada al verla entrar, Clara comprendió que probablemente llevaba varios minutos más pendiente de la puerta que de su desayuno.

Sebastián estaba sentado al otro lado de la mesa con varios documentos delante, aunque uno de sus dedos permanecía inmóvil sobre la misma página desde hacía demasiado tiempo como para creer que realmente estaba leyendo.

Rowan ocupaba una de las sillas junto a la ventana. Tenía una taza entre los dedos y contemplaba el exterior con aparente tranquilidad, pero cuando Clara entró, sus ojos abandonaron inmediatamente el paisaje para detenerse en ella.

Finn fue el primero en hablar.

—Buenos días. —Levantó ligeramente la taza hacia ella, intentando recuperar aquella expresión relajada que normalmente utilizaba para ocultar cualquier cosa que pudiera resultarle incómoda—. Antes de que digas nada, no, tampoco he dormido especialmente bien.

Clara arqueó una ceja mientras se acercaba a la mesa.

—No iba a preguntarte eso. —Se sentó frente a él y dejó las manos alrededor de su taza, procurando ignorar las miradas que había sentido sobre ella desde que había entrado—. Aunque ahora tengo curiosidad por saber por qué has decidido contestar una pregunta que nadie te había hecho.

Finn sonrió.

—Porque llevo toda la mañana esperando que alguien me la haga. —Se encogió ligeramente de hombros, pero la sonrisa no consiguió ocultar del todo el cansancio que había debajo—. Y he pensado que, si me adelanto, quizá pueda ahorrarnos tiempo.

Rowan soltó una breve exhalación mientras seguía mirando su café.

—O quizá simplemente no sabes cuándo permanecer callado. —Giró lentamente la taza entre los dedos y levantó la mirada hacia Finn con una tranquilidad que resultaba mucho más provocadora que cualquier broma.

Finn lo miró con fingida indignación.

—Eso ha sonado sorprendentemente parecido a una crítica.

—Era una crítica.

—Entonces me quedo mucho más tranquilo. —Finn llevó la taza a los labios, aunque antes de beber volvió a mirar a Clara—. Por un momento pensé que estabas intentando herir mis sentimientos.

Clara no pudo evitar sonreír.

—Sobrevivirás.

—Eso espero. —Finn bajó la taza y la miró unos segundos más de lo necesario antes de apartar los ojos—. Aunque últimamente no estoy tan seguro de nada.

La sonrisa de Clara desapareció poco a poco; había algo en aquella frase. Algo que no tenía nada que ver con la broma.

Sebastián levantó entonces la mirada de los documentos.

—He encontrado algo. —La voz tranquila de Sebastián hizo que los tres lo miraran.

Clara dejó la taza sobre la mesa.

—¿Sobre Eleanor?

Sebastián asintió mientras mantenía la mirada sobre Clara, aunque la expresión de su rostro había cambiado ligeramente desde que ella había formulado aquella pregunta.

Había algo en la manera en que sostenía los documentos entre las manos que dejaba claro que no se trataba de una conversación más, y Clara lo percibió antes incluso de que él volviera a hablar.

—Sobre Eleanor.

Clara sostuvo su mirada durante unos segundos antes de dejar la taza sobre la mesa. Había llegado hasta allí precisamente para hablar de aquello y no pensaba permitir que volvieran a responderle con medias verdades.

—Entonces creo que tenemos que hablar. —Apoyó ambas manos sobre la mesa y esperó, observando cómo los tres hermanos se intercambiaban una mirada breve que, para cualquiera que no los conociera, habría pasado desapercibida, pero que a ella ya no podía engañarla. Sebastián miró a Rowan; Rowan sostuvo su mirada durante un instante antes de dirigirla hacia Finn, y Finn terminó bajando los ojos hacia su café con un suspiro que parecía contener mucho más de lo que estaba dispuesto a decir. —Y esta vez quiero que habléis conmigo, no entre vosotros.

Finn levantó lentamente la mirada hacia ella.

—¿Hacer qué? —preguntó, aunque por la expresión de su rostro quedó claro que sabía perfectamente a qué se refería.

—Miraros entre vosotros antes de responderme. —Clara inclinó ligeramente la cabeza mientras recorría los rostros de los tres, sintiendo cómo aquella vieja irritación comenzaba a mezclarse con algo más parecido al cansancio—. Cada vez que no queréis decirme algo, hacéis exactamente lo mismo. Os miráis como si pudierais mantener una conversación entera sin pronunciar una sola palabra y después esperáis que yo acepte la respuesta que decidáis darme.




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