Capítulo 41 — Todo lo que todavía nos espera
Blackwood llevaba mucho tiempo esperando una noche como aquella, aunque ninguno de sus habitantes hubiera sabido explicar exactamente qué era lo que echaba tanto de menos.
No se trataba únicamente de las luces que iluminaban los salones, de las flores dispuestas sobre las mesas o de los empleados que recorrían los pasillos comprobando que todo estuviera preparado para recibir a los invitados.
Era algo más profundo, algo que había permanecido dormido entre aquellas paredes durante demasiado tiempo y que, poco a poco, comenzaba a despertar. La casa volvía a tener una razón para abrir sus puertas.
Clara se detuvo frente al espejo de su dormitorio mientras terminaba de acomodarse el vestido. Desde la ventana llegaban las voces de quienes trabajaban en el jardín, mezcladas con el sonido de los pasos que subían y bajaban por la escalera principal.
Sonrió al recordar que, apenas unas semanas atrás, había llegado a Blackwood con una carta, una maleta y tantas preguntas que no sabía por cuál de ellas empezar.
Ahora tenía respuestas, aunque algunas le hubieran dolido mucho más de lo que habría imaginado, y también tenía preguntas nuevas, porque descubrir de dónde venía no significaba saber exactamente hacia dónde quería ir.
Su madre había amado a Elías. Eleanor había intentado protegerla y, al mismo tiempo, le había arrebatado la posibilidad de conocer una parte esencial de su propia historia.
El hombre que la había criado seguía ocupando el mismo lugar en su corazón, y los tres hombres que al principio habían sido unos desconocidos empezaban a convertirse en algo que jamás habría esperado encontrar en Blackwood: una familia.
Una familia complicada, desde luego. Con demasiados secretos, un pasado que todavía dolía y tres primos que, por razones muy distintas, parecían haber desarrollado la costumbre de aparecer cuando ella necesitaba estar sola.
Clara soltó una pequeña risa al pensar en ello.
—Si sigues mirándote así, vamos a llegar a la celebración cuando estén recogiendo las mesas.
Martha apareció en la puerta sin esperar invitación, sosteniendo un par de pendientes entre los dedos y luciendo una expresión de absoluta satisfacción consigo misma.
—¿Así cómo? —preguntó Clara, volviéndose hacia ella mientras señalaba los pendientes con una sonrisa.
—Como si estuvieras intentando resolver otro de los misterios de esta casa. —Marta entró en la habitación y dejó los pendientes sobre el tocador. —Te recuerdo que hoy hemos venido a celebrar algo, no a descubrir que hay otro Blackwood escondido en algún armario.
—No me des ideas.
—Ni se te ocurra. —Martha abrió los ojos con fingido horror. —Después de todo lo que me has contado, como encuentre una puerta secreta, me vuelvo a casa y os mando una postal desde una distancia prudencial.
Clara rió mientras se acercaba para abrazarla, agradecida por aquella facilidad que tenía su amiga para devolverla a la vida cotidiana cuando sus pensamientos amenazaban con arrastrarla de nuevo hacia el pasado.
—Gracias por venir.
Martha dejó de bromear durante un instante y le devolvió el abrazo con más fuerza.
—No tienes que darme las gracias por eso. —Se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos. —Eres mi amiga, Clara. Si me necesitas, vengo. Si necesitas que te escuche, te escucho, y si necesitas que alguien te recuerde que no tienes que cargar con los problemas de una familia entera, también puedo hacerlo. Aunque, sinceramente, esperaba que tu nueva familia tuviera menos secretos y mejor sentido del humor.
—Finn tiene bastante sentido del humor.
—Sí, pero Rowan parece convencido de que puede solucionar cualquier problema con una sonrisa. —Martha cogió los pendientes y se los entregó. —Y eso, querida, es una peligrosa falta de modestia.
Clara volvió a reír, aunque la mirada de su amiga le hizo sospechar que aquella última observación no había sido tan casual como pretendía.
—¿Te gusta Rowan?
Martha se quedó quieta con una mano sobre el respaldo de la silla.
—Me parece interesante.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a conseguir antes de que empiece la celebración. —Martha levantó un dedo con solemnidad. —Y si sigues interrogándome, tendré que recordar que tú has venido aquí para descubrir a tu familia, no para investigar mi vida sentimental.
—Tienes razón —admitió Clara, sonriendo mientras se colocaba los pendientes—. Pero me reservo el derecho a hacer preguntas más adelante.
—Haz todas las que quieras. Yo también tengo unas cuantas para ti.
Martha le ofreció el brazo con una sonrisa traviesa, y Clara lo aceptó antes de que ambas abandonaran el dormitorio.
Por primera vez desde su llegada, no sintió que estuviera caminando hacia algo que debía resolver. Aquella noche, simplemente quería estar allí.
── ⚛ ──
El salón principal estaba iluminado por las lámparas y las velas que descansaban sobre las mesas, mientras las conversaciones de los invitados llenaban el espacio que durante tanto tiempo había parecido demasiado grande para quienes lo habitaban.
Las puertas del jardín permanecían abiertas y permitían que entrara el aire fresco de la noche, mezclado con el perfume de las flores que decoraban la entrada. Clara se detuvo unos segundos en lo alto de la escalera.
Había algo conmovedor en contemplar Blackwood de aquella manera, con los empleados moviéndose de un lado a otro, los invitados saludándose y las voces resonando bajo el techo que había sido testigo de tantas historias.
Y no veía únicamente una casa hermosa marcada por los secretos de quienes habían vivido en ella. Veía un lugar donde todavía podían ocurrir cosas buenas.
Sebastián fue el primero en advertir su presencia. Se encontraba junto a la entrada del salón, conversando con dos invitados, pero interrumpió discretamente la conversación cuando la vio bajar. Su expresión, habitualmente seria, se suavizó mientras se acercaba a ella.