Capítulo 38 — La verdad que Eleanor guardó
Clara permaneció unos segundos con el sobre entre las manos, observando su nombre escrito con aquella letra que ya había aprendido a reconocer en las cartas y anotaciones de Eleanor.
Desde que había llegado a Blackwood, cada documento que encontraba parecía conducirla hacia una nueva pregunta, y aunque durante los últimos días había conseguido reconstruir una parte de la historia de su madre, todavía le quedaba por comprender por qué Eleanor había mantenido tantas cosas en secreto hasta el final de su vida.
Sebastián seguía junto a la mesa, con una mano apoyada sobre los documentos que habían reunido, mientras Rowan permanecía cerca de la ventana y Finn observaba el sobre con una seriedad poco habitual en él.
Ninguno parecía tener prisa por pedirle que lo abriera, pero Clara sabía que los tres estaban esperando lo mismo que ella: la última explicación de una mujer que había organizado su llegada a aquella casa sin revelar nunca sus verdaderas intenciones.
—No sé si estoy preparada para leer otra carta suya. —Clara deslizó el pulgar por el borde del sobre, sin apartar la mirada de su nombre.
—No creo que exista una manera de prepararse para algo así. —Sebastián acercó una silla a la mesa y la miró con serenidad—. Pero si quieres conocer la verdad, estamos aquí para escucharte.
Clara agradeció aquellas palabras con una pequeña inclinación de cabeza. Después rompió el cierre, sacó las hojas cuidadosamente dobladas y las alisó sobre la mesa.
La letra de Eleanor aparecía en todas ellas, firme y reconocible, aunque aquella vez no había anotaciones en los márgenes ni fechas que pudieran orientarla antes de comenzar… Tomó aire y empezó a leer.
Querida Clara:
Si estás leyendo esta carta, significa que has llegado hasta el final del camino que preparé para ti, aunque probablemente te hayas preguntado muchas veces por qué tuve que recurrir a tantos silencios para conseguir que llegaras a Blackwood.
No voy a pedirte que comprendas mis decisiones antes de conocerlas, ni que me perdones por haber esperado tanto tiempo para explicártelas. Hay cosas que hice convencida de que estaba protegiendo a quienes quería, pero con los años comprendí que el miedo puede hacer que confundamos la protección con el derecho a decidir por los demás.
Clara hizo una pausa. Pasó los dedos por el papel y volvió a leer la última frase antes de continuar, mientras los tres hermanos aguardaban sin interrumpirla.
Cuando Catherine quedó embarazada de Elías, supe que aquella niña iba a cambiar nuestras vidas de una manera que ninguno de nosotros podía imaginar.
También supe que Catherine no quería que su hija creciera rodeada de los conflictos y los secretos que habían marcado su relación con Elías. Después de su muerte, me pidió que protegiera a la pequeña y que no permitiera que nadie de Blackwood fuera a buscarla.
Le hice una promesa, Clara, y durante mucho tiempo me aferré a ella como si cumplirla significara que todas mis decisiones fueran correctas. Me convencí de que mantenerte lejos de esta casa era la única manera de respetar lo que tu madre me había pedido.
No quería que crecieras escuchando versiones de una historia que ni siquiera los adultos habíamos sabido resolver, ni que tuvieras que cargar con las consecuencias de decisiones que se habían tomado antes de que nacieras.
Clara bajó ligeramente la hoja. La última carta de Catherine había dejado en ella el recuerdo de una mujer que, después de perder al hombre que amaba, solo deseaba proteger a su hija de una historia demasiado dolorosa.
Ahora comenzaba a comprender que Eleanor había recibido aquella petición y la había convertido en una obligación que se impuso durante años, aunque el precio de cumplirla fuera permanecer lejos de la niña a la que había prometido proteger.
—Mi madre le pidió que no nos acercara a los Blackwood. —Clara levantó la mirada hacia Sebastián, con la carta apoyada entre las manos—. Y Eleanor convirtió aquella promesa en una decisión que mantuvo durante toda su vida.
Sebastián asintió lentamente, sin apartar los ojos de ella.
—Eso es lo que parece. —Apoyó una mano sobre la mesa, junto a los documentos—. Pero todavía no sabemos todo lo que hizo para cumplirla.
Clara volvió a concentrarse en las palabras de Eleanor.
No quiero que creas que, por mantenerte lejos, me olvidé de ti. Nunca lo hice. Desde Blackwood Manor seguí la vida de Catherine como pude, procurando que mi ayuda no la obligara a dar explicaciones que no deseaba dar.
Me ocupé de que tuviera lo necesario para salir adelante y de que no le faltara aquello que yo podía proporcionarle sin interferir en la vida que estaba intentando construir.
No buscaba que me lo agradecieras, ni esperaba que algún día supieras que aquella ayuda procedía de mí. Lo hice porque era consciente de que había aceptado una responsabilidad que no podía limitarse a una promesa pronunciada en un momento de dolor.
Cuando nació la niña, supe que eras tú. Supe que la hija de Catherine y Elías había llegado al mundo, y desde entonces seguí tu crecimiento desde la distancia, siempre desde esta casa, sin cruzar la frontera que yo misma había decidido establecer.
Supe que crecías, que ibas dejando atrás la infancia y que tu vida continuaba sin que conocieras el lugar que ocupabas en la nuestra. Supe también que tenías a alguien que te quería y que te criaba como a una hija.
Nunca quise que la verdad sobre tu padre biológico te hiciera creer que el hombre que estuvo a tu lado había sido menos padre por no compartir tu sangre.
Clara detuvo la lectura y apretó los labios. Aquellas palabras no borraban las preguntas que todavía tenía, pero le permitían comprender algo que hasta entonces había permanecido oculto: Eleanor había seguido su vida durante años sin formar parte de ella, y había conocido su crecimiento desde una distancia que ninguna de las dos había elegido de la misma manera.