Cómo no morir a manos del Alfa por octava vez

CAPÍTULO 32

Durante los dos días siguientes evité a Reinhard con tanta dedicación que empecé a sospechar que tenía talento para el espionaje. Llegaba a desayunar antes que él, almorzaba más tarde, elegía para entrenar las horas en que trabajaba con Denis y, si escuchaba unos pasos conocidos en el pasillo, recordaba de inmediato algún asunto urgente en el extremo opuesto del complejo.

Al principio me pareció una decisión razonable. Después del recuerdo de Evelyn necesitaba tiempo para asimilar lo que había visto y dejar de estremecerme cada vez que la mansión en llamas aparecía ante mis ojos. Luego mi comportamiento empezó a parecerse a un juego infantil en el que intentaba esconderme de un hombre que conocía perfectamente cada uno de mis recorridos. Para el segundo día ya se había convertido en una costumbre, aunque no me sentía mejor por ello.

Lo que me asustaba no era la jaula dorada de Evelyn, aunque su parecido con el presente resultaba demasiado evidente y bastante desagradable. En aquella vida Reinhard también controlaba las llamadas, colocaba guardias y cerraba las puertas asegurando que lo hacía por mi seguridad. Podría haberme indignado, llamarlo tirano obsesivo y encontrar así una explicación cómoda para todo, de no ser porque recordaba cómo había entrado una y otra vez en aquella casa en llamas mientras el techo comenzaba a derrumbarse sobre él.

Aquello ya no podía explicarse por una necesidad de poseer, un apego enfermizo ni siquiera por el amor en el sentido humano y normal de la palabra. Reinhard había estado dispuesto a morir conmigo aunque podía marcharse y salvarse. Mi existencia hacía mucho que se había vuelto más importante para él que la suya propia, y semejante devoción me asustaba más que el odio, porque al menos una sabe cómo luchar contra un enemigo.

Al tercer día, Denis perdió definitivamente la paciencia. Me encontró en el gimnasio, donde llevaba unos veinte minutos golpeando el saco de boxeo mientras imaginaba en su lugar, alternativamente, al espejo, al Consejo y a mi propia incapacidad para aceptar una conclusión evidente.

Permaneció un rato apoyado contra la pared en silencio y después preguntó:

—¿Qué te hizo?

Me detuve y me limpié la frente con el dorso de la mano.

—¿Quién?

—El saco. Por la fuerza con que lo golpeas, diría que destruyó a tu familia y se quedó con tu herencia.

—Muy gracioso.

—Hablo en serio. Si el equipo deportivo pudiera acudir a la policía, ese pobre saco ya tendría una orden de restricción contra ti.

Me quité los guantes y los lancé sobre el banco.

—¿Qué quieres?

—Vine a comprobar si tu conciencia ya te había devorado.

—¿Cuál de todas? Ahora tengo varias, una por cada vida pasada.

—La que hace que los adultos empiecen a comportarse de manera extraña, eviten las habitaciones comunes y estudien los horarios de entrenamiento ajenos con más atención que el propio sistema de seguridad.

—Perfecto. Ahora también eres psicólogo.

—No. Solo llevo demasiado tiempo viviendo cerca de ustedes dos.

Gemí y estiré la mano hacia la toalla.

—Ni empieces.

—No pensaba hacerlo —me aseguró Denis, hizo una breve pausa y añadió—: Aunque Rein tiene el aspecto de un hombre al que abandonaron justo antes de la boda.

—Denis.

—¿Qué?

—Voy a golpearte a ti en lugar del saco.

—¿Ves? Precisamente de esta inestabilidad estaba hablando.

Me di la vuelta fingiendo estar muy ocupada con mi botella de agua, porque lo más desagradable de sus palabras no era la burla.

Reinhard realmente no estaba haciendo nada.

No buscaba encuentros, no se imponía, no exigía explicaciones y ni siquiera intentaba hablar conmigo cuando coincidíamos por casualidad en una misma habitación.

Había notado que me alejaba y me había permitido mantener la distancia.

Y, por alguna razón, precisamente eso me afectaba mucho más que su antigua sobreprotección.

Varias veces me descubrí escuchando los sonidos detrás de la puerta, notando el momento exacto en que entraba al comedor y buscándolo involuntariamente con la mirada durante la cena. Pero si Reinhard aparecía realmente cerca, enseguida recordaba que quería estar sola y terminaba enfadándome conmigo misma por aquella contradicción absurda.

Por la noche ya no conseguí evitar el encuentro. Entramos a la biblioteca al mismo tiempo desde lados opuestos y ambos nos detuvimos al vernos. Apenas una semana atrás, una situación semejante habría terminado de inmediato en una discusión, alguna frase mordaz o uno de sus comentarios sobre mi ropa, pero ahora entre nosotros cayó un silencio incómodo.

Reinhard parecía casi completamente recuperado de la herida. Se movía con libertad, aunque bajo la camisa oscura todavía se distinguía el vendaje y su rostro conservaba una palidez poco habitual. Lo noté enseguida y, en el mismo instante, me enfadé conmigo misma por seguir pendiente de su estado.

Él habló primero.

—Casi no estás comiendo.




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