Después del recuerdo de aquel tranquilo departamento, pasé varias horas sin salir de la biblioteca. Estaba sentada en un viejo sillón junto a una ventana decorativa, detrás de la cual no podía haber nada más que concreto y tierra, hojeaba los libros que había encontrado y de vez en cuando miraba el espejo, como si pudiera explicarme por sí solo lo que había visto. El té sobre la mesa hacía tiempo que se había enfriado, a su lado había un cuaderno y en mi cabeza seguían repitiéndose las mismas preguntas.
Hasta entonces había percibido cada vida pasada por separado, como varias historias con los mismos protagonistas y un final invariablemente malo. Harper había muerto entre las praderas, Catherine junto a un lago tranquilo, Evelyn en una mansión en llamas y la otra Kira se había ido apagando en un pequeño departamento mientras la nieve caía al otro lado de la ventana. Las circunstancias eran tan diferentes que parecía haber un solo detalle en común: al final, Reinhard siempre estaba a mi lado.
Precisamente por eso lo había considerado el centro de todas aquellas tragedias. Sus manos sostenían el revólver, mantenían a Catherine bajo el agua y se extendían hacia Evelyn entre las llamas. Él tomaba la última decisión y seguía viviendo cuando otra mujer con mi rostro moría. Aquella imagen era monstruosa, pero al menos resultaba comprensible.
Ahora, por primera vez, no miré el final, sino el punto en el que todo comenzaba.
Abrí el cuaderno y escribí los nombres: Harper, Catherine, Evelyn, Kira. A su lado aparecieron los lugares y las épocas y, más abajo, los primeros síntomas. Harper había sido herida por un lobo, después de lo cual empezó a escuchar voces y a perder el control. Catherine también tenía un rasguño en el brazo, luego llegaron el insomnio, la ira y la sangre cuyo origen no recordaba. Evelyn había roto un espejo, despertado con las palmas cortadas y una risa ajena dentro de la cabeza. En la última vida, la enfermedad había comenzado sin una causa evidente, pero había terminado con las mismas líneas carmesí bajo la piel, fiebre y una pérdida gradual de sí misma.
Pasé lentamente la pluma por las anotaciones. Eran épocas, países y cuerpos diferentes, pero lo que ocurría se desarrollaba casi de la misma manera. Primero aparecía un cambio apenas perceptible, después las voces o los vacíos de memoria, tras los cuales algo ajeno empezaba a instalarse dentro de mí. Reinhard comenzaba a tener miedo mucho antes de que el peligro se hiciera evidente para mí y cada vez reconocía las señales, aunque nunca explicaba cómo las conocía.
—Entonces lo sabías —dije, mirando el cristal oscuro—. En todas mis vidas sabías cómo iba a terminar.
Aquella idea no me gustaba, porque me obligaba a reconsiderar una vez más sus actos. Reinhard no traía la desgracia consigo, sino que aparecía a mi lado cuando ya había comenzado. Incluso en la vida de Evelyn, donde cerraba las puertas y controlaba cada uno de sus pasos, la razón de su dureza no era el capricho de un hombre que quisiera poseerla. Esperaba el momento en que aquella presencia ajena dentro de ella se volviera más fuerte.
El registro de LUNA que apareció durante la gala también mostraba únicamente los últimos segundos: la causa de la muerte y el nombre de aquel cuyas manos habían puesto fin a la historia. No decía nada del rasguño, de las líneas carmesí ni de aquella voz extraña que poco a poco me desplazaba de mi propio cuerpo. El sistema había nombrado al asesino, pero guardaba silencio sobre todo lo que había ocurrido antes de su decisión, y ahora aquel silencio empezaba a parecer intencional.
No pensaba convertirlo en un santo. Mantenerme encerrada no se volvía correcto solo porque el peligro fuera real, y quitarme la posibilidad de elegir no podía justificarse con una palabra bonita como «protección». Pero ahora comprendía al menos una parte de sus motivos, y aquello destruía mi cómodo odio con mucha más eficacia que cualquiera de sus explicaciones.
Ya era tarde cuando Denis apareció en la biblioteca. Entró con una taza de café, recorrió con la mirada la mesa cubierta de notas y se sentó en el sillón de al lado.
—Tienes aspecto de estar a punto de descubrir una conspiración mundial.
—Tal vez sea exactamente eso.
—Cuando termines, avísame. Hace tiempo que quiero saber quién roba las galletas de la cocina.
—¿Alguna vez eres capaz de hablar en serio?
—Muy pocas veces. Normalmente, después de eso alguien empieza a disparar.
Extendió la mano hacia el cuaderno, pero cubrí la página con la palma.
—Primero dime qué ves tú.
—La letra de alguien que debería haber dormido.
—Denis.
Suspiró y dejó de sonreír.
—Está bien. ¿Qué encontraste?
—Un patrón. En todas mis vidas, el problema empieza conmigo, y Reinhard aparece después de las primeras señales o las nota antes que los demás. Se comporta como si ya hubiera visto todo esto muchas veces y supiera lo que ocurrirá después.
Denis no reaccionó, pero sus hombros se tensaron apenas. Para cualquier otra persona aquel movimiento no habría significado nada, pero yo ya lo conocía lo suficiente.
—Sabes algo.
—Todo el mundo sabe algo.
—Esa es la peor respuesta después de «todavía es demasiado pronto para que lo sepas».