Cómo no morir a manos del Alfa por octava vez

CAPÍTULO 35

La mañana comenzó con la sensación de que las paredes del búnker se habían vuelto más estrechas. Después del recuerdo de aquella vida en la que había nieve detrás de la ventana, té en la cocina y una felicidad sencilla, no conseguía volver a sentirme como antes. Mis pensamientos regresaban una y otra vez al pequeño departamento, al hombre que pasaba las noches sentado junto a mi cama mientras una enfermedad desconocida me consumía lentamente desde dentro, y a la pregunta para la que todavía no encontraba respuesta: ¿por qué me ocurría precisamente a mí?

Al caer la tarde, la inquietud se había vuelto casi física, así que cuando vi a Denis y a varios responsables de seguridad reunidos en el despacho de Reinhard comprendí de inmediato que los problemas habían decidido distraerme de mis pensamientos de una manera mucho más práctica. En la pantalla grande había un mapa de la ciudad y unas marcas rojas formaban un círculo cada vez más cerrado alrededor de la zona del búnker. Reinhard estaba junto a la mesa con un rostro tan tranquilo que me dieron ganas de comprobar dónde se encontraban las salidas de emergencia más cercanas. Ya había aprendido a distinguir su reserva habitual de aquel estado helado que aparecía cuando los acontecimientos comenzaban a escapar de su control.

—¿Qué pasó?

Denis señaló el mapa en silencio.

—El Consejo ya no está buscando a ciegas. Alguien calculó el sector aproximado y el cerco se está cerrando.

—¿Qué tan mal estamos?

—Lo suficiente para que nos vayamos esta noche —respondió Reinhard.

Denis propuso varias casas seguras fuera de la ciudad, pero Reinhard las descartó antes incluso de que terminara de enumerarlas. Los lugares conocidos serían los primeros en ser revisados, las carreteras seguramente ya estaban vigiladas y cualquier intento de sacarme de allí con una escolta reforzada solo confirmaría la dirección correcta.

—Entonces, ¿adónde vamos?

Reinhard levantó la mirada del mapa.

—A tu casa.

El despacho quedó en silencio. Incluso Denis permaneció callado durante unos segundos, después se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz con la expresión de un hombre obligado a trabajar junto a un loco peligroso únicamente por sentido del deber.

—No.

—Sí.

—Es el peor plan posible.

—Precisamente por eso funcionará.

—A veces sinceramente no entiendo cómo has conseguido vivir tantos años.

—Yo tampoco —admitió Reinhard con calma.

Unas horas después ya subíamos por las escaleras de un viejo edificio de cinco pisos en las afueras de la ciudad. El elevador, igual que antes, no funcionaba y con cada escalón sentía una emoción cada vez más extraña. No había pasado tanto tiempo desde mi desaparición, pero el departamento ya se había convertido en parte de otra vida, una que existía antes de LUNA, del Consejo y del hombre que recordaba mis muertes mejor de lo que yo recordaba mi propio pasado.

Cuando abrí la puerta, me recibió el olor familiar a libros viejos, café y algo indefiniblemente hogareño. En el perchero seguía colgada la chaqueta que había dejado allí antes de aquel desafortunado día de trabajo, en el alféizar permanecía el cactus definitivamente muerto y sobre la mesa de la cocina seguían los folletos publicitarios que llevaba meses pensando en tirar. Todo estaba igual y aquella ausencia de cambios me produjo alivio. El mundo no estaba compuesto únicamente de consejos secretos, maldiciones y espejos antiguos. En alguna parte seguían existiendo departamentos normales, elevadores descompuestos y vecinos que taladraban las paredes durante el fin de semana.

El alivio duró aproximadamente media hora, hasta que vi por primera vez a Reinhard en mi sala.

El alto y peligroso Alfa Supremo, capaz de silenciar un salón entero con una sola mirada, estaba junto a la vieja alfombra examinando un gato de porcelana que me había regalado una amiga. Y lo hacía con tanta concentración que parecía estar estudiando un artefacto de una civilización desconocida.

—¿Qué haces?

—Estoy mirando.

—Eso ya lo veo. ¿Qué miras?

—Al gato.

Me cubrí la cara con las manos.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó.

—Nada.

—Es extraño.

—Es un recuerdo.

—Me está mirando.

—Porque tiene los ojos pintados, Reinhard. Así suelen funcionar las figuras de animales.

La explicación no pareció convencerlo del todo, aunque decidió no discutir con el gato de porcelana. Denis, que pasaba por la puerta cargando unas bolsas, se detuvo un instante y tuvo la sensatez de no decir nada, aunque por el movimiento de sus labios quedaba claro que aquel episodio volvería a salir a la luz en el momento menos oportuno.

Al caer la tarde apareció un nuevo problema. En el refrigerador casi no quedaba nada salvo un paquete de mantequilla, un frasco de mostaza y unas empanadas congeladas que había comprado en la época en que las fechas límite del trabajo eran la mayor amenaza para mi vida. Después de revisar las existencias, Denis anunció que nuestras opciones eran limitadas: o comíamos las empanadas o empezábamos a cazar palomas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.