Al principio no comprendí qué era exactamente lo que me había hecho detenerme. A mi alrededor seguían tendidos los cuerpos, la nieve se oscurecía por la sangre y la fría luz de la luna convertía el bosque devastado en una imagen que ninguna mente humana debería conservar. Dentro de mí seguía vivo aquel placer ajeno por la cacería, los músculos exigían movimiento y mi oído alcanzaba a distinguir los corazones de los pocos que habían logrado esconderse lo bastante lejos. Y, aun así, algo había cambiado, alterando el curso de aquella noche de pesadilla.
Solo unos segundos después comprendí qué era.
Reinhard no intentaba salvarse.
La furia ajena que vivía dentro de mí vaciló por un instante, como si hubiera perdido su objetivo habitual. La criatura esperaba que él atacara, que me hiciera daño o, al menos, que mostrara miedo, para que la rabia pudiera terminar de expulsar los últimos restos de mi conciencia. Pero Reinhard no hizo nada.
Y en aquella breve pausa volví a escuchar mis propios pensamientos.
La maldición seguía controlando mi cuerpo, pero por primera vez su dominio no era absoluto.
Cualquier otra persona en su lugar ya habría corrido hacia los árboles, buscado un arma o intentado ganar unos segundos antes del ataque. Frente a él había una criatura que había acabado con casi todos los lobos presentes en el bosque y que aún no parecía satisfecha, pero Reinhard no hizo un solo movimiento para aumentar la distancia entre nosotros. A pesar de la ropa rota, las heridas y la sangre que le bajaba por el brazo, solo me miraba a mí.
No al monstruo reflejado sobre el hielo negro. No a la amenaza para su manada. Ni siquiera a la responsable de que sus hombres estuvieran tendidos a sus pies. En su mirada yo seguía siendo la mujer a la que había encontrado demasiado tarde y a la que, aun así, no pensaba abandonar.
Aquello resultó más aterrador que el odio.
El monstruo dentro de mí hizo avanzar lentamente mi cuerpo, disfrutando de su inmovilidad y anticipando una nueva muerte. Yo no podía detener mis pasos, pero en algún lugar muy profundo, debajo de la furia y del hambre, comenzó a despertar otra sensación, débil y dolorosa, semejante a una luz que se abre paso por una grieta en la piedra. Mi parte humana todavía no había regresado por completo, pero era suficiente para ver lo que ocurría sin los ojos de un depredador.
Reinhard dio un paso hacia mí.
Solo uno, pesado e inseguro, como el de un hombre que había agotado todas sus fuerzas y continuaba avanzando únicamente por obstinación. Sus dedos temblaron, una rodilla casi cedió y en su rostro apareció un cansancio que ninguna disciplina podía ocultar.
Estaba al límite, pero ya no se trataba de sus heridas.
Aquella noche no llevaba durando unas horas para él.
Se repetía desde hacía siglos.
El pensamiento me golpeó con más fuerza que cualquier arma. En todos los recuerdos anteriores solo había visto el final: el revólver, el agua, el fuego y aquel pequeño frasco junto a la cama. Conocía las últimas decisiones de Reinhard, pero casi nunca había visto el camino que lo conducía hasta ellas.
Ahora aquel camino estaba delante de mí, extendido sobre la nieve manchada, entre los cuerpos de los lobos que habían intentado detenerme antes de que no quedara nada humano dentro de mí.
Reinhard no parecía un verdugo preparándose para cumplir una sentencia, sino un hombre arrinconado y obligado a elegir entre mi muerte y la de todos aquellos a quienes yo pudiera alcanzar.
Él no había creado aquella elección.
Pero una y otra vez era él quien tenía que tomarla.
La criatura dentro de mí se lanzó hacia adelante. Las garras se alzaron sin que yo lo ordenara, el cuerpo se llenó de una fuerza devastadora y, un instante después, mis dedos se cerraron alrededor del cuello de Reinhard. Sentí bajo ellos el calor de un cuerpo vivo, la tensión de los músculos y un pulso que podía detener con un solo movimiento.
Esperé que intentara liberarse, que me golpeara o, al menos, que dejara salir a su propia bestia para defenderse.
En lugar de hacerlo, Reinhard levantó la cabeza y me miró directamente a los ojos.
En su mirada no había rechazo, furia ni miedo hacia la criatura que sostenía su vida entre las garras. Solo quedaban dolor y aquel amor imposible y obstinado que había sobrevivido a nombres distintos, épocas, muertes y ciclos en los que el destino volvía a reunirnos para obligarlo después a perderme.
Algo dentro de mí se quebró.
Primero apenas, después con más fuerza, y la capa de hielo que aprisionaba mi conciencia comenzó a resquebrajarse bajo el peso de los recuerdos. Volví a ver la sangre sobre mis propias manos y los cuerpos que me rodeaban, pero ahora dejaron de ser obstáculos sin rostro en el camino de un cazador. Regresaron las caras, los gritos, los últimos intentos por defenderse y esos instantes en que cada uno comprendía que ya no conseguiría escapar.
La memoria me devolvió todo de golpe.
Recordé cada ataque, cada sonido y el miedo ajeno del que se alimentaba la criatura que se había apoderado de mí. Recordé a los hombres que intentaban detenerme para proteger a los demás y a quienes ya corrían cuando yo los alcanzaba por detrás.