Los días en el ala médica de Aethel habían aprendido a ser clementes. Las máquinas de regeneración ósea, orgullo de la tecnología que Ilyra gobernaba con puño de seda, cumplieron su trabajo con una eficiencia que rayaba en lo milagroso. Las costillas fisuradas de Aiko soldaron. El antebrazo de Alexei dejó de dolerle al tacto. Las quemaduras de Marcus, que al principio parecían sentenciarlo a una convalecencia de meses, cicatrizaban bajo los apósitos de hidrogel con una rapidez que los enfermeros comentaban en voz baja, como si temieran que nombrarlo pudiera romper el hechizo.
La doctora Okonkwo firmó las altas una mañana de luz ámbar. Aiko, Alexei e Inés recibieron la noticia con la ambivalencia de quien abandona un refugio. Habían pasado semanas en aquella habitación estéril, semanas de terapia psicológica y actualización histórica, semanas de asimilar que el mundo que conocían ya no existía. Pero también habían recuperado algo esencial: las ganas de seguir.
—No podemos quedarnos aquí para siempre —dijo Aiko la noche anterior a su alta, reunidos los tres en la habitación de la capitana—. La AIC nos ha ofrecido la reintegración. Necesitaremos cursillos de actualización, pero lo básico sigue siendo lo mismo. Las naves no han cambiado tanto en diez años.
—A mí me han dicho que los estabilizadores cuánticos ahora son de cuarta generación —comentó Alexei, frotándose el antebrazo ya curado—. Tendré que estudiar.
—Y yo tendré que aprender a usar un escáner médico que no existía cuando subí al Prometeo —añadió Inés, con una sonrisa cansada pero genuina—. Pero prefiero eso a quedarme mirando el techo.
Los tres se giraron hacia la cama vacía de Marcus. Él no estaba en esa conversación, seguía en su habitación, la última del pasillo, la que tenía la placa con su apellido y el cerrojo de cuarentena ya desactivado. Físicamente había mejorado de manera notable: el peso perdido regresaba a sus músculos, la terapia física le había devuelto la fuerza y la agilidad que una vez lo hicieron destacar en los entrenamientos de la agencia, y su rostro había recuperado esa simetría que, combinada con sus rasgos asiáticos y su mandíbula firme, le daba un aire de modelo de revista que nunca supo cómo llevar. Pero su estómago seguía siendo un territorio hostil para ciertos alimentos sólidos, y sus manos, aunque funcionales, aún lucían las marcas rosadas de las quemaduras. Los médicos querían asegurarse de que no hubiera secuelas nerviosas.
—Volveremos a verlo —dijo Aiko, como si leyera el pensamiento de todos—. Me lo ha prometido.
—Marcus siempre cumple sus promesas —respondió Inés—. Lo malo es que siempre tarda más de lo que le gustaría.
Alexei sonrió con tristeza. Conocía a Marcus desde la academia. Sabía que, bajo esa coraza de ingeniero callado y sonrisa torcida, habitaba un hombre que había aprendido a no pedir ayuda. Y ahora, precisamente ahora, era cuando más la necesitaba.
Los tres tripulantes abandonaron el ala médica con uniformes nuevos. La AIC les había proporcionado trajes de faena actualizados, idénticos en corte a los que llevaron a bordo del Prometeo-35 pero con tejidos más ligeros y emblemas que ya no pertenecían a una misión extinta. Al cruzar la puerta del hangar, los esperaban sus familias: los padres de Aiko, con una urna de incienso que no necesitaban encender porque su hija estaba viva; Irina Volkov con Susan y Anastasia aferradas a sus manos, y las niñas corriendo hacia su padre antes de que Alexei pudiera decir una palabra; y Moisés y Camilo De la Vega, que abrazaron a Inés con la torpeza de los hombres que han aprendido a vivir sin hermanas y de repente tienen que reaprender.
—Prométeme que nos vemos pronto —le dijo Inés a Marcus por el comunicador interno antes de salir.
—Te lo prometo —respondió Marcus desde su habitación, con la voz menos rasgada que semanas atrás—. Dales un abrazo a vuestros hermanos de mi parte.
—Eso está hecho. Cuídate, Marcus.
—Lo intentaré.
Y la comunicación se cortó. Marcus se quedó mirando el ventanal, donde las torres de Aethel brillaban bajo el sol artificial. Sus compañeros se iban. Él seguía allí, en el limbo de los que están mejor pero no lo suficiente. Y al otro lado del pasillo, Luke esperaba.
El día del encuentro llegó sin avisar. No hubo campanas ni protocolos, solo un aviso de la doctora Okonkwo en la tableta de Grace: “El paciente Chen está preparado. Procedemos con la visita padre-hijo en la sala de observación 4. Duración inicial recomendada: una hora.”
Grace leyó el mensaje tres veces antes de que las letras dejaran de bailar. Llevaba días esperando ese momento y, sin embargo, cuando llegó, sintió un vértigo inesperado. No era miedo por ella, era miedo por los dos: por Marcus, que se enfrentaba a un hijo que no sabía que existía hasta hacía semanas, y por Luke, que iba a conocer a un padre que hasta entonces solo habitaba en sueños y dibujos.
Antonio estaba a su lado, como siempre. Se había convertido en un compañero de espera que jamás exigió protagonismo. Aquella mañana, mientras desayunaban en la cafetería de la base, le dijo:
—Estaré allí. No para intervenir, sino para lo que necesitéis. Tú, Luke, incluso Marcus. Esto no va de mí, Grace. Va de un niño y su padre.
—¿Cómo puedes ser tan… generoso? —preguntó Grace, con la voz quebrada por una gratitud que no sabía expresar.