Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 18: El rastro de la furia

Cuatro días. Cuatro días de los siete que Lǐ Chóngshèng le había concedido como quien lanza una moneda a un mendigo. Cuatro días en los que Marcus Chen había envejecido cuatro años. Las ojeras le surcaban el rostro como cicatrices de guerra, y sus manos —esas manos que habían salvado un planeta— temblaban cada vez que se apartaban del teclado.

El apartamento de Aethel se había convertido en un centro de operaciones improvisado. Las paredes, antes desnudas, estaban ahora cubiertas de pantallas portátiles, mapas estelares, listas de contactos y cronologías de eventos. Aiko había volado desde la base para ayudar. Alexei coordinaba con sus antiguos contactos de la flota mercante. Inés, desde Meijin, movilizaba discretamente a la princesa Kaede para presionar por canales diplomáticos. Y Antonio, desde la Tierra, usaba cada gota de su influencia como representante para contener a la prensa mientras la policía de la Flotilla seguía buscando sin éxito.

Pero nada funcionaba.

Marcus había concedido entrevistas. Había firmado comunicados. Había jurado ante periodistas y cámaras que Lǐ Chóngshèng y él no tenían ninguna relación, que todo era un malentendido, que los rumores eran infundados. Pero por cada desmentido que soltaba, aparecía una prueba nueva que lo contradecía. Las grabaciones del hangar de Aethel habían salido a la luz —alguien, con una precisión maliciosa, las había filtrado a los medios—, y en ellas se oía claramente a Lǐ Chóngshèng llamar “hijo” a Marcus. Y peor aún: la conversación completa. Las palabras que Marcus había escupido aquella mañana, las acusaciones de abandono, la muerte de su madre, el exilio forzoso. Todo. Cada sílaba. Cada herida abierta. Ahora era de dominio público.

La prensa lo devoraba. Los noticieros lo repetían en bucle. “El héroe de Concordia es el hijo bastardo de un magnate terrestre.” “Lǐ Chóngshèng admitió la paternidad en privado.” “Las atrocidades del pasado salen a la luz.” El escándalo ya no era una mancha: era un incendio forestal que nadie podía apagar.

Y mientras el fuego crecía, Luke seguía desaparecido. Grace, destrozada, apenas comía. Antonio había tenido que pedir una excedencia de sus funciones diplomáticas para dedicarse en cuerpo y alma a la búsqueda. Los abuelos rezaban. La tripulación del Prometeo-35 trabajaba sin dormir.

Pero el verdadero golpe llegó en la madrugada del quinto día.

Marcus no dormía. Llevaba cuarenta y ocho horas sin cerrar los ojos, alimentándose a base de suero intravenoso que Inés le había enseñado a autoaplicarse y de una rabia fría que le quemaba las entrañas. Estaba sentado frente a la pantalla principal, revisando por enésima vez las grabaciones filtradas, buscando algún detalle que se le hubiera escapado, cuando el comunicador vibró.

Número desconocido. Llamada privada.

Marcus respondió al instante. No dijo nada. Solo escuchó.

—¿Papá? ¿Papá, estás ahí?

La voz de Luke atravesó el comunicador como una aguja caliente. Marcus se incorporó de golpe, el corazón martillándole contra las costillas. Abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera emitir un sonido, otra voz se superpuso.

—¡Marcus! ¡Marcus, nos tiene aquí, a Luke y a mí, nos ha traído a…!

Grace. Era Grace. Su voz, rota por el llanto y el pánico, sonaba distorsionada por la distancia, pero era ella. Sin duda. Y entonces, como un telón de hielo que cayera sobre el fuego, la voz de Lǐ Chóngshèng lo cubrió todo.

—Ingeniero Chen. Me temo que se está tomando demasiado tiempo.

Marcus sintió que el mundo se reducía a un punto minúsculo. Sus dedos se crisparon sobre el comunicador. Su mandíbula se tensó hasta dolerle.

—¿Qué ha hecho con Grace? —preguntó, y su voz no era humana. Era el gruñido de un animal acorralado que ha decidido dejar de huir.

—La señora Duran tuvo la imprudencia de salir sola anoche. Una lástima. Pero no se preocupe. Por ahora, está a salvo. Tanto ella como el niño.

—Si les toca un solo pelo…

—No me amenace, ingeniero Chen. No está en posición de amenazar. Le di siete días. Han pasado cuatro. Y todo lo que ha hecho ha sido empeorar las cosas. Las grabaciones se han filtrado. El escándalo es mayor. Mi reputación está más expuesta que nunca. Esto no es lo que acordamos.

—¡No hay nada que arreglar! —estalló Marcus—. ¡Usted mismo abrió la boca! Si aquella mañana en el hangar me hubiera tratado como un desconocido, como hice yo con usted, nada de esto habría pasado. Pero no pudo evitarlo, ¿verdad? Tuvo que acercarse. Tuvo que escupir su veneno. Tuvo que recordarme quién era usted y lo que me hizo. ¡Esto es culpa suya, no mía!

—Culpa, culpa… —Lǐ Chóngshèng pronunció la palabra con un desdén espeso, como si saboreara un licor barato—. La culpa es un concepto infantil. Yo hablo de hechos. Y el hecho es que usted tiene dos días para arreglarlo.

—Estoy intentándolo. Las grabaciones del hangar son irrefutables. Las cámaras de seguridad lo captaron todo. Cada palabra. Cada gesto. Estoy tratando de desvincularme, pero ¿cómo se desmiente una grabación? ¿Cómo se borra la verdad?

—Eso es problema suyo. Tiene dos días. Si en dos días el escándalo no se ha apagado, yo mismo me encargaré de arreglarlo.




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