La cuarentena era un cubo de silencio. Las paredes blancas, el mobiliario mínimo, el aire filtrado que olía a desinfectante y a soledad. Marcus Chen llevaba apenas diez horas en aquella habitación, pero ya sentía que el mundo exterior era un recuerdo borroso, una película antigua que se proyectaba al otro lado de un cristal empañado. Los protocolos eran estrictos: después de cuatro meses en una estación remota, todo astronauta debía pasar una cuarentena de cuarenta y ocho horas y someterse a una batería de exámenes médicos antes de reintegrarse a la vida civil. Marcus lo sabía. Lo aceptaba. Pero eso no hacía que la espera fuera menos insoportable.
Se sentó en el borde de la cama, con la tableta encendida y un informe de la AIC que no conseguía leer. Su mente vagaba, una y otra vez, hacia la fiesta de Luke. La sonrisa de su hijo al recibir el telescopio. El abrazo de Emma. La mirada de Grace. Y, al fondo, la sombra de Antonio, con los puños apretados y aquella oscuridad que Marcus había vislumbrado en sus ojos.
El comunicador vibró. Marcus miró la pantalla y sintió que el estómago se le contraía. Antonio Durán.
Respondió sin pensarlo. La imagen de Antonio apareció en la pantalla, sentado en su despacho, con una copa de whisky en la mano y una sonrisa que no tenía nada de amable.
—Ingeniero Chen —dijo Antonio, paladeando cada sílaba—. Qué honor hablar con el héroe de Concordia. Siento interrumpir su descanso de cuarentena.
—¿Qué quieres, Antonio? —Marcus no estaba para rodeos.
—Quiero hablar del regalo. Del maldito telescopio que le diste a Luke. —Antonio dio un sorbo al whisky y dejó la copa sobre la mesa con un golpe—. ¿Sabes lo que ha pasado esta mañana? Emma me ha preguntado cuándo le compraría yo un regalo igual de caro que el que tú le diste a su hermano.
—¿Y qué le has dicho?
—Le he dicho que no puede comparar. Que los regalos no se miden por el precio. Que el amor no se compra.
—Buena respuesta. —Marcus se recostó en la cama, con una calma que desconcertó a Antonio—. Aunque me sorprende que vengas a hablarme de amor. No es tu tema favorito.
—No te hagas el listo, Chen. —La voz de Antonio se endureció—. Estás comprando el cariño de Luke con regalos exagerados. Y eso me parece patético.
—Luke es mi hijo. —La respuesta de Marcus fue un latigazo helado—. Si quiero darle una estrella con su nombre, lo haré. Es mi derecho de padre. Y tú no tienes ningún derecho a prohibirme nada con respecto a Luke. Nada.
Antonio apretó la mandíbula. Sus dedos se cerraron alrededor de la copa de whisky con tanta fuerza que Marcus temió que la partiera.
—Luke vive en mi casa. Come de mi comida. Duerme bajo mi techo. Eso me da más derecho que tú.
—¿Y de qué te sirve? —Marcus inclinó la cabeza, con una sonrisa fría—. Luke no te llama papá. Nunca lo ha hecho. Y nunca lo hará.
El golpe fue certero. Antonio se puso pálido, y por un instante, su máscara de diplomático se resquebrajó.
—No necesito que me llame papá. Me basta con que esté aquí. Conmigo. Mientras tú te paseas por el espacio como un héroe de feria.
—¿Es eso lo que te molesta? ¿Qué te robó el protagonismo? —Marcus soltó una risa seca—. Estás borracho, Antonio. Y patético. Y no voy a seguir esta conversación.
—¡No me cuelgues! —gritó Antonio, y su voz resonó en la habitación de cuarentena como un latigazo—. ¡No te atrevas a colgarme, basura!
Marcus se quedó inmóvil. Aquel no era el Antonio que todos conocían. No era el esposo comprensivo, ni el diplomático paciente, ni el padre adoptivo que asistía a las reuniones del colegio. Aquel era otro hombre. Un hombre lleno de rabia y resentimiento. Un hombre que llevaba años escondiéndose detrás de una máscara.
—¿Qué te pasa, Antonio? —preguntó Marcus, con una calma que no sentía—. ¿Por qué me odias tanto?
—¿Por qué? ¿De verdad me lo preguntas? —Antonio soltó una carcajada amarga—. Tú me robaste todo. Todo. Grace era mía antes de que tú volvieras. Luke era mío. Emma es mía. Y ahora todo gira a tu alrededor. Toda la maldita constelación gira alrededor de Marcus Chen, el héroe que volvió de entre los muertos.
—Yo no te robé nada. Grace nunca fue tuya. Luke es mi hijo. Y Emma es una niña que merece algo mejor que un padre que se ahoga en whisky y en celos.
—¡No pronuncies su nombre! —Antonio se levantó de un salto, tirando la copa al suelo—. ¡No te atrevas a hablar de mi hija! ¡No tienes derecho!
—¿Y tú sí? ¿Tú crees que tienes derecho a algo? —Marcus se puso en pie también, con la tableta apretada entre las manos—. Tú solo eres un hombre que se casó con una mujer rota y la usó para llenar su propio vacío. La convertiste en un trofeo. En una excusa. Y ahora que ella despierta, te aterra. Porque sabes que nunca la mereciste.
—¡Cállate! —gritó Antonio, y su rostro, desencajado por la furia, llenó la pantalla—. ¡No vas a quitarme lo que es mío! ¡Ni a Luke, ni a Grace, ni a Emma! ¡Ellos son míos! ¿Me oyes? ¡Míos!
—No son tuyos. Nunca lo fueron. Son personas, Antonio. No propiedades. Y tú no puedes poseer a nadie.
—¡Tú no sabes nada! ¡Nada de lo que he sacrificado! ¡Nada de lo que he hecho por ellos!