Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 9: El filo del milagro

El tercer mes de la Operación Ojo de Cerradura se descolgó sobre Concordia como una tormenta de plomo. Los calendarios, obstinados, marcaban el día uno de aquel nuevo plazo con una indiferencia insultante, pero en las bases de control de Aethel y de la Tierra nadie dormía. El lago artificial de la Gran Sala del Consejo había virado a un violeta frenético, un color que ningún protocolo contemplaba porque jamás se había alcanzado un nivel de alerta tan alto durante tanto tiempo.

La fase crítica de la misión estaba a punto de comenzar. Los satélites láser llevaban semanas de ablación continua y los vectores del asteroide 635-K se habían modificado lo suficiente para apuntar al ojo de cerradura gravitacional. Ahora faltaba lo más delicado: sincronizar el paso del asteroide con la posición exacta. Un error de cálculo, un solo decimal fuera de lugar, y la trayectoria se desviaría hacia el corazón del sistema. No habría segunda oportunidad.

En la base de Aethel, la sala de monitoreo olía a café recalentado, a sudor y a ese silencio denso que precede a las catástrofes evitables. Los técnicos se turnaban en las consolas con los ojos enrojecidos. Alexei Volkov corregía trayectorias con la precisión de un cirujano. Aiko Tanaka coordinaba los equipos con una voz que ya no era firme, sino un eco ronco de sí misma. Inés de la Vega repartía estimulantes suaves y controlaba las constantes vitales de todos, empeñada en que nadie se desplomara sobre el teclado.

Y Marcus Chen, en el centro del huracán, no estaba con la paciencia como para tolerar errores.

—Ese ángulo no es correcto, Soren. Revisa la simulación. La masa de Ellisyum está mal calculada.

Soren, la ingeniera de gafas gruesas que se había convertido en su mano derecha, asintió sin ofenderse. Conocía a Marcus lo suficiente para saber que su brusquedad no era soberbia, era urgencia. Llevaban horas ajustando el modelo, y cada vez que algo fallaba, Marcus apretaba las mandíbulas y corregía con las manos aún torpes, aquellas manos surcadas de cicatrices rosadas que se negaban a rendirse.

—Marcus, tienes que descansar —le dijo Aiko en un momento de respiro—. Llevas diecisiete horas sin dormir.

—El asteroide no descansa. Yo tampoco.

—No eres una máquina, Marcus. Tu estómago…

—Mi estómago está bien —mintió él, apartando la mirada.

No estaba bien. Desde el incidente de la comida adulterada, su sistema digestivo se había vuelto aún más caprichoso. Aquella tarde, en la cafetería de la base, había pedido el menú especial que la doctora Okonkwo le había prescrito: una papilla insípida de proteínas vegetales y un vaso de suero isotónico. Alguien había espolvoreado algo sobre la bandeja. No sabía qué era, pero su cuerpo lo detectó antes que su vista: a los diez minutos estaba doblado sobre el lavabo del baño, vomitando hasta las lágrimas. Bebió el compuesto de emergencia que el hospital le había dado para esas ocasiones —un líquido amargo que le quemaba la garganta, pero le calmaba el estómago— y volvió a su puesto sin decirle nada a nadie.

La AIC abrió una investigación inmediata. El restaurante de la base era un espacio seguro, con protocolos de trazabilidad alimentaria tan estrictos que un incidente así no podía ser un accidente. Alguien había manipulado su comida, y ese alguien sabía que Marcus Chen tenía una dieta especial. Los agentes de seguridad interrogaron al personal, revisaron las grabaciones, peinaron la cocina. El informe preliminar hablaba de “negligencia deliberada”, pero no se encontró al culpable.

No fue el único ataque. Dos días después, al salir de la base por la noche, Marcus fue abordado por dos hombres en una calle solitaria del distrito residencial. Le pidieron la cartera con la amenaza torpe de los delincuentes de poca monta, pero Marcus notó algo extraño: no le pidieron el reloj, ni la tableta, ni las llaves del apartamento. Solo la cartera, como si supieran que allí guardaba su identificación de la AIC. Forcejearon. Uno de ellos intentó golpearlo en la cabeza con una barra metálica, pero una patrulla de la policía de Aethel dobló la esquina en ese momento y los atacantes huyeron. Marcus se quedó de pie en la acera, con el corazón martillándole el pecho y un arañazo en la mejilla que Inés le curó al día siguiente sin hacer preguntas.

La AIC puso un ojo permanente sobre él. Agentes de paisano lo seguían a todas partes. Su apartamento fue revisado en busca de dispositivos de escucha. Las solicitudes de su equipo se tramitaban ahora por un canal cifrado. Pero Marcus sabía que el saboteador seguía suelto, agazapado en alguna oficina de la agencia, esperando el momento justo.

—Quienquiera que sea, no se va a rendir —le dijo Alexei una noche, mientras ambos miraban las simulaciones en la sala vacía—. Primero eran tus solicitudes. Ahora es tu comida, tu seguridad en la calle. Esto es personal, Marcus.

—Lo sé.

—¿Tienes idea de quién puede ser?

Marcus se quedó callado. Había estado dándole vueltas. En la universidad, un compañero llamado Dorian Nash intentó sabotear sus calificaciones con trabajos plagiados. Lo expulsaron, y Marcus no supo nada más de él. Pero Dorian Nash era un nombre del pasado, un fantasma de la juventud. No tenía sentido que ahora, diez años después, resurgiera en la AIC con acceso a formularios biométricos y a la cafetería de la base.

—No tengo pruebas —respondió al fin—. Pero si es quien creo, no parará hasta que yo esté fuera.




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