Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo Especial 1: La recompensa

La casa olía a jazmín y a madera tibia. La luna se filtraba por los ventanales del dormitorio principal, dibujando sombras suaves sobre las sábanas revueltas. Marcus Chen y Grace Chen yacían entrelazados, con la respiración aún agitada y los cuerpos relajados tras otra de sus interminables sesiones de amor. Eran pasadas las dos de la madrugada, y el silencio de la noche solo se rompía por el suave ronroneo de Kleper, que dormía en la habitación de Emma.

Grace se acurrucó contra el pecho de Marcus, con una sonrisa de satisfacción dibujada en los labios. Sus dedos trazaban círculos perezosos sobre el torso desnudo de su esposo, y sus piernas seguían entrelazadas con las de él, como si temiera que la distancia los separara.

—Deberíamos dormir —murmuró, con la voz ronca por el cansancio y el placer—. Mañana tienes que trabajar.

—Lo sé —respondió Marcus, besándole la frente—. Pero no me arrepiento de nada.

—Ni yo. —Grace se incorporó ligeramente y lo miró con una sonrisa pícara—. Aunque creo que te he dejado marcas.

Marcus se llevó la mano al cuello y palpó la piel sensible.

—¿Marcas de qué?

—De mis labios. De mis dientes. De mi desesperación. —Grace se rió suavemente—. Va a ser divertido ver cómo lo explicas en la oficina.

—Diré que tuve un accidente con una aspiradora.

—Nadie te creerá.

—Entonces diré que mi esposa es una salvaje. Que también es verdad.

Grace soltó una carcajada y se dejó caer de nuevo sobre su pecho. El cabello suelto le cubría los hombros, y la luz de la luna le daba un aire etéreo, casi irreal. Marcus la abrazó con fuerza, aspirando el aroma de su champú, y sintió que no había lugar en el universo donde prefiriera estar.

—Te quiero, Marcus Chen —susurró Grace.

—Y yo a ti, Grace Chen. Más de lo que puedo explicar.

Se quedaron así, abrazados, con los cuerpos satisfechos y los corazones latiendo al unísono. Poco a poco, el sueño comenzó a reclamarlos. Las respiraciones se volvieron más lentas, los párpados más pesados. Y justo cuando estaban a punto de rendirse, el comunicador de Marcus vibró sobre la mesita de noche.

Marcus abrió los ojos de golpe. El resplandor de la pantalla iluminaba la habitación con una luz azulada, y el nombre que parpadeaba en ella era inconfundible: director Nakamura, Centro de Investigación Aeroespacial de la Flotilla.

—¿Quién es a estas horas? —preguntó Grace, adormilada.

—Mi jefe. —Marcus se incorporó con una mueca de fastidio y tomó el comunicador—. Discúlpame. No creo que sea una llamada social.

—¿Marcus? —La voz del director sonaba tensa, cargada de una urgencia que no admitía demora—. Necesito que vengas de inmediato. Ha ocurrido una emergencia en la Estación Kepler-12. Uno de los sistemas de soporte vital falló, y los astronautas no saben cómo repararlo. Necesitamos que les asesores desde el centro de control.

Marcus cerró los ojos y respiró hondo. El cansancio le pesaba en los huesos, pero el deber era el deber.

—Voy para allá. Deme veinte minutos.

—Conduce con cuidado. Te esperamos.

Marcus colgó y se giró hacia Grace, que ya estaba sentada en la cama, con las sábanas cubriéndole el pecho y el cabello revuelto. Tenía una expresión entre comprensiva y resignada.

—¿Emergencia?

—Emergencia. —Marcus se levantó y comenzó a vestirse a toda prisa, mientras Grace lo observaba con una mezcla de orgullo y fastidio—. Lo siento, amor. Lo compensaré.

—Más te vale. —Grace se estiró perezosamente, con una sonrisa traviesa—. Y ya sabes lo que significa "compensar".

—Lo sé. Y créeme, pienso cumplir.

Marcus se inclinó y le dio un beso rápido pero intenso, dejando en sus labios la promesa de lo que vendría. Grace le devolvió el beso con la misma intensidad, y luego lo empujó suavemente hacia la puerta.

—Vete. El universo te necesita.

—El universo puede esperar. Pero mis astronautas no.

Salió de la habitación con la camisa a medio abotonar y el cabello despeinado. Grace lo vio marcharse y se dejó caer de nuevo sobre la cama, con una sonrisa que no se le borraba. Aquel hombre era suyo. Completamente suyo. Y aunque el trabajo se lo robara de vez en cuando, siempre volvía. Siempre.

El centro de investigación aeroespacial de la Flotilla era un hervidero de actividad cuando Marcus llegó. Las luces de emergencia parpadeaban en los pasillos, y los técnicos corrían de un lado a otro con tabletas y comunicadores. En la sala de control, el director Nakamura dirigía las operaciones con una calma tensa, mientras una docena de ingenieros intentaba establecer contacto con la Estación Kepler-12.

—¡Chen! —exclamó Nakamura al verlo—. Gracias por venir. La situación es crítica.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Marcus, tomando asiento frente a una consola.

—El módulo de filtración de oxígeno falló. Los astronautas intentaron reiniciarlo, pero el sistema no responde. Si no logramos repararlo en las próximas seis horas, tendrán que evacuar.




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