Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo Especial 2: Emma y la vocación de sanar

Emma Chen tenía seis años y una vocación tan intensa que a veces daba miedo. No era una vocación cualquiera, de esas que los niños declaran un martes y olvidan el jueves. Era una vocación arrolladora, obsesiva, casi quirúrgica. Quería ser doctora. Lo había decidido a los cuatro años, cuando su abuelo Roberto le dejó escuchar los latidos de su propio corazón con un estetoscopio real, y desde entonces no había habido fuerza en el universo capaz de disuadirla.

El problema no era que quisiera ser doctora. El problema era cómo lo manifestaba.

La primera señal de alarma ocurrió una tarde de sábado, cuando Grace entró en la habitación de Emma y encontró al gato Kleper envuelto en vendas de la cabeza a la cola. Solo se le veían los ojos, desorbitados y suplicantes. Emma, con su maletín de doctora abierto y las gasas esparcidas por la cama, sonreía con orgullo.

—¡Mamá! ¡He curado a Kleper! Tenía una herida imaginaria y se la he vendado. ¿A que parece una momia?

—Parece un cadáver embalsamado, cariño. —Grace se llevó la mano al pecho, conteniendo la risa—. ¿Y por qué está tan quieto?

—Porque le he dicho que, si se movía, le quitaba la galleta.

Kleper maulló lastimosamente. Grace lo liberó de las vendas con la paciencia de una cirujana, mientras Emma protestaba porque "la herida imaginaria podía infectarse". Esa noche, el gato durmió bajo la cama de Luke, negándose a salir.

La segunda señal fue peor.

Marcus llegó un viernes del trabajo y encontró a Emma en el sofá, hipnotizada frente al televisor. En la pantalla, un documental médico mostraba una cirugía de corazón abierto con un realismo que le revolvió el estómago incluso a él, que había visto naves explotar.

—Emma, ¿qué estás viendo?

—Un documental de trasplantes, papá. Es fascinante. Mira, están abriendo el esternón con una sierra especial.

—¿Y no crees que es un poco... fuerte para ti?

—No. Es educativo. El señor de la tele dice que es un procedimiento estándar.

Marcus tomó el control remoto y apagó el televisor con una calma que no sentía. Esa noche, después de acostar a Emma, se sentó con Grace en la cocina y activó la restricción parental del televisor.

—No puedo creer que haya visto eso —dijo Marcus, con una mueca—. Yo a su edad veía dibujos animados de naves espaciales.

—Yo a su edad jugaba con muñecas. —Grace suspiró—. Pero es tu hija. Tiene tu intensidad.

La tercera señal fue la gota que colmó el vaso.

Grace encontró a Emma en el suelo de su habitación, rodeada de peluches abiertos. Los rellenos de algodón estaban esparcidos por todas partes, y la niña, con una aguja de plástico y un hilo de lana, intentaba coser el abdomen de un osito de peluche. La mitad de los peluches estaban irreconocibles, con cicatrices improvisadas y extremidades mal cosidas.

—Emma, ¿qué les has hecho a tus peluches?

—Estoy practicando suturas, mamá. Como las que hacen los cirujanos. —Emma levantó el osito, que tenía una costura torcida en el pecho—. ¿Ves? Le he cerrado la herida. Ahora está sano.

—Ese osito no está sano. Ese osito está traumatizado.

—No, mamá. Está contento. Me ha dicho que le gusta su cicatriz.

Grace se sentó en el suelo, con la vista recorriendo el desastre. La mitad de los peluches habían perdido el relleno. Un unicornio tenía tres brazos. Una jirafa parecía un acordeón mal cosido. Y un conejo blanco tenía una cinta adhesiva en la cabeza, como si Emma hubiera intentado "cerrarle el cráneo".

—Voy a llamar a tu abuelo —dijo Grace, con la voz tensa.

—¿Para qué me enseñe más medicina?

—No. Para que me diga qué hago contigo.

Roberto llegó a la casa una hora después, con su maletín de médico y una expresión que mezclaba la preocupación con la curiosidad. Examinó los peluches, escuchó los relatos de Grace y Marcus, y finalmente se sentó en el salón con los brazos cruzados.

—Es una niña brillante —dijo al fin—. No me cabe duda. Pero su fascinación por la medicina está fuera de control. Esto no es curiosidad normal. Es una fijación.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Grace, con la voz cansada—. No puedo quitarle la vista de encima. Si lo hago, el gato o los peluches pagan las consecuencias.

—Tal vez sea hora de llevarla al hospital. Dejar que vea cómo es la medicina de verdad. Y de paso, hablar con un psicólogo infantil.

—¿Un psicólogo? —Marcus arqueó una ceja—. ¿No es un poco exagerado?

—Mira a tu alrededor, Marcus. La mitad de los peluches están destripados. El gato vive aterrorizado. Y tu hija ve documentales de cirugía a escondidas. No me parece exagerado. Me parece prudente.

Grace y Marcus intercambiaron una mirada. Sabían que Roberto tenía razón. Emma era una niña maravillosa, pero su obsesión estaba empezando a asustarlos.

—Está bien —dijo Grace—. Mañana la llevas al hospital. Y hablamos con el psicólogo.

Al día siguiente, Roberto se llevó a Emma al hospital. No al área de urgencias, ni a los quirófanos, sino al ala de pediatría, donde una doctora de confianza, la doctora Lucía Herrera, recibió a la niña con una sonrisa cálida.




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