La residencia de los Durán se alzaba en el distrito diplomático de Houston como un monumento a la respetabilidad. Fachada de piedra clara, columnas corintias, un jardín delantero perfectamente recortado que hablaba de un orden que ya no existía en el interior. Los vecinos la veían y pensaban en éxito, en estabilidad, en la familia perfecta. No sabían que tras aquellas ventanas de cristal blindado se libraba una guerra silenciosa, hecha de miradas, de silencios, de palabras que herían más que cualquier golpe.
Grace estaba en la cocina, supervisando la cena. No era una cena cualquiera: sus padres venían de visita, y ella quería que todo saliera bien. Helena y Roberto llegarían en una hora, y Grace se afanaba entre ollas y bandejas, intentando que el aroma a estofado llenara la casa y disimulara el olor a tensión que se respiraba desde hacía semanas.
Roberto, su padre, no era un hombre cualquiera. Médico de prestigio, había dedicado más de cuarenta años a la cardiología en el Hospital Central de Houston, y su reputación se extendía por los cinco planetas. Décadas atrás, durante un programa de intercambio entre la escuela de medicina de Aethel y la Universidad Central de la Tierra, Roberto había sido mentor de una joven brillante y temperamental llamada Amara Okonkwo. La relación entre maestro y discípula había perdurado a lo largo de los años, cimentada en un respeto mutuo que ninguno de los dos se molestaba en ocultar. Amara lo llamaba "profesor" con una mezcla de cariño y reverencia, y Roberto la consideraba una de las mejores médicas que había formado. Esa conexión, que Grace siempre había encontrado entrañable, ahora le parecía un recordatorio más de lo entrelazadas que estaban sus vidas con las de Marcus.
Antonio entró en la cocina con una copa de vino en la mano. Otra vez bebiendo. Grace no dijo nada. Ya había aprendido que era inútil.
—¿Qué se cuece? —preguntó, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Estofado de ternera. El que le gusta a papá
—Ah, Roberto. —Antonio dio un sorbo al vino y se apoyó en la encimera—. ¿Y qué vamos a hacer si empieza a hablar de Marcus?
Grace se tensó, pero no levantó la vista de las ollas.
—No va a hablar de Marcus. Es una cena familiar.
—Claro. Porque en las cenas familiares nunca se habla de Marcus. —Antonio soltó una risa seca—. Solo se piensa en él. En silencio. Mientras todos fingimos que no existe.
—¿Quieres dejar el sarcasmo para después de la cena?
—¿Y cuándo es "después de la cena"? ¿Cuándo te parezca? ¿Cuándo yo me canse de callar? —Antonio dejó la copa con un golpe sobre la encimera—. Grace, llevamos semanas así. Meses. No puedo entrar en mi propia casa sin sentir que soy un extraño.
—Quizás porque te pasas la vida fuera de ella. —Grace se giró, con los ojos encendidos—. Entre viajes y recepciones, apenas piso la casa. Y cuando estás, estás en el despacho. O bebiendo. O mirando el teléfono.
—Estoy trabajando. Manteniendo a esta familia.
—Trabajando. Claro. —Grace dejó escapar una risa amarga—. ¿Con la embajadora de Qeeren, también?
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar. Antonio la miró fijamente, con una mezcla de sorpresa y furia que no intentó disimular.
—¿Qué estás insinuando?
—No insinúo nada. Solo pregunto. Los rumores corren, Antonio. Y me preguntan a mí. A tu esposa. ¿Sabes lo humillante que es?
—Los rumores son mentiras. Y tú deberías saberlo mejor que nadie.
—¿Por qué? ¿Porque yo también he tenido que soportar rumores sobre mí y Marcus durante años?
Antonio apretó la mandíbula. Dio un paso hacia ella, y por un instante, Grace pensó que iba a gritar. Pero se contuvo. Siempre se contenía.
—No compares. No te atrevas a comparar. —Su voz era un susurro cargado de veneno—. Yo nunca te he sido infiel. Pero tú… tú me has sido infiel desde el primer día. Con tu memoria. Con tus secretos. Con tu maldito amor por un fantasma que no se va.
—Marcus no es un fantasma. Es el padre de mi hijo.
—Y el dueño de tu corazón. Siempre lo fue. Siempre lo será. —Antonio sonrió, una sonrisa torcida y amarga—. Y yo, el imbécil que te recogió cuando estabas rota, no soy más que un sustituto. Un consuelo. Un segundo plato.
Grace sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, pero no lloró. No delante de él.
—No quiero seguir con esta discusión.
—Claro que no. Siempre huyes. Como siempre has huido. —Antonio se giró y salió de la cocina, no sin antes añadir—: Tus padres llegarán pronto. Mejor que pongas cara de esposa feliz. Es lo único que se te da bien.
Grace se quedó sola, con las manos temblorosas y el corazón desbocado. Apoyó las palmas sobre la encimera y respiró hondo, intentando recuperar la calma. No era la primera discusión. No sería la última. Pero cada una le dejaba una herida más profunda, una grieta más ancha en el espejo de aquel matrimonio que se empeñaba en mantener.
Helena y Roberto llegaron puntuales, como siempre. Helena llevaba una tarta de manzana que había horneado esa misma tarde, y Roberto, un ramo de flores para su hija. Grace los recibió con una sonrisa que le costó un esfuerzo titánico.