Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 28: La calma antes de la tormenta

El despacho de Antonio Durán olía a cuero y a whisky. Las cortinas de terciopelo oscuro bloqueaban la luz de la tarde, y la única iluminación provenía de una lámpara de escritorio que proyectaba un cono de luz amarillenta sobre los papeles desordenados. Antonio estaba sentado en su sillón de cuero, con la espalda rígida y la mirada fija en la pantalla de su tableta. Los titulares lo observaban como buitres: «El representante Durán, envuelto en rumores de romance con la embajadora de Qeeren», «La crisis silenciosa del matrimonio más público de Concordia», «¿Quién es la misteriosa diplomática que acompaña a Antonio Durán?».

No eran titulares reales. Aún no. Pero Antonio los imaginaba con una claridad aterradora, y aquella anticipación lo consumía por dentro. Sabía que los rumores corrían. Sabía que Grace los había escuchado. Y sabía, sobre todo, que Marcus Chen seguía siendo una sombra que lo perseguía, una presencia invisible que se colaba en cada grieta de su vida, en cada discusión, en cada silencio.

Apagó la tableta con un gesto brusco y se levantó. Caminó hacia el ventanal y apartó la cortina con dos dedos, dejando que la luz grisácea de Houston le iluminara el rostro. La calle estaba tranquila. Demasiado tranquila. Como si el mundo entero contuviera el aliento, esperando a que algo estallara.

—Se acabó la calma —murmuró para sí mismo—. Esto no puede seguir así.

La gala diplomática se celebraba en el Gran Salón de la Asamblea Interestelar, un edificio de mármol blanco y cúpulas de cristal que brillaba bajo las estrellas como una joya suspendida en la noche. Los invitados llegaban en lujosos transportes, envueltos en sedas y joyas que relucían bajo las luces de los candelabros. Era un evento de alto nivel, de esos que Antonio dominaba con la soltura de quien ha nacido para moverse entre poderosos.

Grace caminaba a su lado, con un vestido azul noche que le sentaba como una segunda piel. Sonreía. Saludaba. Murmuraba cortesías. Pero su mente estaba en otra parte. O quizás no en otra parte, sino en un lugar muy concreto: aquella casa con rosas trepadoras y un sofá gastado donde el café siempre sabía a despedida.

Antonio la tomó del brazo con una firmeza que no admitía resistencia. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

—Sonríe, querida. Están mirándonos.

—Siempre están mirándonos —respondió Grace, sin alterar su sonrisa de circunstancias.

—Pues hoy más que nunca. Los rumores nos han convertido en el centro de todas las miradas. Así que hagamos lo que mejor se nos da: fingir.

Grace no respondió. Atravesaron el salón entre saludos y apretones de manos, y durante un instante, Grace sintió que aquella farsa era lo único que los mantenía unidos. Una farsa de seda y mármol, de sonrisas ensayadas y silencios cómplices. Una farsa que ya no podía sostener.

Y entonces la vio.

La embajadora de Qeeren era una mujer joven, de una belleza exótica y descarada. Vestía un traje blanco con hilos dorados que se ceñía a su cuerpo como una armadura de luz, y su melena negra caía en cascada sobre los hombros. Se acercó a Antonio con una familiaridad que a Grace le revolvió el estómago.

—Representante Durán —dijo la embajadora, con una voz melosa—. Me alegra verlo de nuevo. Pensé que no vendría.

—Embajadora Sora —respondió Antonio, con una sonrisa que se ensanchó más de lo que Grace habría tolerado—. No podía faltar. Es una noche importante.

—Todas las noches son importantes cuando usted está presente.

Grace apretó los dientes. Aquella mujer no se molestaba en disimular. Sus ojos devoraban a Antonio con una avidez que bordeaba lo obsceno, y Antonio, lejos de apartarse, parecía disfrutarlo.

—Permítame presentarle a mi esposa —dijo Antonio, con una cortesía que sonó a sarcasmo—. Grace Durán.

La embajadora la miró como se mira un obstáculo molesto.

—Ah, sí. La señora Durán. Un placer.

—Igualmente —respondió Grace, con una frialdad que no intentó disimular.

La conversación que siguió fue un ejercicio de hipocresía. La embajadora hablaba de tratados comerciales, de alianzas diplomáticas, de la importancia de estrechar lazos entre Qeeren y la Tierra. Pero sus ojos no se apartaban de Antonio, y sus dedos le rozaban el brazo cada vez que reía, un roce calculado, íntimo, inaceptable.

Grace sintió que algo dentro de ella se tensaba hasta el punto de ruptura. No eran celos. Era algo más profundo. Era la certeza de que su matrimonio era una mentira y de que aquella mujer no era más que la prueba visible de todo lo que se había podrido entre ellos.

Cuando la embajadora se alejó, Grace se giró hacia Antonio.

—Necesito hablar contigo. Ahora.

—¿Aquí? ¿Delante de todos?

—He dicho ahora.

Antonio la siguió hasta un pasillo lateral, lejos de las miradas de los invitados. La luz era tenue, el mármol frío, y el eco de sus pasos resonaba en el silencio. Grace se detuvo y se giró, con los ojos encendidos.

—¿Cómo te atreves? —le espetó—. ¿Cómo te atreves a pasearme por el salón mientras esa mujer te devora con la mirada?

—¿Qué quieres que haga, Grace? ¿Que le dé una bofetada? Es una embajadora. Es diplomacia.




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