La casa de Marcus olía a café recién hecho y a lluvia. Las gotas repiqueteaban contra los cristales del porche trasero, y el viento mecía las rosas que Grace le había regalado, aquellas que trepaban por la valla con la obstinación de las cosas que se niegan a morir. El salón estaba en penumbra, iluminado solo por una lámpara de pie que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes, y en la mesa baja reposaban dos tazas humeantes y un plato con pastel de limón. El favorito de Grace. Marcus siempre lo tenía preparado cuando ella venía.
Grace estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas bajo el cuerpo y la mirada perdida en el vapor que ascendía de su taza. Llevaba un jersey gris de cuello alto que le daba un aire vulnerable, y el cabello suelto le caía sobre los hombros en ondas desordenadas. Llevaba más de una hora hablando, y Marcus, sentado a su lado, la escuchaba con esa atención silenciosa que solo él sabía ofrecer. No interrumpía. No juzgaba. Solo estaba allí, como un faro en medio de la tormenta.
—Antonio y yo ya no dormimos juntos —confesó Grace, con una voz que sonaba a derrota—. Llevamos semanas durmiendo en habitaciones separadas. Y cuando nos cruzamos por la mañana, es como si fuéramos dos extraños que comparten casa. O peor: dos enemigos que se toleran por pura inercia.
Marcus no dijo nada. Dio un sorbo a su café y esperó. Sabía que Grace necesitaba vaciarse, sacar todo aquello que llevaba dentro, y él no estaba dispuesto a interrumpirla.
—Al principio pensé que era una crisis pasajera. Ya sabes, la edad, el trabajo, las presiones. Pero ya no lo creo. —Grace dejó la taza sobre la mesa y se abrazó a sí misma, como si tuviera frío—. Hay algo roto entre nosotros, Marcus. Algo que ya no se puede reparar. Y lo peor es que no sé si alguna vez estuvo entero.
—¿Por qué dices eso?
—Porque lo nuestro siempre fue una mentira. Una mentira cómoda, bonita, bien construida. Pero una mentira, al fin y al cabo. —Grace lo miró, y en sus ojos brillaba una tristeza antigua—. Me casé con Antonio porque tenía miedo. Miedo a estar sola. Miedo a criar a Luke sin nadie. Miedo a que el fantasma de mi marido muerto me persiguiera para siempre. Y Antonio me ofreció una salida. Una vida normal. Una familia. Y yo la acepté, sin pensar en lo que sentía. En lo que sentía él.
—Hiciste lo que creíste correcto. Nadie puede culparte por eso.
—Tú no me culpas. Pero yo sí. Me culpo cada maldito día. —Grace se frotó los brazos, como si el frío de la lluvia se le hubiera metido en los huesos—. Y ahora todo se desmorona. Los rumores sobre la embajadora de Qeeren, las discusiones, los silencios. Mi matrimonio es un campo de ruinas, y yo estoy de pie en medio, sin saber a dónde ir.
Marcus dejó su taza sobre la mesa y se giró hacia ella. Sus movimientos eran lentos, deliberados, como si temiera asustarla.
—Grace, mírame.
Ella levantó la vista. Los ojos de Marcus, esos ojos almendrados que Luke había heredado, la miraban con una ternura que dolía.
—No estás sola. Nunca lo has estado. Y no digo esto por decir. Lo digo porque es verdad. Tienes a tus padres. Tienes a Luke. Tienes a Emma. Y me tienes a mí. Siempre. Pase lo que pase.
—¿Por qué? —preguntó Grace, con un hilo de voz—. Después de todo lo que ha pasado, después de lo que te hice, ¿por qué sigues aquí?
—Porque te quiero. —La respuesta salió sin esfuerzo, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Porque te he querido desde el primer día, y no he dejado de quererte ni un solo segundo. Ni cuando desaparecí. Ni cuando volví. Ni cuando te casaste con Antonio. Ni siquiera ahora, cuando todo se derrumba a tu alrededor. Te quiero, Grace. Y eso no va a cambiar.
Grace cerró los ojos. Las lágrimas, esas que llevaba conteniendo toda la tarde, comenzaron a rodarle por las mejillas. Marcus se acercó y la rodeó con un brazo, atrayéndola hacia sí con una suavidad que no admitía rechazo. Grace apoyó la cabeza en su hombro y lloró. Lloró por su matrimonio roto, por los años perdidos, por el amor que no se atrevía a aceptar. Lloró como quien suelta un peso que ha cargado durante demasiado tiempo.
—No puedo hacerle esto a Emma —murmuró entre sollozos—. Ella no tiene la culpa. Es una niña. Mi niña. Y Antonio es su padre.
—Lo sé —dijo Marcus, acariciándole el pelo—. Lo sé.
—Pero no puedo seguir fingiendo que estoy bien. Que soy feliz. Porque no lo soy. Y cada día que paso en esa casa, siento que me apago un poco más.
—Entonces no finjas. No sigas fingiendo. —Marcus le tomó el rostro con ambas manos y la obligó a mirarlo—. Eres una mujer fuerte, Grace. La mujer más fuerte que conozco. Y no tienes por qué sacrificarte por una fachada. Ni por Emma, ni por nadie. Emma merece una madre feliz. Y tú mereces ser feliz.
—¿Y si no sé cómo?
—Entonces lo aprendemos juntos. Como siempre hicimos.
Grace lo miró durante un largo instante. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, buscaban en los de Marcus algo a lo que aferrarse. Y lo encontró. Siempre lo encontraba.
—¿Te acuerdas de aquella vez en la universidad —dijo de pronto, con una sonrisa trémula—, cuando intentaste impresionarme cocinando y casi quemas la residencia?
Marcus soltó una risa suave.
—Cómo olvidarlo. Era la primera vez que cocinaba para ti. Quería hacer algo especial. Y en lugar de eso, activé la alarma de incendios del edificio.