Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 7: El ojo de la cerradura

La Asamblea Suprema de Concordia se reunió en la Gran Sala del Consejo de Aethel, un hemiciclo de mármol sintético y cristal blindado suspendido sobre un lago artificial cuyas aguas cambiaban de color según el estado de alerta del sistema. Aquella mañana, el lago brillaba con un rojo intenso, un rojo que nadie había visto desde hacía generaciones. Las alarmas silenciosas vibraban en las paredes, y los delegados que llenaban las gradas hablaban en susurros, como si temieran que alzar la voz pudiera precipitar lo inevitable.

Presidía la sesión Aldric Voss, director supremo de la AIC, flanqueado por la presidenta Ilyra de Aethel y el representante Antonio Durán de la Tierra. En las gradas superiores se distribuían los sultanes de Qeeren, vestidos de blanco inmaculado; los emperadores de Meijin, cuyas armaduras ceremoniales reflejaban la luz rojiza del lago; y los reyes de Ellisyum, con sus túnicas de luz propia y los ojos entrecerrados, como si ya estuvieran viendo lo que los demás aún no podían. Ocupaban los escaños inferiores los directores de las agencias aeroespaciales, los jefes de ingeniería de los cinco planetas, los ministros de defensa y una legión de asesores que abarrotaban las mesas auxiliares.

La tripulación del Prometeo-35 ocupaba un lugar discreto en la tercera fila. Aiko Tanaka, con su uniforme nuevo y el cabello recogido en un moño tenso. Alexei Volkov, que no dejaba de mover el pulgar sobre la palma de la mano, un gesto nervioso que había adquirido durante los meses en el agujero de gusano. Inés de la Vega, serena como una médica en guardia. Y Marcus Chen, con las manos aún marcadas sobre la mesa, los ojos fijos en la pantalla central donde se proyectaba la trayectoria del asteroide 635-K.

Voss abrió la sesión sin preámbulos. Su voz, amplificada por los sistemas acústicos, sonó a sentencia.

—Señorías, representantes, líderes de Concordia. Los satélites de largo alcance confirmaron hace cuarenta y ocho horas la existencia del asteroide 635-K. Su diámetro es de seiscientos treinta y cinco kilómetros. Su velocidad actual es de treinta y dos kilómetros por segundo. Su trayectoria es directa hacia Meijin, el planeta más externo de nuestro sistema. El tiempo estimado de impacto es de cuatro meses terrestres. —Hizo una pausa, dejando que la cifra flotara en el aire como un cadáver—. Cuatro meses.

Un murmullo recorrió la sala. Los emperadores de Meijin permanecieron inmóviles, pero el mayor de ellos, el de barba blanca como la nieve, cerró los ojos un instante. La reina de Ellisyum alzó una mano y el murmullo cesó.

—¿Qué opciones tenemos? —preguntó, y su voz sonó a campanas bajo el agua.

El director de la agencia aeroespacial de la Tierra, Harrington, se puso en pie.

—Señorías, la opción más inmediata es la destrucción del asteroide mediante cabezas nucleares de fusión. Tenemos misiles de largo alcance capaces de alcanzarlo en el mes dos. Si logramos fragmentarlo, los pedazos más pequeños podrían desviarse o quemarse en la atmósfera de Meijin.

—No.

La palabra salió de la boca de Marcus Chen con una rotundidad que sorprendió incluso a sus compañeros. Se puso en pie, con las palmas apoyadas en la mesa, y alzó la voz.

—Destruir el asteroide es la peor opción posible. Un objeto de seiscientos treinta y cinco kilómetros no se desintegra con misiles; se fragmenta en cientos de pedazos de entre cincuenta y cien kilómetros cada uno. Esos fragmentos no desaparecen: se dispersan, mantienen la misma trayectoria general y multiplican el área de impacto por mil. En lugar de un punto de colisión, tendríamos una lluvia de rocas que afectaría no solo a Meijin, sino a todos los planetas del sistema. Sería como cambiar una bala por una escopeta.

Un ingeniero de Aethel, una mujer joven de gafas gruesas llamada Soren, se levantó para apoyarlo.

—El ingeniero Chen tiene razón. Las simulaciones que hemos corrido en las últimas horas muestran que cualquier intento de fragmentación masiva genera una nube de escombros que haría imposible la evacuación ordenada de Meijin. Los daños colaterales serían catastróficos.

Harrington frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué proponen? ¿Quedarnos de brazos cruzados mientras Meijin espera el impacto?

—No —intervino Aiko, poniéndose en pie junto a Marcus—. Proponemos desviarlo.

La palabra cayó en la sala como una piedra en un estanque. Los sultanes de Qeeren se inclinaron hacia adelante, interesados. Los emperadores de Meijin abrieron los ojos. La presidenta Ilyra esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—¿Desviarlo? —preguntó el ministro de defensa de la Tierra, un hombre corpulento de apellido Stavros—. Eso es imposible con la tecnología actual. Un asteroide de ese tamaño tiene una masa inercial que no se puede modificar sin una fuerza equivalente. Necesitaríamos un motor planetario.

—No un motor —dijo Marcus—. Una combinación de técnicas.

Caminó hacia la pantalla central, donde la línea roja de la trayectoria del asteroide brillaba como una herida abierta. Con un gesto, amplió la imagen y mostró un diagrama que él y el grupo de ingenieros habían estado preparando durante las últimas horas.

—Señorías, esto no lo hemos improvisado. Llevamos semanas simulando escenarios. Lo que propongo, con el respaldo de la capitana Tanaka y el equipo conjunto de ingenieros de la Tierra y Aethel, es una estrategia en cuatro fases que garantiza un cero por ciento de bajas en los cinco planetas.




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