El despertar de Marcus Chen no fue un estallido, sino una lenta marea que subía desde las profundidades. Primero fue el sonido: un pitido constante, monótono, que se repetía como un tambor lejano. Luego, la luz: una claridad blanca que se filtraba a través de sus párpados cerrados y le hacía daño sin que entendiera por qué. Después, el tacto: sábanas ásperas contra su piel, un peso frío en el brazo, una sequedad de desierto en la garganta.
Y por fin, el dolor.
No era un dolor agudo, sino una presencia sorda que le ocupaba el pecho y el costado, un recordatorio de que su cuerpo había sido atravesado por dos balas y que, de algún modo, seguía vivo. Intentó moverse, pero sus músculos no respondían. Intentó hablar, pero de su garganta solo salió un sonido ronco, inhumano.
—¿Marcus?
La voz llegó desde algún lugar cercano, flotando sobre la niebla de su conciencia. La reconoció antes de poder abrir los ojos. Era Grace. Siempre era Grace.
—¿Marcus, me oyes? Soy yo. Soy Grace. Estás en el hospital. Estás a salvo. Luke está a salvo. Todo está bien.
Marcus abrió los ojos. Fue un esfuerzo titánico, como levantar una compuerta de acero con las pestañas. La luz lo cegó por un instante, y luego, poco a poco, las formas comenzaron a definirse. El techo blanco. Las paredes blancas. Los monitores parpadeando a su alrededor. Y el rostro de Grace, inclinado sobre él, con los ojos enrojecidos y una sonrisa que era al mismo tiempo llanto.
—Hola —dijo ella, con la voz rota—. Bienvenido de vuelta.
Marcus intentó sonreír. Le salió una mueca torcida, más parecida a un gesto de dolor que a una sonrisa, pero Grace la recibió como si fuera el más hermoso de los regalos.
—Luke… —murmuró Marcus, y la palabra le raspó la garganta como lija.
—Está en la sala de espera. Lleva días sin querer irse. Le dije que descansara un poco, pero es tan terco como su padre. —Grace dejó escapar una risa húmeda—. Ahora mismo está con tus compañeros. Aiko, Alexei e Inés. Han venido desde Aethel en cuanto se enteraron.
—¿Cuánto tiempo…?
—Has estado en coma inducido durante nueve días. Los médicos dijeron que era necesario para que tu cuerpo se recuperara. La cirugía fue… complicada.
Marcus asintió lentamente. Cada movimiento le costaba un esfuerzo desproporcionado. Cerró los ojos y respiró hondo, sintiendo cómo el aire le llenaba los pulmones a medias, como si el derecho se negara a colaborar.
—¿Estoy entero? —preguntó, con un hilo de voz.
—Casi. Tuvieron que extirparte una parte del pulmón derecho. Y el corazón sufrió una contusión, pero está bien. Los médicos dicen que te recuperarás por completo. Con tiempo. Y con reposo. Mucho reposo.
—Reposo. —Marcus esbozó una sonrisa débil—. No sé hacer eso.
—Lo sé. Por eso estoy aquí. Para asegurarme de que aprendas.
La puerta de la habitación se abrió con un zumbido suave, y un torbellino de personas entró. Luke fue el primero, corriendo hacia la cama con los brazos abiertos y el rostro iluminado por una alegría que no cabía en su pequeño cuerpo. Aiko, Alexei e Inés lo siguieron, con sonrisas cansadas y ojos brillantes. La doctora Amara Okonkwo cerró la marcha, con el ceño fruncido y una tableta en la mano.
—¡Papá! —gritó Luke, y se abalanzó sobre Marcus con una fuerza que lo hizo gemir de dolor.
—Cuidado, campeón —dijo Marcus, con una mueca—. Todavía estoy cosido por dentro.
—Perdón, perdón. —Luke se apartó un poco, pero no soltó la mano de su padre—. Es que te he echado mucho de menos. Muchísimo.
—Y yo a ti, campeón. Más de lo que imaginas.
Aiko se acercó y le dio un apretón suave en el hombro.
—Nos diste un susto de muerte, ingeniero Chen.
—Lo siento, capitana. No estaba en mis planes.
—Nada de lo que haces está en los planes, Marcus. Pero te perdonamos. Esta vez.
Alexei le revolvió el pelo con una sonrisa enorme.
—Tienes más vidas que un gato, amigo. Y mira que los gatos de Aethel son resistentes.
Inés, con los ojos húmedos, se limitó a sonreír y apretarle la mano.
La doctora Okonkwo esperó a que los saludos terminaran para acercarse. Su rostro, serio y profesional, no lograba ocultar una chispa de alivio en sus ojos.
—Ingeniero Chen. Me alegra verlo despierto. Ahora prepárese para el regaño de su vida.
—Amara, acabo de despertar de un coma. ¿No puedes darme un día de tregua?
El uso de su nombre de pila —algo que Marcus solo hacía cuando quería desarmarla, y que a Grace le provocó un pellizco de celos que disimuló mirando hacia la ventana— hizo que la doctora frunciera aún más el ceño.
—No me llames Amara cuando estoy enfadada contigo, Marcus Chen. Y estoy muy enfadada. —Okonkwo se cruzó de brazos, y su voz, aunque no llegó a gritar, tenía el filo de un bisturí—. ¿Sabes lo que es operar a un paciente con dos heridas de bala, una en el ventrículo y otra en el pulmón, mientras los noticieros retransmiten en directo el arresto de su padre biológico? ¿Sabes lo que es rezar para que un hombre no se muera en la mesa de operaciones porque su hijo de once años está esperando al otro lado de la puerta? ¿Sabes lo que es ver a una mujer aferrarse a tu brazo con la sangre de su exmarido manchándole las manos, suplicándote que no lo dejes morir?