La sede central de la AIC no estaba en ningún planeta. Flotaba en el vacío, entre Aethel y Ellisyum, como una joya de metal y cristal suspendida en la eternidad. Era un planeta artificial, una esfera perfecta de veinte kilómetros de diámetro, erizada de torres de comunicación, cúpulas de observación y hangares de atraque que engullían naves sin descanso. En su interior, el aire olía a ozono y a poder. Los pasillos, recubiertos de mármol sintético, conducían a salas de reuniones, laboratorios, archivos de conservación y una biblioteca tan vasta que algunos la llamaban la Nueva Alejandría.
Allí, en el corazón de aquella fortaleza burocrática, se encontraba la Corte Suprema de la AIC. Una sala circular, inmensa, con gradas que ascendían en espiral y un estrado central iluminado por una luz blanca que no dejaba sombra. Las paredes estaban recubiertas de paneles holográficos que mostraban los emblemas de los cinco planetas, y el aire vibraba con el murmullo de los representantes que llenaban los asientos.
Marcus Chen entró con la espalda recta y la mirada al frente. A su lado caminaba Li Wei, impecable en su traje oscuro, y detrás, un equipo de abogados de élite que el joven heredero había contratado sin reparar en gastos. Eran los mejores. Los más temidos. Los que jamás perdían un caso.
La abogada principal, una mujer de cabello plateado y ojos de hielo llamada Valentina Ríos, se acercó al estrado con una tableta en la mano y la autoridad de un general. El silencio se hizo absoluto.
—Señorías —comenzó, con una voz que resonó en la sala—, comparezco ante esta Corte para presentar una acusación formal contra Antonio Durán, representante de la Tierra ante la Asamblea Interestelar. Los delitos que se le imputan son graves: fraude financiero, robo de herencia, falsificación de documentos, complicidad en sabotajes y atentados, y negligencia criminal que puso en peligro la vida de una mujer y un niño.
Un murmullo recorrió las gradas. Valentina Ríos no se inmutó.
—Antes de presentar las pruebas, permítanme establecer el contexto. —Pulsó un botón, y una pantalla holográfica se desplegó en el centro de la sala—. Esto es un informe financiero discriminado y a profundidad de todos los activos que el ingeniero Marcus Chen dejó como herencia antes de su desaparición en la misión Galatea-3. Incluye dinero, acciones en empresas de alto valor, una casa y una pensión mensual equivalente a dos salarios de ingeniero senior de la AIC. Adjunto a este informe, encontrarán una constancia de cero deudas firmada por el propio ingeniero Chen y verificada por tres auditores independientes el mimo año de lo ocurrido con Galatea-3.
La pantalla mostró los documentos. Las cifras brillaban con una claridad incontestable. Valentina dejó que los miembros del Consejo absorbieran la información antes de continuar.
—Ahora veamos qué recibió la señora Grace Smit, viuda del ingeniero Chen en aquel entonces. —Otra pantalla se encendió—. Una cantidad mínima. Menos del diez por ciento del total. Los abogados de la Flotilla le informaron que el resto se había perdido en impuestos y deudas. Deudas que, como acabo de demostrar, no existían.
Otro murmullo, más fuerte esta vez. Valentina alzó una mano para silenciarlo.
—Y, por último, presento el informe completo y extendido del robo de la herencia. —Una tercera pantalla se iluminó—. Transferencias fraudulentas a cuentas en Qeeren, controladas indirectamente por Antonio Durán. Una casa vendida a través de una inmobiliaria fantasma, con firmas falsificadas. Una pensión cancelada mediante un documento que certificaba falsamente la muerte del ingeniero Chen. Y la participación directa de la embajadora Sora de Qeeren, quien facilitó la creación de las cuentas fraudulentas y recibió una cantidad sustanciosa del dinero robado.
La sala estalló en exclamaciones. Valentina Ríos repartió copias del expediente a cada miembro de la Corte Suprema, y durante los siguientes minutos, explicó cada detalle con una claridad que no dejaba lugar a dudas. Las pruebas eran abrumadoras. Imposibles de refutar.
Entonces, el representante de la Flotilla se puso de pie.
Era un hombre corpulento, de cuello ancho y rostro colorado, que transpiraba indignación. Su nombre era Osvaldo Krauss, y su voz retumbó en la sala como un trueno.
—¡Estas pruebas son falsas! —gritó, señalando a Valentina con un dedo acusador—. ¡Es una conspiración para desprestigiar a un funcionario íntegro! ¡Antonio Durán es un hombre honorable, y esta farsa no tiene fundamento!
El líder supremo de la Corte Suprema, un anciano de barba blanca y ojos que parecían contener siglos, alzó una mano. El silencio cayó como una guillotina.
—Siéntese, señor Krauss —dijo, con una voz suave que sin embargo heló la sangre de todos los presentes—. Si vuelve a interrumpir, terminará peor de lo que se imagina.
Krauss palideció. Abrió la boca para protestar, pero el anciano lo fulminó con la mirada.
—Usted, Osvaldo Krauss, está incluido en el informe como cómplice de los crímenes de Antonio Durán. Su firma aparece en varios documentos falsificados. Su cuenta personal recibió transferencias de origen fraudulento. Y su lealtad a la Flotilla no le exime de la justicia de Concordia.
Krauss se quedó sin habla. El anciano continuó, con la misma calma implacable.
—A partir de este momento, la Flotilla queda destituida de sus funciones gubernamentales. Pierde todo poder ante la AIC. Deja de ser la entidad que representa a la Tierra. Y todos sus miembros serán investigados por crímenes financieros y de corrupción. Si es necesario, la Flotilla será desmantelada y reconstruida desde cero.