El centro de investigación aeroespacial de la Flotilla se alzaba a las afueras del norte de Houston, un complejo de edificios blancos y hangares de acero que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Las oficinas administrativas, en cambio, estaban al sur de la ciudad, un laberinto burocrático que Marcus Chen se alegraba de no tener que pisar. Su lugar era aquel centro de investigación, entre motores, paneles de control y el olor a combustible y metal. Allí había crecido como ingeniero, y allí volvía ahora, con una nueva identificación colgando del cuello y el brazo izquierdo completamente rehabilitado.
El cargo de director del área de ingeniería le había llegado como un ascenso natural, un reconocimiento a años de servicio y a un talento que nadie se atrevía a discutir. Era un trabajo de oficina, con reuniones interminables, informes que revisar y un equipo de cuarenta ingenieros a su cargo. Marcus lo consideraba aburrido. Terriblemente aburrido. Pero lo aceptó con la responsabilidad de quien sabe que su nombre ya no le pertenece solo a él, sino a la historia de Concordia.
—Bienvenido, director Chen —lo saludó su asistente, una joven de gafas gruesas y sonrisa nerviosa—. Tiene una reunión a las nueve y otra a las once. Y esto es para usted. —Le tendió una tableta con una pila de documentos digitales.
—Gracias. ¿Y el café?
—En su despacho, señor. Con un toque de canela, como le gusta.
—Perfecto. Entonces sobreviviré.
La rutina se instaló con la previsibilidad de un reloj. Mañanas de informes, tardes de reuniones, noches de correos atrasados. Marcus se movía por la estación con la eficiencia de un autómata, resolviendo problemas, tomando decisiones, firmando papeles. Pero en los momentos de silencio, cuando la oficina se vaciaba y las luces se atenuaban, su mente volaba lejos. A Grace. A Luke. A Emma. A aquella casa de jazmín donde la vida, por fin, había empezado a tener sentido.
Grace y Marcus intentaron reavivar su relación con la torpeza de dos adolescentes que se redescubren. No fue fácil. Había heridas que aún no cicatrizaban, fantasmas que se colaban en las conversaciones, miedos que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Pero el amor, ese amor paciente, terco e inexplicable, se impuso.
Salían a cenar los viernes. Paseaban por el parque los domingos. Marcus le llevaba flores a Grace sin motivo, y Grace le preparaba pastel de limón cada vez que él llegaba agotado de la estación. Luke los observaba con una sonrisa cómplice, y Emma, que ya tenía cuatro años, se colgaba del cuello de Marcus cada vez que lo veía, llamándolo "tío" con una adoración que a él le encogía el corazón.
—¿Cuándo vas a pedirle que se case contigo? —le preguntó Luke una tarde, mientras jugaban al ajedrez en el jardín.
Marcus levantó la vista del tablero, sorprendido.
—¿Perdón?
—¿Cuándo vas a pedirle que se case contigo? —Luke movió un alfil con parsimonia—. Lleván meses saliendo. Viven en la misma casa. Duermen juntos. Todo el mundo lo sabe, papá. Solo falta el anillo.
—Eres demasiado directo para tu edad.
—Lo heredé de ti.
Marcus sonrió. Dejó el juego a un lado y miró a su hijo con una seriedad que no le había mostrado antes.
—¿Y a ti te parecería bien? ¿Qué mamá y yo nos casáramos?
Luke lo miró fijamente, y en sus ojos —aquellos ojos almendrados que tanto se parecían a los de su padre— brilló una ternura que desarmaba.
—Llevo años esperándolo, papá. Toda la vida, en realidad.
Marcus sintió un nudo en la garganta. Se inclinó hacia adelante y le revolvió el pelo a Luke, que ya era un adolescente de diecisiete años, alto y espigado, a punto de irse a la universidad.
—Te quiero, campeón.
—Y yo a ti, papá. Pero si no te mueves, mamá se va a cansar de esperar.
—No se va a cansar. Pero tienes razón. Es hora.
La búsqueda de la casa fue una aventura en sí misma. Y esta vez, Marcus no puso ni una sola objeción.
—Quiero una casa grande —dijo Grace, con los planos de una propiedad desplegados sobre la mesa del salón—. No me refiero a una casa cualquiera. Me refiero a una casa con espacio de sobra, con luz natural, con un jardín que dé al sur y una cocina que sea el corazón de la vivienda. Algo que yo habría diseñado si me hubiera quedado en la arquitectura.
—Me parece perfecto —respondió Marcus, sin levantar la vista de su tableta.
—¿Y si quiero una piscina climatizada?
—Hecho.
—¿Y un estudio de arte para Emma?
—Lo que la princesa necesite.
—¿Y una sala de juegos para Luke?
—Con mini nevera y todo.
Grace lo miró con una mezcla de ternura y exasperación.
—Marcus, estoy hablando en serio. Estamos eligiendo la casa donde vamos a vivir. No puedes estar de acuerdo con todo.
—¿Por qué no? —Marcus dejó la tableta y le tomó la mano—. Grace, tú eres la arquitecta. Tú sabes lo que hace falta. Yo solo quiero que seas feliz. Si quieres una casa igual de grande que la de tus padres, con veinte empleados y un jardín que parezca un parque botánico, la tendrás. Si quieres contratar a un chef, a un jardinero, a un mayordomo, los tendrás. No me importa cuánto cueste. Lo que me importa es verte sonreír.