Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 6: La calma antes del trueno

Siete días. Eso fue lo que tardó el cuerpo de Marcus Chen en convencer a los médicos de que estaba listo. Siete días de pruebas gástricas, de análisis de tolerancia alimentaria, de ejercicios de motricidad fina con las manos aún surcadas de cicatrices rosadas. La doctora Okonkwo firmó el alta una mañana de miércoles, con esa caligrafía suya que parecía una declaración de guerra contra la prisa.

—Ingeniero Chen, técnicamente está usted curado —dijo, sin levantar la vista de la tableta—. Pero quiero que me escuche bien: su estómago no es el de antes. Evite las comidas pesadas, los picantes, el alcohol y, por el amor de todos los dioses de Concordia, no se salte ninguna revisión. Su sistema digestivo ha pasado por un infierno y no le perdonará que lo trate como si no hubiera ocurrido nada.

Marcus asintió con la mansedumbre de quien ha aprendido que discutir con médicos es una batalla perdida de antemano.

—Lo entiendo, doctora.

—No lo entiende, pero lo hará la primera vez que se coma una hamburguesa de Qeeren y acabe doblado sobre el retrete. —Okonkwo levantó por fin la vista y, por primera vez en semanas, esbozó una sonrisa—. Fuera de aquí, Chen. Tiene una vida que retomar.

Y Marcus salió. Cruzó la puerta del ala médica con una mochila ligera al hombro y el uniforme nuevo de la AIC bien planchado, y respiró el aire de Aethel como quien bebe agua después de una travesía por el desierto. No era el aire reciclado de la nave, ni el aire estéril del hospital. Era aire vivo, cargado de ozono y de ese perfume metálico que tenían las ciudades tecnológicas. Olía a futuro.

Su nuevo apartamento, asignado por la agencia mientras durara la colaboración con los equipos de rastreo, estaba en el piso cuarenta y dos de una torre residencial a las afueras del complejo aeroespacial. Era pequeño pero luminoso: una cocina que nunca usaría, un dormitorio con un ventanal que daba a las agujas de cristal del distrito financiero, y un salón que Marcus amuebló con lo justo: un sofá, una mesa baja y una estantería donde colocó, como un altar laico, el dibujo del cohete que Luke le había regalado.

Esa primera noche, solo en el apartamento, Marcus se quedó un buen rato mirando el dibujo. La nave plateada, las cuatro figuras en la ventana, la letra irregular de su hijo: “Para papá, de Luke Chen”. Lo apoyó contra un jarrón vacío que había encontrado en la cocina y se prometió a sí mismo que jamás volvería a estar lejos de ese niño. Que llamaría cada noche. Que los fines de semana serían sagrados. Que aprendería a ser el padre que Luke merecía.

Y lo cumplió.

Las rutinas de Marcus Chen se reorganizaron en torno a dos ejes: el trabajo y Luke. Por las mañanas, muy temprano, se reunía con Aiko, Alexei e Inés en la sala de monitoreo de la base aeroespacial. Allí, junto con los ingenieros de Aethel y de la Tierra, revisaban los datos de cada satélite desplegado en la periferia de Concordia. La AIC había lanzado, en tiempo récord, una constelación de radares de largo alcance que peinaban la hipopausa —los límites exteriores del sistema— en busca de una sombra de roca y hielo que, según los cálculos, medía al menos quinientos treinta y cinco kilómetros de diámetro.

—Los nuevos satélites ya están operativos —informó Alexei una mañana, señalando una pantalla holográfica donde parpadeaban docenas de puntos verdes—. Hemos duplicado la cobertura en el sector exterior. Si ese asteroide asoma la cabeza, lo veremos.

—Pero seguimos sin saber cuándo —apuntó Inés, con su pragmatismo médico—. Ni si viene directo o pasará de largo.

—Por eso nos turnamos —dijo Aiko—. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Alguien siempre está mirando.

Marcus asentía, tomaba notas, revisaba simulaciones de trayectoria con los ingenieros de Aethel. Pero su mente, a ratos, se escapaba. Pensaba en Luke. En lo que estaría haciendo en ese momento. En si Grace le habría preparado el desayuno o si Antonio lo habría llevado al colegio. No eran celos, era curiosidad. Un hambre de detalles cotidianos que le permitieran reconstruir, miga a miga, la vida de su hijo durante los años que se había perdido.

Así que, cada noche, a las ocho en punto, Marcus se sentaba en el sofá de su apartamento y llamaba a Luke por video comunicador.

—¡Papá! —gritaba Luke al otro lado, con esa energía inagotable de los nueve años.

—Hola, campeón. ¿Qué tal el día?

Y Luke le contaba. Le contaba que en el colegio había sacado un sobresaliente en matemáticas («como tú, dice mamá»), que su amigo Dani le había devuelto el lápiz que le robó la semana pasada, que había soñado otra vez con naves espaciales y que en el sueño Marcus pilotaba una. Marcus escuchaba cada palabra con la atención de quien estudia un idioma extranjero. A veces le devolvía preguntas: “¿Y qué comiste hoy?”, “¿Hiciste los deberes de cartografía?”, “¿Leíste el libro que te regalé?”. Eran preguntas simples, casi triviales, pero a Marcus le servían para construir un mapa del mundo de su hijo.

Los fines de semana, Luke viajaba a Aethel en un transporte rápido que la AIC ponía a disposición de las familias de los tripulantes. Grace lo acompañaba a veces; otras, lo dejaba en la puerta del apartamento de Marcus con un beso en la frente y una advertencia: “No le des demasiados dulces, que luego no duerme”. Y Marcus, que jamás había cuidado a un niño en su vida, aprendía sobre la marcha.




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