La noticia corrió por Concordia como un incendio en un campo seco. Antes de que el sol artificial de Aethel terminara su ciclo diurno, los titulares ya ardían en cada pantalla, en cada tableta, en cada rincón de los cinco planetas. «El héroe de Concordia, gravemente herido al rescatar a su hijo.» «El magnate Lǐ Chóngshèng, arrestado por secuestro y tentativa de asesinato.» «Marcus Chen lucha por su vida en un hospital de Shanghái mientras la AIC desmantela el imperio de su padre biológico.»
En la Tierra, la noticia golpeó con la fuerza de un maremoto. Las redes sociales estallaron. Los canales de noticias interrumpieron su programación. Las plazas públicas se llenaron de pantallas gigantes donde los presentadores repetían, una y otra vez, las imágenes borrosas de la fábrica abandonada, los guardias esposados, la camilla ensangrentada. Y en el centro de todo, el rostro pálido de Marcus Chen, el ingeniero que había regresado de entre los muertos para salvar un planeta y que ahora se debatía entre la vida y la muerte por salvar a su hijo.
En el Hospital Central de Shanghái, el tiempo se había detenido.
La sala de espera del quirófano era un cubo de cristal y acero, iluminado por una luz blanca que no dejaba lugar para las sombras. Grace estaba sentada en un banco de metal, con Luke dormido sobre su regazo. El niño se había quedado sin lágrimas hacía horas, agotado por el llanto y el miedo, y ahora dormía con la mejilla apoyada en el pecho de su madre, ajeno al torbellino que lo rodeaba. Grace no dormía. No podía. Sus ojos, enrojecidos y secos, permanecían fijos en la puerta del quirófano, como si su sola voluntad pudiera atravesar el acero y llegar hasta el cuerpo destrozado de Marcus.
A su lado, Antonio hablaba en voz baja con uno de los médicos. Sus gestos eran pausados, su rostro una máscara de preocupación que no terminaba de alcanzar sus ojos. Los padres de Grace, Helena y Roberto estaban sentados en un rincón, abrazados el uno al otro, rezando en silencio. Aiko, Alexei e Inés habían llegado una hora después de la llamada, con los uniformes arrugados y las caras desencajadas. La capitana Tanaka caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieta. Alexei, con las manos hundidas en los bolsillos, miraba por la ventana sin ver nada. Inés, en un gesto que revelaba su agotamiento, se había quedado dormida en una silla, con la cabeza apoyada en el hombro de Aiko.
Nadie hablaba. No había nada que decir. El silencio era un animal pesado que se instalaba en el pecho y no se iba.
Dentro del quirófano, la batalla era otra.
Dos equipos quirúrgicos trabajaban en paralelo, con una precisión que rozaba lo imposible. El primer equipo, dirigido por la doctora Okonkwo, se concentraba en la herida del pecho, a escasos milímetros del corazón. La bala se había fragmentado al impactar contra una costilla, y los fragmentos se habían dispersado por el tejido cardíaco, amenazando con perforar el ventrículo izquierdo. El segundo equipo se ocupaba del pulmón perforado, que se había colapsado parcialmente y amenazaba con llenar de sangre la cavidad torácica.
—Presión en descenso —anunció uno de los anestesistas, con la voz tensa.
—Necesito más sangre. Tipo O negativo, urgente. —Okonkwo no levantó la vista. Sus manos, enfundadas en guantes estériles, se movían con la firmeza de quien ha hecho aquello cientos de veces—. ¿Cómo va el pulmón?
—Hemorragia contenida. Estamos reparando la arteria pulmonar. Pero hay daño en el tejido. Necesitaremos una lobectomía parcial.
—Háganlo. Yo me encargo del corazón.
Las horas se sucedieron con la lentitud de un glaciar. En la sala de espera, los familiares se turnaban para caminar, para rezar, para mirar el reloj. Grace no se movió. Siguió sentada, con Luke en brazos, con los ojos fijos en la puerta, con la sangre de Marcus aún seca bajo sus uñas. Antonio intentó convencerla de que comiera algo, de que bebiera agua, de que descansara. Ella no respondió. Solo negaba con la cabeza, sin apartar la mirada del quirófano.
—Grace, por favor. No puedes quedarte así. Luke te necesita.
—Luke necesita a su padre —respondió ella, con una voz que no parecía la suya—. Y yo no me muevo de aquí hasta que salga.
Antonio no insistió. Se sentó a su lado y le tomó la mano. Grace la aceptó sin apretarla, sin mirarlo. Su mente estaba en otra parte. En aquella fábrica. En el sonido de los disparos. En la sangre brotando de la boca de Marcus. En sus ojos cerrándose mientras ella le suplicaba que no se fuera.
La puerta del quirófano se abrió a las siete horas y treinta y dos minutos de la intervención.
La doctora Okonkwo salió con el rostro demacrado, las ojeras marcadas, el gorro quirúrgico torcido. Se quitó la mascarilla con un gesto lento y respiró hondo antes de hablar. Grace se puso en pie de un salto, con Luke aún en brazos. Aiko, Alexei e Inés la rodearon al instante. Antonio se quedó un paso atrás, observando.
—Está vivo —dijo Okonkwo, y la sala entera estalló en un suspiro colectivo—. Ha sido una cirugía de doce horas. Hemos extraído la bala del pecho sin tocar el corazón, pero el ventrículo sufrió una contusión severa. El pulmón derecho presentaba una hemorragia masiva; tuvimos que extirpar una porción. Ha necesitado una transfusión de casi tres litros de sangre. Pero está vivo.
—¿Cuándo podremos verlo? —preguntó Grace, con la voz quebrada.