El transporte militar surcaba la atmósfera terrestre con un silencio antinatural, ese silencio tenso de las naves diseñadas para no ser detectadas. A bordo, Marcus Chen revisaba el equipo por décima vez, sus dedos repasando cada hebilla, cada cierre, cada dispositivo como si fueran ecuaciones que necesitara resolver. A su lado, Antonio Durán observaba por la ventanilla las luces lejanas de la costa china, su rostro iluminado intermitentemente por el parpadeo de las balizas de navegación.
El plan era sencillo en palabras, pero endiabladamente complicado en ejecución. Infiltrarse en un pueblo pequeño de la provincia de Zhejiang, entrar en una fábrica abandonada que el localizador de Marcus había señalado como origen de la llamada, encontrar a Luke y a Grace, sacarlos sin que los guardias se dieran cuenta, y solo entonces —solo cuando ambos estuvieran a salvo— enfrentarse cara a cara con Lǐ Chóngshèng.
Para ello, Marcus había tenido que recurrir al único hombre en quien podía confiar sin reservas. El único que tenía tanto que perder como él.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Antonio, rompiendo el silencio.
—No. Pero no hay otra opción.
—Podríamos haber informado a la AIC. Tienen recursos. Tienen equipos de extracción. Tienen...
—Tienen filtraciones. —Marcus se giró hacia él, y sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, brillaron con una intensidad casi febril—. ¿Cuántas personas sabían lo de mi origen, Antonio? ¿Cuántas? Yo no se lo conté a nadie. Grace tampoco. Y sin embargo, salió en todos los medios. Alguien filtró la conversación del hangar. Alguien que estaba allí. Alguien que quizás sigue en la AIC.
Antonio guardó silencio. Sabía que Marcus tenía razón.
—Además —continuó el ingeniero, con una amargura que le arañaba la garganta—, si Lǐ Chóngshèng ve una sola nave oficial acercarse a esa fábrica, matará a Luke y a Grace. Lo dijo él mismo. No negocia. No se rinde. Los hombres como él no dejan cabos sueltos.
—Entonces, ¿por qué me has dejado venir?
Marcus lo miró. Por primera vez en días, algo parecido a una sonrisa —una sombra de sonrisa, una cicatriz de sonrisa— se dibujó en sus labios.
—Porque eres el esposo de Grace. Porque tienes tanto derecho como yo a estar aquí. Y porque, si algo sale mal, quiero que haya alguien que pueda sacarlos.
—Marcus...
—No va a salir mal. No pienso salir mal. Pero si sale, quiero que Luke tenga a alguien. Alguien que no sea yo.
Antonio no respondió. No hacía falta. En aquel gesto, en aquella confesión apenas susurrada, Marcus le estaba entregando algo más valioso que cualquier palabra: le estaba entregando el futuro de su hijo. Le estaba diciendo, sin decirlo, que si él no volvía, Antonio sería el padre que Luke necesitaba.
El silencio que siguió fue roto por el piloto.
—Aterrizaje en cinco minutos. Prepárense.
El grupo de élite de la AIC que los acompañaba —seis soldados con armaduras ligeras y cascos de sigilo— comenzó a revisar sus equipos. Eran hombres y mujeres seleccionados personalmente por la presidenta Ilyra, con la condición expresa de que nadie más en la agencia conociera la operación. Si las cosas salían mal, ellos serían los únicos refuerzos disponibles. Si las cosas salían peor, ni siquiera ellos bastarían.
Marcus se puso el uniforme de guardia que habían conseguido para la infiltración. La tela, áspera y maloliente, le recordó a los días en el orfanato, cuando la ropa siempre era de segunda mano. Se colocó el casco y se miró en el reflejo de la ventanilla. No se reconoció. Quizás era mejor así.
—¿Listo? —preguntó Antonio, que ya se había enfundado un uniforme idéntico.
—Listo.
La nave descendió en un campo de arroz abandonado, a tres kilómetros de la fábrica. La noche los recibió con un manto de nubes bajas y una humedad pegajosa que se adhería a la piel como una segunda ropa. Los seis soldados se desplegaron en formación silenciosa, sus armaduras absorbiendo la luz de la luna. Antonio y Marcus caminaban en el centro, dos figuras anónimas vestidas como sus enemigos.
El pueblo dormía. Las calles estrechas, flanqueadas por casas de cemento desconchado y carteles en mandarín, estaban desiertas. Un perro ladró a lo lejos. Una persiana metálica crujió con el viento. Y al final del camino, recortada contra el cielo encapotado, se alzaba la fábrica.
Era un edificio enorme, una antigua planta de ensamblaje de componentes electrónicos que había cerrado hacía más de una década. Las ventanas estaban tapiadas con planchas de acero. Las chimeneas, oxidadas, apuntaban al cielo como dedos acusadores. Y alrededor del perímetro, visibles incluso en la penumbra, se movían decenas de figuras. Guardias armados. Perros de vigilancia. Torres improvisadas con reflectores.
—Esto no es una fábrica abandonada —murmuró Antonio—. Es una fortaleza.
—Sí —respondió Marcus, con una calma que no le pertenecía—. Y nosotros vamos a entrar.
El primer obstáculo fue el perímetro exterior. Una valla electrificada rodeaba todo el complejo, y cada pocos metros había cámaras de vigilancia con sensores de movimiento. Marcus se agachó junto a uno de los postes, sacó su terminal portátil y comenzó a teclear.