Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 37: La última bala

La casa de Marcus estaba en silencio. Un silencio denso, pesado, que se adhería a las paredes como una segunda piel. Las luces del salón estaban atenuadas, y el único sonido era el zumbido lejano de los sistemas de seguridad que Li Wei había instalado. Marcus se servía una taza de té en la cocina, ajeno al peligro que se arrastraba por el jardín trasero. La puerta trasera, aquella que daba al pequeño porche de madera, estaba entreabierta. Un descuido. Un error. El último.

Antonio entró sin hacer ruido.

El tubo metálico brilló bajo la luz tenue de la cocina. Antonio lo alzó con ambas manos, con los dientes apretados y los ojos inyectados en sangre. No hubo advertencia. No hubo palabras. Solo el silbido del metal cortando el aire.

El primer golpe impactó en la espalda de Marcus, entre los omóplatos, con una fuerza brutal. Marcus se desplomó hacia adelante, derribando la taza de té, que estalló contra el suelo en mil pedazos. El dolor fue un relámpago blanco que le recorrió la columna. Intentó girarse, intentó defenderse, pero el segundo golpe ya estaba cayendo. Esta vez en las costillas. Luego en el hombro. Luego en la cabeza.

Antonio golpeaba sin piedad, sin descanso, descargando veinte años de odio acumulado. El tubo subía y bajaba con una cadencia mecánica, como un pistón de acero. Marcus se encogió sobre el suelo, con los brazos intentando proteger el rostro, pero los golpes entraban por todas partes. En las piernas, en los brazos, en la espalda. La sangre empezó a brotar de su nariz, de su boca, de una ceja partida. El suelo de la cocina se tiñó de rojo.

—¿Lo ves, Marcus? —rugió Antonio, con la voz desgarrada por el esfuerzo—. ¿Ves lo que se siente? ¿Ves lo que es estar debajo? ¡Toda mi vida he estado debajo de ti! ¡Toda mi maldita vida! ¡Y ahora te toca a ti!

Marcus intentó responder, pero de su boca solo salió un gorgoteo de sangre. Escupió. Intentó arrastrarse. Un nuevo golpe lo alcanzó en la nuca, y el mundo se volvió oscuro.

Los guardias de la AIC llegaron por los ruidos.

La puerta principal cedió bajo el peso de tres agentes armados. Antonio escuchó el estruendo y supo que se le agotaba el tiempo. No pensó. No dudó. Simplemente saltó por la puerta trasera y se perdió en la oscuridad, con el tubo metálico aún en la mano y una sonrisa satisfecha dibujada en el rostro.

—Corre, Antonio, corre —murmuró, mientras sus pies golpeaban el pavimento—. Aún no he terminado. Aún no.

Li Wei llegó minutos después, con el corazón desbocado y el rostro desencajado. Entró en la casa y encontró a Marcus en el suelo de la cocina, semi inconsciente, rodeado por dos guardias que intentaban contener las hemorragias. Otros dos agentes habían salido en persecución de Antonio, pero el fugitivo ya se había esfumado en la noche.

—Marcus. Marcus, ¿me oyes? —Li Wei se arrodilló junto a su hermano, con las manos temblorosas—. Aguanta. Aguanta, por favor. He llamado a una ambulancia. Viene de camino.

Marcus abrió los ojos con un esfuerzo sobrehumano. Su rostro era una máscara de sangre y moretones. Sus labios, partidos, se movieron con dificultad.

—Grace... los niños... Antonio irá a por ellos.

—¿Qué?

—Antonio... no ha terminado... irá a por Grace... a por los niños... —La voz de Marcus era un hilo, un susurro que se apagaba—. Protégelos... por favor...

Li Wei comprendió en un instante. Sacó el comunicador y marcó el número del escuadrón que vigilaba la casa de los padres de Grace.

—¡Antonio va hacia allí! —gritó—. ¡Está armado! ¡Proteged a Grace y a los niños! ¡No lo dejéis entrar!

Al otro lado de la línea, una voz femenina respondió con urgencia:

—Entendido. Activamos protocolo de contención. Vamos hacia la casa principal.

Li Wei colgó y volvió a arrodillarse junto a Marcus.

—Ya están avisados. Los guardias los protegerán. Aguanta, hermano. Por favor, aguanta.

Marcus asintió débilmente, y luego cerró los ojos.

La casa de los padres de Grace estaba en calma. Una calma frágil, engañosa, que flotaba sobre los pasillos como una neblina silenciosa. Helena y Roberto habían salido con los niños para distraerlos, llevándolos al planetario y luego a cenar. Grace se había quedado sola, sentada en el salón principal, con una taza de café que ya se había enfriado entre las manos. No tenía ánimos para salir. No tenía ánimos para nada.

El teléfono sonó. Grace no contestó. Sabía quién era. Antonio llevaba días intentando contactarla, y ella no quería oír su voz. No quería verlo. No quería saber nada de él.

El timbre de la puerta sonó.

Grace se tensó. Los guardias de seguridad estaban apostados en el perímetro, y nadie podía acercarse sin ser anunciado. Pero el timbre sonó de nuevo, insistente, como un martillazo en el silencio.

Grace se levantó y caminó hacia la puerta. Miró por la mirilla. No había nadie. Solo el porche vacío y las luces del jardín parpadeando en la noche. Dudó un instante. Luego, con el corazón acelerado, abrió la puerta.

Antonio apareció de la nada.

No venía del porche. Venía del lateral, del seto, de las sombras. Su ropa estaba manchada de sangre que no era suya. En la mano derecha empuñaba un arma. Una pistola negra, compacta, letal. Sus ojos, enrojecidos por el alcohol y la locura, brillaban con una luz que Grace no le había visto jamás.




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