Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 29: El regreso del héroe

La noticia cayó como un mazazo en el pequeño mundo de Luke Chen.

Marcus lo había citado en su casa, una tarde de domingo, con el pretexto de que quería enseñarle algo. Luke llegó con la despreocupación de quien no espera malas noticias, con su mochila al hombro y una sonrisa que se le borró de golpe al ver la expresión de su padre. Marcus estaba sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, y Luke supo, antes de que dijera una sola palabra, que algo no iba bien.

—Me han asignado una misión —dijo Marcus, sin preámbulos—. Cuatro meses. En una estación espacial cerca de la heliosfera, entre Meijin y los límites del sistema. Debo entrenar a dos nuevos ingenieros y reparar daños en el satélite.

Luke se quedó inmóvil en el umbral del salón. Cuatro meses. Dieciséis semanas. Ciento veinte días sin su padre. Lo primero que sintió fue una oleada de rabia, irracional y ardiente, que le subió por la garganta como un vómito. Lo segundo, un vacío en el estómago que lo dejó sin aire.

—¿Cuándo te vas? —preguntó, con una voz que sonaba extraña, como si no le perteneciera.

—En una semana.

—¿Y mi cumpleaños?

Marcus cerró los ojos un instante. Esa era la pregunta que más temía.

—Tu cumpleaños cae justo en la última semana de la misión. Haré todo lo posible por volver a tiempo. Te lo prometo.

—Prometiste que no volverías a desaparecer. —La voz de Luke se quebró, y Marcus sintió que el corazón se le partía—. Prometiste que estarías aquí.

—No estoy desapareciendo, Luke. Es una misión. Volveré. Con estos dedos —dijo Marcus, alzando una mano—. Te lo juro.

Luke no respondió. Se giró y se fue, con la mochila colgada del hombro y los puños apretados. Marcus lo dejó ir. Sabía que las palabras, en aquel momento, eran inútiles. Sabía que el tiempo, ese tiempo que tantas veces les había sido arrebatado, era lo único que podía curar aquella herida.

Esa noche, Luke lloró en silencio en su habitación. Y Grace, sentada al borde de su cama, le acarició el pelo y le dijo lo que no creía del todo:

—Volverá, cariño. Tu padre siempre vuelve.

Los cuatro meses fueron una eternidad.

Marcus llamó cada fin de semana, como había prometido. Las videollamadas se convirtieron en un ritual sagrado: Luke le contaba sus estudios, sus dudas sobre la universidad, sus partidas de ajedrez con el abuelo Roberto. Emma, la pequeña Emma, se subía al regazo de Grace y gritaba "¡Tío Marcus!" con una alegría que llenaba la pantalla. Y Grace, en un segundo plano, lo miraba con una mezcla de alivio y melancolía que no se atrevía a nombrar.

—¿Cómo estás? —le preguntaba Marcus, y la pregunta, tan simple, tan rutinaria, le llegaba a Grace como una caricia.

—Cansada —respondía ella—. Pero bien. Aquí, aguantando.

—¿Y Antonio?

Grace se encogía de hombros.

—Lejos. Siempre lejos.

No hacía falta más. Ambos entendían. El matrimonio de Grace se desmoronaba, y la distancia de Marcus solo hacía más evidente el abismo que los separaba.

Antonio, mientras tanto, aprovechaba la ausencia de Marcus para acercarse a Luke. Lo invitaba a partidos de tenis, a cenas en restaurantes caros, a paseos por el distrito diplomático. Le compraba entradas para conciertos, le regalaba ropa de marca, le hablaba de la importancia de la política, de los contactos, del poder.

—Tu padre es un héroe, Luke —le decía, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Pero los héroes vuelan lejos. Yo, en cambio, estoy aquí. Siempre.

Luke lo escuchaba con una cortesía fría. No se fiaba de Antonio. Nunca se había fiado del todo. Pero la ausencia de Marcus dolía, y el dolor, cuando se prolonga, busca consuelo donde puede.

En el fondo de su pecho, una semilla diminuta de resentimiento empezó a germinar.

El día del cumpleaños número diecisiete de Luke llegó con un sol espléndido y un cielo despejado. La casa de los Durán estaba decorada con guirnaldas, globos y un cartel gigante que decía: «¡Feliz cumpleaños, Luke!». Los amigos de Luke llenaban el jardín, y la barbacoa humeaba en la esquina, supervisada por Antonio, que se había encargado de la logística con una eficiencia que a Grace le resultaba sospechosa.

—¿Dónde está papá? —preguntó Luke, por tercera vez, mirando el cielo como si esperara ver aparecer una nave en cualquier momento.

—Aún es temprano —respondió Grace, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Seguro que está en camino.

Pero las horas pasaron. La fiesta estaba en pleno apogeo: música, risas, regalos apilados en una mesa. Luke se esforzaba por sonreír, por atender a sus amigos, por fingir que todo estaba bien. Pero cada vez que sonaba el timbre, su mirada se desviaba hacia la puerta, esperando ver a su padre.

Y Marcus no aparecía.

—Ya te dije que no vendría. —Antonio se acercó a Luke, con una sonrisa falsa y una copa de vino en la mano—. Siempre pone el trabajo antes que a ti. Es su naturaleza.

—Papá no es así —respondió Luke, con un hilo de voz.




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