Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 13: Lo que no se dijo

La casa de los Durán se había quedado en silencio. Ese silencio denso y cálido que dejan las fiestas cuando los globos aún cuelgan medio desinflados de las esquinas y el olor a tarta de chocolate se mezcla con el perfume marchito de las velas apagadas. En el salón, los restos del cumpleaños de Luke eran un campo de batalla minúsculo: platos de cartón apilados, serpentinas mustias, un vaso de refresco olvidado sobre la repisa de la chimenea.

Grace, sus padres y Antonio estaban terminando de recoger. Marcus había ayudado un poco —con esa eficiencia silenciosa que lo caracterizaba— hasta que su comunicador vibró con la urgencia de una orden expresa: regresar a Aethel de inmediato, una avería en el núcleo de contención del Prometeo-35 requería su presencia. Se había despedido con un abrazo rápido a Luke, que ya dormía, y un “lo siento” murmurado a Grace en la puerta. Luego se fue, con el gato atigrado mirándolo desde el sofá como si supiera que aquel hombre regresaría.

Ahora, en la cocina, los padres de Grace —Helena y Roberto— secaban los últimos platos mientras Antonio guardaba las sobras en recipientes herméticos. El gato dormía hecho un ovillo en una silla. Todo estaba en orden. Pero Grace no.

Estaba apoyada contra la encimera, con un trapo de cocina olvidado entre las manos, la mirada perdida en un punto indefinido de la pared. Sus dedos apretaban la tela con una fuerza innecesaria, y su respiración era la de alguien que está a punto de decir algo, pero no encuentra cómo.

—¿Grace?

La voz de Antonio la sobresaltó. Parpadeó y lo vio frente a ella, con un plato en una mano y el ceño ligeramente fruncido.

—Llevo tres veces llamándote. ¿Estás bien?

—Sí, sí. Perdón. Estaba… pensando.

Helena, su madre, se acercó con la perspicacia de las mujeres que han aprendido a leer los silencios de sus hijas. Era una mujer menuda, de cabello cano y ojos vivos, que había criado a Grace y a sus otros dos hijos con una mezcla de dulzura y mano firme. Dejó el paño de cocina sobre la mesa y tomó a su hija por los hombros.

—Grace, cariño, ¿qué te pasa? Has estado rara toda la noche. Y no me digas que es cansancio, que a mí no me engañas.

Grace la miró. Miró a su padre, Roberto, un hombre robusto de pocas palabras que se había sentado a la mesa con una taza de café frío. Miró a Antonio, su esposo, que la observaba con esa paciencia infinita que a veces la hacía sentir tan culpable. Y suspiró.

—Es Marcus —dijo al fin.

—¿Qué le pasa a Marcus? —preguntó Roberto, alarmado—. ¿Está enfermo otra vez?

—No, papá. No es su salud. Es… algo más. Algo que me lleva rondando desde hace años. Desde que lo conocí, en realidad.

Se hizo un silencio expectante. Grace se pasó el trapo por las manos, un gesto nervioso, y se sentó a la mesa.

—Mamá, papá, ¿vosotros alguna vez conocisteis a los padres de Marcus?

Helena y Roberto intercambiaron una mirada. Fue Helena quien respondió, con la lentitud de quien rebusca en la memoria.

—Ahora que lo dices… no. Nunca conocimos a nadie. En vuestra boda, recuerdo que no había familia por su parte. Supusimos que quizás sus padres habían muerto jóvenes, o que vivían en otro planeta. Tú nunca nos hablaste de ellos.

—Porque yo tampoco los conocí —confesó Grace, y las palabras le ardieron en la boca—. En todos los años que estuvimos juntos, Marcus jamás me habló de su familia. Ni una sola vez. Cada vez que yo le preguntaba, él cambiaba de tema o se quedaba callado. Al principio pensé que era dolor, que quizás había perdido a sus padres y no quería hablar de ello. Pero luego, con el tiempo, me di cuenta de que no era solo dolor. Era algo más. Algo que escondía.

Roberto frunció el ceño.

—¿Y nunca insististe?

—Lo intenté. Pero Marcus era… es… un experto en cerrar puertas. Cuando quiere, no hay quien lo saque de su silencio. Y yo, por respeto, por miedo a hacerle daño, dejé de preguntar. Me convencí de que algún día me lo contaría. Pero ese día nunca llegó.

—Y cuando lo dieron por muerto —añadió Helena, con una expresión sombría—, nadie apareció. Recuerdo que, en el funeral ceremonial, cuando la AIC leyó los nombres de los familiares, por parte de Marcus no había nadie. Ni padres, ni hermanos, ni primos. Nada. Solo tú.

—Solo yo —repitió Grace, y la soledad de aquella palabra cayó sobre la mesa como una piedra.

Antonio, que hasta entonces había escuchado en silencio, carraspeó. Grace se giró hacia él.

—Antonio, tú trabajas con el gobierno. Como representante de la Tierra, tienes acceso a información sobre muchos empleados de la AIC. ¿Sabes algo de Marcus? ¿Algo que nosotros no sepamos?

Antonio dejó el recipiente que estaba guardando y se secó las manos con un paño. Su rostro, normalmente sereno, mostraba una incomodidad inusual. Se sentó frente a Grace y la miró con gravedad.

—Sí, Grace. Sé algunas cosas.

—¿Y no me las has dicho?

—Porque supuse que tú ya las sabías. Marcus fue tu marido durante varios años. Pensé que, si no hablabas de ello, era porque preferías mantenerlo en privado. No quise entrometerme.




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