La mañana en que la vida de Marcus Chen volvió a desmoronarse no fue una mañana cualquiera, aunque el sol artificial de Aethel brillara con la misma luz ámbar de siempre y las torres de cristal del distrito financiero relucieran como agujas clavadas en el cielo. Fue una mañana de esas que empiezan con un café que no se puede beber y terminan con el mundo reducido a escombros.
Marcus estaba solo en su apartamento cuando leyó la noticia. La tableta estaba apoyada en la encimera de la cocina, junto a una taza de suero isotónico que ya se había enfriado. Deslizó el dedo por la pantalla sin prestar demasiada atención, revisando los titulares de rutina: “La Operación Ojo de Cerradura cumple tres años”, “Meijin inaugura monumento a los héroes de Concordia”, “Nuevo tratado comercial entre Aethel y Qeeren”. Noticias inocuas. Inofensivas. Iba a apagar la tableta cuando una línea en la sección de farándula le heló la sangre.
“Importante político y empresario terrestre oculta un hijo bastardo no reconocido que trabaja en otro planeta.”
No había nombres. No había rostros. Solo una acusación anónima envuelta en el papel cuché de los cotilleos interestelares. Pero Marcus no necesitaba nombres. Sintió que el estómago se le contraía como un puño, que el aire de la cocina se volvía irrespirable, que las cicatrices de sus palmas le palpitaban con un dolor fantasma. Se quedó inmóvil, con la tableta temblándole en la mano, leyendo y releyendo aquella maldita línea como si las letras pudieran cambiar de significado si las miraba con suficiente intensidad.
No fue Grace. Lo supo al instante. Grace estaba advertida; Grace sabía lo que pasaría si algo así salía a la luz. No. Alguien más había escuchado. Alguien que estaba en el hangar aquella mañana, agazapado entre las sombras, bebiéndose cada palabra del encuentro con Lǐ Chóngshèng. Alguien que no tenía idea del monstruo al que acababa de despertar.
Marcus apoyó la tableta sobre la encimera con la suavidad de quien deposita un explosivo. Luego, con dedos que apenas obedecían, marcó el número de Grace.
Respondió al segundo tono. Su voz llegó antes que la imagen, y cuando la videollamada se estabilizó, Marcus vio su rostro pálido, los ojos enrojecidos, la tableta de noticias en la mano. También ella lo había leído. También ella sabía.
—Marcus, lo he visto. Lo he visto ahora mismo. ¿Quién ha sido? ¿Quién ha podido filtrarlo?
—No lo sé. Pero no fuiste tú. Eso es lo único que importa ahora. —Marcus respiró hondo, obligándose a mantener la calma—. Grace, escúchame bien. Esto es peligroso. Lǐ Chóngshèng no es un hombre que acepte los escándalos. Si cree que yo estoy detrás de esto, querrá tomar represalias. Y no se detendrá ante nada.
—¿Represalias? Marcus, esto es una noticia de farándula. No pueden hacerte daño por una noticia.
—A mí no. Pero a Luke sí.
El nombre de su hijo cayó entre ambos como una piedra en un pozo. Grace se llevó la mano a la boca y Marcus vio que sus dedos temblaban.
—Tú crees que…
—Creo que Lǐ Chóngshèng es un hombre que no distingue entre inocentes y culpables. Para él, Luke es una herramienta, un punto de presión. Si quiere castigarme por este escándalo, no irá a por mí directamente. Irá a por lo que más me importa.
—No voy a dejar que le pase nada —dijo Grace, y su voz, aunque quebrada, tenía la firmeza del acero—. Antonio y yo lo llevaremos al colegio. Lo recogeremos personalmente. No estará solo en ningún momento. Te lo juro.
—Grace, ¿Antonio sabe algo? —La pregunta salió sin pensarla, pero no había acusación en ella. Solo la necesidad de saber.
—No. No le he dicho nada. Es un tema demasiado delicado, Marcus. Sé los peligros que representa revelar algo así. Antonio no sabe nada de Lǐ Chóngshèng, ni de lo que pasó en Shanghái, ni de lo que me contaste aquel día. Tu secreto sigue siendo tuyo.
Marcus asintió, aliviado. Confiaba en Grace. Siempre había confiado en ella, incluso cuando el universo conspiraba para separarlos.
—Gracias. Y cuidaos. Los dos. Los tres.
—Lo haremos. Y tú también, Marcus. Cuídate.
La videollamada se cortó. Marcus se quedó mirando la pantalla oscura, con el eco de la voz de Grace resonándole en la cabeza, y sintió que un miedo antiguo, un miedo que creía enterrado, volvía a reptarle por la columna vertebral.
Los días que siguieron fueron una cuenta atrás hacia lo inevitable. Marcus trabajaba en la base con la alerta permanentemente encendida, el comunicador siempre a la vista, los reflejos afinados como los de un animal que huele a depredador. La reparación del Prometeo-35 estaba prácticamente terminada —solo faltaban ajustes cosméticos, revisiones de rutina—, pero él ya no era capaz de concentrarse. Cada ruido en el hangar lo hacía girar la cabeza. Cada notificación en su tableta lo aceleraba.
Las revistas de farándula y los noticieros sensacionalistas se habían lanzado sobre la noticia como buitres sobre una carroña. “¿Quién es el político del escándalo?”, “El hijo bastardo que trabaja en el espacio”, “Los secretos mejor guardados de la élite terrestre”. Las especulaciones crecían cada día, alimentándose de rumores y filtraciones anónimas. Marcus leía cada titular con el estómago revuelto —literalmente revuelto; aquella mañana había vomitado el desayuno en el baño del hangar— y rezaba para que la tormenta pasara de largo.