Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo Especial 3: El legado de un hijo

El campus de la Universidad Central de la Tierra bullía de actividad aquella mañana. Los estudiantes circulaban por los pasillos con mochilas al hombro y tabletas bajo el brazo, y el aire olía a café, a hierba recién cortada y a esa energía inconfundible de los jóvenes que persiguen un sueño. Luke Chen caminaba entre ellos con paso tranquilo, ajeno a las miradas de admiración y envidia que despertaba a su paso. Ya no era el niño que corría tras las palomas en un parque de Shanghái. Ahora era un joven de dieciocho años, alto, espigado, con los rasgos de su padre y la sonrisa de su madre. Y estaba a punto de empezar su segundo año de ingeniería aeroespacial.

Su expediente académico era impecable. Sus notas, las mejores de su promoción. Sus profesores hablaban de él con admiración, y sus compañeros lo respetaban, aunque algunos lo envidiaran en silencio. No era fácil ser el hijo de Marcus Chen, el héroe de Concordia, el ingeniero que había salvado un planeta. Pero Luke había aprendido a vivir con ello. O, al menos, lo intentaba.

Aquel día, sin embargo, era especial. La facultad de ingeniería aeroespacial había recibido una invitación del Centro de Investigación Aeroespacial de la Flotilla, dirigida a los estudiantes más prometedores y con mejor promedio académico. Se trataba de una excursión a fondo por las instalaciones: no ese tipo de excursiones de primaria que visitaban museos y pasillos con fotos, sino una inmersión real en el corazón de la ingeniería aeroespacial. Visitarían la base de mando, los lugares donde se hacían las pruebas a los aspirantes a astronautas y, como bonus extra, la sala de operaciones en microgravedad.

Luke estaba emocionado. No por el prestigio, ni por la oportunidad de lucirse. Sino porque, por primera vez, vería de cerca el lugar donde su padre trabajaba todos los días. El lugar donde Marcus Chen, el héroe, se convertía en Marcus Chen, el ingeniero. Y quizás, solo quizás, entendería un poco mejor el mundo al que quería pertenecer.

El autobús los dejó en la entrada principal del centro de investigación aeroespacial, al norte de Houston. Los estudiantes bajaron en fila, con los ojos brillantes de expectación. El complejo era inmenso: edificios blancos, hangares de acero, torres de comunicación y un mural gigante que representaba la historia de la exploración espacial de Concordia. Luke lo observó con una mezcla de orgullo y melancolía. En ese mural, en alguna parte, estaba la Prometeo-35. La nave que se había tragado a su padre durante diez años. La nave que, de algún modo, le había devuelto a su héroe.

—Bienvenidos al Centro de Investigación Aeroespacial de la Flotilla —dijo una de las astronautas encargadas de la excursión, una mujer de cabello corto y sonrisa firme—. Hoy verán las instalaciones donde se diseñan, prueban y operan las naves que viajan por todo Concordia. Presten atención. Hagan preguntas. Y sobre todo, disfruten. No todos los días se ve esto desde dentro.

El grupo avanzó por el complejo, guiado por varios astronautas e ingenieros. Luke caminaba en silencio, observando cada detalle con una atención que no correspondía a la de un simple estudiante. Los hangares de ensamblaje, los laboratorios de materiales, las salas de simulación de vuelo. Todo le resultaba fascinante. Todo le recordaba a su padre.

En un momento dado, pasaron cerca de una sala de conferencias con paredes de cristal. Luke se detuvo involuntariamente. Al otro lado del vidrio, un grupo pequeño de astronautas novatos escuchaba atentamente las explicaciones de un hombre que gesticulaba con seguridad, señalando una pantalla holográfica. Ese hombre era Marcus Chen.

Luke lo miró durante un instante, con el corazón encogido. Ahí estaba su padre, en su elemento, capacitando a la siguiente generación de exploradores. Y él, Luke, estaba al otro lado del cristal, como un espectador más. No pudo evitar preguntarse si algún día estaría en una sala como esa, siendo capacitado para su primera misión. O si sería otro ingeniero jefe quien lo instruiría.

—¿Vienes, Luke? —lo llamó una de sus compañeras, una chica de cabello castaño llamada Valeria.

—Sí. Voy.

Luke se obligó a seguir al grupo. Pero su mente se quedó atrapada en aquella imagen: su padre, el héroe, formando a los futuros astronautas. Y él, a un cristal de distancia, con todo el futuro por delante y un peso enorme sobre los hombros.

Cuando Luke llegó a casa aquella noche, el sol ya se había puesto. La casa olía a cena recién hecha y a jazmín, y el gato Kleper dormía en el sofá, hecho un ovillo. Grace estaba en la cocina, preparando una bandeja de lasaña, y Emma, sentada en el suelo del salón, jugaba con un set de doctora de juguete.

—¡Luke! —gritó Emma, corriendo hacia él con un estetoscopio de plástico colgado del cuello—. ¡Has llegado! ¿Me has traído algo?

—Hola, enana. —Luke la alzó en brazos y le dio un beso en la mejilla—. No te he traído nada. Pero puedo dejarte que me auscultes el corazón, doctora Emma.

—Eso es un trato. —Emma se puso seria y le colocó el estetoscopio en el pecho—. Respira hondo. Muy hondo.

Luke obedeció, conteniendo la risa. Grace los observaba desde la cocina, con una sonrisa que le iluminaba el rostro.

—¿Cómo ha ido la excursión, cariño? —preguntó, mientras sacaba la lasaña del horno.

—Bien. Muy bien. Hemos visto un montón de cosas.

—¿Y has visto a tu padre?




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