Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 31: Las huellas del fraude

La casa de Helena y Roberto se alzaba en las afueras de Houston como una fortaleza de calma. Era una propiedad de dos plantas, casi una mansión, rodeada por jardines perfectamente cuidados y una verja de hierro forjado que se abría con un suave zumbido eléctrico. Por los pasillos circulaban casi veinte sirvientes que gestionaban el orden de aquel hogar con una discreción impecable. Había cocineros, jardineros, doncellas, chóferes. Todo funcionaba con la precisión de un reloj suizo.

Marcus Chen atravesó el vestíbulo principal, con el suelo de mármol brillando bajo sus pies y el eco de sus pasos resonando entre las columnas. Siempre se había sentido un poco fuera de lugar en aquella casa, incluso cuando era el esposo de Grace. Ahora, años después, la sensación era aún más extraña. Aquel era el mundo del que Grace provenía, un mundo de comodidades y privilegios que contrastaba brutalmente con el orfanato donde él había crecido.

Helena lo recibió en el salón principal, una estancia luminosa con ventanales que daban al jardín y muebles que parecían sacados de una revista de arquitectura. Roberto bajó unos minutos más tarde, con una bata de médico colgada del brazo y una sonrisa cansada. Le sirvieron café en tazas de porcelana, y Marcus aceptó con una cortesía que no sentía.

—Te veo tenso, muchacho —dijo Roberto, sentándose frente a él—. Y no es solo por el trabajo. ¿Qué te pasa?

Marcus dejó la taza sobre la mesa y respiró hondo.

—Necesito hablar de la herencia. De la que dejé cuando me dieron por muerto.

Helena y Roberto se miraron. Fue un intercambio breve, cargado de años de dudas no resueltas.

—¿Qué quieres saber? —preguntó Helena, con una voz que se volvió cautelosa.

—Quiero saber qué pasó. Por qué Grace recibió tan poco. Por qué todo desapareció.

Roberto se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Nosotros nos hicimos la misma pregunta. Pero los abogados de la Flotilla nos lo dejaron claro: la mayor parte de tu herencia se destinó a pagar tus deudas.

Marcus frunció el ceño. Una alarma empezó a sonar en su cabeza.

—¿Mis deudas? —repitió, incrédulo—. Yo no tenía deudas. Siempre fui muy ordenado con mis finanzas. Antes de cada misión, me aseguraba de no dejar ni una sola cuenta pendiente. No podía irme al espacio sabiendo que dejaba cabos sueltos.

—Eso es lo que siempre pensamos —añadió Helena—. Tú eras un hombre meticuloso. Pero los abogados nos mostraron documentos. Préstamos, hipotecas, tarjetas de crédito. Nos dijeron que habías acumulado deudas que nosotros desconocíamos.

—¿Y vosotros lo creísteis?

—Entonces no teníamos motivos para dudar. Grace estaba destrozada. Luke era un bebé. Y aquellos abogados parecían muy seguros. —Roberto se pasó una mano por el rostro, con gesto cansado—. Nosotros solo queríamos que Grace pudiera salir adelante.

Marcus sintió que una furia fría le subía por la garganta. Deudas. Malditas deudas. Él jamás había firmado un préstamo. Jamás había tenido una hipoteca. Todo aquello era una mentira cuidadosamente construida para robarle lo que era suyo.

—No solo era dinero —dijo, con una voz que apenas podía contener—. Dejé acciones. Acciones en varias empresas de alto valor. Dejé una pensión mensual para Grace y Luke, equivalente a dos de mis salarios. Dejé todo atado para que jamás tuvieran que preocuparse por el dinero.

Helena palideció.

—¿Una pensión mensual? Nosotros nunca supimos de eso.

—Ni las acciones. Los abogados solo hablaron del dinero. Y de las deudas. —Roberto apretó los puños sobre sus rodillas—. Marcus, si lo que dices es verdad, entonces a Grace la estafaron.

—Eso es exactamente lo que creo. —Marcus los miró fijamente, y su voz sonó a una calma que no sentía—. Y creo que sé quién fue.

—¿Quién? —preguntaron al unísono.

—Antonio.

El nombre cayó como una losa. Helena se llevó la mano al pecho. Roberto cerró los ojos, como si acabara de confirmar una sospecha que llevaba años enterrando.

—Dios mío —murmuró Helena—. ¿Antonio?

—Todavía no tengo pruebas concluyentes. Pero todo apunta a él. La casa donde viven ahora, esa casa que él dijo haber comprado, era mía. La dejé a nombre de Grace. Y alguien la vendió con documentos falsificados.

Roberto se puso en pie y caminó hacia la ventana. Se quedó allí, de espaldas a ellos, con las manos entrelazadas a la espalda.

—Siempre hubo algo en él que no me gustó —dijo, con una voz sombría—. Nunca supe qué era. Pero ahora lo entiendo. Era esto. La mentira. La avaricia. La máscara.

Helena se acercó a Marcus y le tomó la mano.

—¿Qué vas a hacer?

—Averiguar la verdad. Y luego, contársela a Grace. Ella merece saberlo.

—Deberás tener cuidado. Antonio es un hombre poderoso. Y peligroso.

—Lo sé. Pero no tengo miedo. Ya he sobrevivido a cosas peores.

Marcus pasó los días siguientes revisando documentos con un equipo de abogados forenses que Li Wei puso a su disposición. Durmieron poco. Comieron mal. Y al final, el informe fue demoledor. Transferencias sospechosas, firmas falsificadas, cuentas en paraísos fiscales, una casa vendida con una autorización notarial que Marcus jamás firmó. Todo apuntaba a una sola persona: Antonio Durán.




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