Siete meses. Siete meses desde que Lǐ Chóngshèng entró en aquella celda de tres metros por tres, y el hombre que una vez tuvo el mundo a sus pies ahora se consumía en la monotonía de los días idénticos. La prisión de máxima seguridad de la AIC flotaba en el cinturón de asteroides como un monolito silencioso, aislada del resto del universo por campos de contención y protocolos de seguridad que ningún recluso había logrado vulnerar jamás. Los pasillos eran blancos, estériles, recorridos por guardias de mirada impasible y puertas que se abrían con zumbidos hidráulicos. Todo olía a desinfectante y a desesperanza.
Lǐ Chóngshèng había aprendido a no esperar nada. No esperaba visitas, no esperaba noticias, no esperaba clemencia. Su imperio había caído. Su hijo legítimo lo había repudiado públicamente. Su bastardo, aquel al que intentó destruir desde antes de que naciera, era ahora un héroe venerado en los cinco planetas. Y él, el magnate, el político, el hombre que todo lo tenía, se había convertido en un espectro olvidado en una fortaleza flotante.
Por eso, cuando el guardia le anunció que tenía una visita, su primer impulso fue negarse. ¿Quién querría verlo? ¿Un periodista en busca de una entrevista morbosa? ¿Un abogado con falsas promesas de apelación? ¿Un enemigo que venía a regodearse en su caída? Ninguna opción le resultaba atractiva. Pero el guardia insistió, y la curiosidad —esa vieja amante de los poderosos— terminó por vencerlo.
—¿Quién es? —preguntó Lǐ Chóngshèng, con la voz ronca por el desuso.
—Antonio Durán. Representante de la Tierra ante la Asamblea Interestelar de Concordia.
Lǐ Chóngshèng arqueó una ceja. Antonio Durán. El marido de Grace. El hombre que criaba al hijo de Marcus como si fuera suyo. El político joven y carismático que todos respetaban. ¿Qué diablos quería de él?
—Dile que pase.
La sala de visitas era un cubo de cristal blindado, dividido por una barrera transparente que separaba a los reclusos de los visitantes. Al otro lado del cristal, sentado en una silla de metal, Lǐ Chóngshèng esperaba con el uniforme naranja de los condenados y una expresión de desprecio que no había logrado abandonar en todos esos meses. Su cabello, antes peinado con precisión milimétrica, le caía ahora en mechones grises y desordenados. Su rostro, demacrado, conservaba sin embargo el brillo oscuro de sus ojos, esos ojos que tantas veces habían doblegado a adversarios y aliados.
Antonio entró con paso lento, flanqueado por dos guardias que se retiraron en cuanto él tomó asiento frente al cristal. Vestía un traje impecable, color azul medianoche, con la insignia de la Flotilla bordada en el pecho. Su postura era relajada, casi despreocupada, como si aquella prisión no fuera para él más que un trámite incómodo. Y en sus labios, una sonrisa. Una sonrisa que a Lǐ Chóngshèng le heló la sangre sin que supiera explicar por qué.
—Señor Lǐ —dijo Antonio, con una voz suave, untuosa, que nada tenía que ver con el tono diplomático que usaba en público—. Ha pasado mucho tiempo.
—No lo suficiente —respondió Lǐ Chóngshèng, con un gruñido—. ¿Qué quiere, Durán? ¿Viene a darme una limosna? ¿A ofrecerme un trato? Le advierto que no tengo nada que ofrecer. Mi imperio ya no existe.
—Oh, lo sé. —Antonio se recostó en la silla, cruzando una pierna sobre la otra—. Sé que su imperio ha caído. Sé que su dinero está confiscado. Sé que sus socios lo han abandonado. Sé que su hijo legítimo lo ha repudiado. Y sé, sobre todo, que su bastardo le ha ganado la partida. Marcus Chen. El héroe de Concordia. El hombre al que usted intentó destruir y que, sin embargo, está más vivo que nunca.
Lǐ Chóngshèng apretó la mandíbula. El nombre de Marcus, pronunciado por aquel hombre con una calma tan insultante, le quemó en el pecho como un ácido.
—¿Ha venido a burlarse de mí, Durán? Porque si es así, puedo ahorrarle el viaje. Ya me han burlado los dioses, los hombres y hasta los gusanos que se arrastran por el suelo de mi celda. Su burla no añadirá nada.
—No he venido a burlarme. —Antonio inclinó ligeramente la cabeza, y su sonrisa se ensanchó, apenas un milímetro—. He venido a agradecerle.
El silencio que siguió fue tan denso que Lǐ Chóngshèng sintió que le costaba respirar.
—¿Agradecerme? —repitió, incrédulo.
—Sí. A agradecerle. Porque usted, sin saberlo, me ha dado la oportunidad perfecta para terminar lo que empecé hace veinte años.
Lǐ Chóngshèng frunció el ceño. Su instinto, ese instinto de depredador que lo había guiado durante décadas, le gritaba que algo no encajaba. Aquel hombre no era el esposo comprensivo que salía en los noticieros. No era el diplomático paciente que todos admiraban. No era el padre adoptivo que recogía a Luke en el colegio. Era otra cosa. Algo más oscuro. Algo más frío. Y Lǐ Chóngshèng, por primera vez en mucho tiempo, sintió un atisbo de miedo.
—No le entiendo —dijo, con una voz que no sonaba tan firme como le habría gustado.
—Lo sé. Y es normal. Usted siempre subestimó a todo el mundo, señor Lǐ. Subestimó a su bastardo, y mire lo que pasó. Ahora me subestima a mí. Es un error que no debería cometer.
Antonio se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa que lo separaba del cristal. Sus ojos, normalmente cálidos y conciliadores, brillaban ahora con una frialdad que habría helado el alma de cualquier adversario.