Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 20: El hombre que no supo ser padre

El aire en aquella habitación era denso, irrespirable, como si la fábrica entera contuviera el aliento. Las paredes desconchadas, los ventanales tapiados, el colchón mugriento en el suelo: todo se reducía a un escenario diminuto donde cuatro almas se enfrentaban a un monstruo con traje de gala. Lǐ Chóngshèng permanecía en el umbral, con las manos a la espalda y una sonrisa que no tenía nada de humana. A su espalda, los guardias se alineaban como una muralla de carne y acero, fusiles en ristre, miradas vacías.

Marcus Chen dio un paso al frente. Su cuerpo, agotado por días sin dormir y semanas de angustia, se irguió con una dignidad que desafiaba la gravedad. Detrás de él, Antonio sostenía a Luke contra su pecho, tapándole los ojos con una mano. Grace, pálida y temblorosa, se aferraba al brazo de su marido, pero sus ojos no se apartaban de Marcus. De aquel hombre que una vez fue su esposo y que ahora, de pie frente al diablo, parecía más alto que nunca.

—Ingeniero Chen —dijo Lǐ Chóngshèng, paladeando cada sílaba—, ¿de verdad pensaba que podría entrar aquí y salir como si nada? ¿Que no tendría yo preparado un recibimiento a la altura de su… heroicidad?

—He venido a buscar a mi hijo —respondió Marcus, y su voz no tembló—. Y a Grace. No quiero nada de usted. Solo que nos deje salir.

—¿Salir? —Lǐ Chóngshèng soltó una risa corta, seca, una risa que rebotó en las paredes como un escupitajo—. Usted no entiende la situación. Usted nunca ha entendido nada. Siempre fue un soñador, un idealista. Cree que el mundo se rige por la justicia, por el mérito, por el esfuerzo. Y mire dónde está. Acorralado. Sucio. A punto de perderlo todo. Otra vez.

—Si estoy acorralado —replicó Marcus, sin alzar la voz—, es porque usted me trajo aquí. Secuestró a mi hijo. Secuestró a la madre de mi hijo. Amenazó con matarlos. ¿Y ahora me habla de cómo funciona el mundo? Usted no entiende nada, Lǐ Chóngshèng. Nunca lo entendió. Porque si lo hubiera hecho, sabría que el amor no se doblega ante el poder. Y yo los amo a los dos. A Luke. A Grace. Más de lo que usted ha amado a algo en toda su miserable vida.

Las palabras cayeron como piedras. Lǐ Chóngshèng apretó la mandíbula. Sus dedos, entrelazados a la espalda, se tensaron hasta ponerse blancos.

—Hábleme de amor —dijo, con un desdén que ya no lograba ocultar del todo—. Usted, el bastardo de una mujer que murió en una clínica de mala muerte. Usted, el niño que creció en un orfanato. Usted, el hombre al que nadie quiso. ¿Qué sabe del amor?

—Sé que no se mide en apellidos, ni en cuentas bancarias, ni en ejércitos privados. —Marcus dio otro paso, y su voz, aunque baja, llenó la habitación—. Sé que mi madre me quiso lo suficiente como para dar su vida por mí. Sé que Grace me quiso lo bastante como para casarse conmigo sin saber de dónde venía. Sé que mi hijo me quiere sin importarle si soy un héroe o un bastardo. Y eso, Lǐ Chóngshèng, es algo que usted jamás tendrá. Porque usted no sabe amar. Solo sabe poseer. Y la posesión no es amor. Es miedo. Miedo a que le abandonen, a que le olviden, a que descubran que, debajo de toda esa riqueza, no hay nada. Solo vacío.

El silencio que siguió fue absoluto. Lǐ Chóngshèng palideció. Durante un instante, su máscara de arrogancia se resquebrajó y dejó ver algo más profundo, más frágil, más aterrador: la verdad. Marcus lo había desnudado. Le había clavado el dedo en la herida más profunda de todas.

Pero el resquicio duró solo un segundo. Luego, la rabia lo inundó todo.

—¡Cállate! —gritó Lǐ Chóngshèng, y por primera vez su voz se quebró—. ¡Tú no sabes nada de mí! ¡Nada! Yo lo tengo todo. Tengo dinero. Tengo poder. Tengo un imperio. ¿Y tú? Tú no eres más que un error. Un accidente. Una mancha que debí borrar hace cuarenta años.

—Pues aquí estoy. —Marcus abrió los brazos, un gesto de entrega absoluta—. Bórreme, si puede. Míreme a los ojos y haga lo que lleva toda la vida queriendo hacer. Pero deje a mi familia en paz. Ellos no tienen nada que ver con esto.

—¿Tu familia? —Lǐ Chóngshèng soltó una carcajada, una carcajada fea, desesperada—. No tienes familia. No tienes nombre. No tienes nada. Yo soy tu familia. Yo soy tu nombre. Y ahora mismo, yo soy tu verdugo.

Fue entonces cuando sacó el arma.

El movimiento fue tan rápido que nadie lo vio venir. Un destello de metal bajo la luz sucia de la fábrica. Un sonido seco, metálico, inconfundible. El seguro que se libera. El gatillo que se amartilla.

Pero Lǐ Chóngshèng no apuntó a Marcus. Apuntó a Grace. Y luego a Luke.

—¿Quiere hablar de amor? —dijo, con una sonrisa que era un corte en el rostro—. Pues hablemos de lo que se siente cuando te arrebatan aquello que amas. ¿Usted cree que yo no sé lo que es perder? ¿Cree que no he perdido? Perdí a mi reputación por su culpa. Perdí mi imperio. Perdí mi apellido. Y ahora, usted perderá algo también. Elija, ingeniero Chen. ¿La madre o el hijo? ¿Quién muere primero?

El mundo se detuvo.

Grace se quedó inmóvil, con Luke aferrado a su cintura. El niño temblaba, llorando en silencio, sin entender del todo lo que estaba pasando, pero sabiendo, con ese instinto animal de los pequeños, que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Antonio, detrás de ellos, palideció. Sus manos, que aún sostenían a Luke, comenzaron a sudar.

Y Marcus Chen, el hombre que había sobrevivido a un agujero de gusano, a diez años de ausencia, a un asteroide y a los atentados de un saboteador, sintió que el corazón se le detenía.




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