Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 10: La calma que merecen

El cuarto mes amaneció con una quietud casi sospechosa. Las sirenas de la base de Aethel, que durante semanas habían aullado sin tregua, se silenciaron una mañana de martes sin que nadie diera la orden. Los técnicos se miraron unos a otros, desconcertados, como si el silencio fuera un idioma extranjero que hubieran olvidado hablar. La pantalla central de la sala de monitoreo mostraba la trayectoria del asteroide 635-K alejándose de Concordia en una curva limpia, una línea que ya no era roja sino verde, el color de las cosas que dejan de ser una amenaza para convertirse en un recuerdo.

Las reuniones semanales con la AIC se limitaban ahora al monitoreo final. Aiko, Alexei, Inés y Marcus se sentaban alrededor de una mesa virtual con los representantes de los cinco planetas, pero ya no discutían trayectorias ni láseres ni ojos de cerradura. Discutían logística de retorno, informes de clausura, la posibilidad de que el asteroide se convirtiera en una luna errante que los astrónomos de Ellisyum ya habían bautizado como “La Viajera”. Eran reuniones de trámite, de esas que se celebran cuando la verdadera batalla ya ha terminado.

—Los materiales extraídos han generado un superávit del trescientos por ciento sobre la inversión inicial —informó uno de los representantes de Qeeren, con una sonrisa que le doblaba los ojos—. Los sultanes desean expresar su gratitud eterna al equipo de ingeniería.

—Meijin también —añadió el embajador del planeta externo, un hombre de porte marcial que por primera vez en meses no tenía los puños apretados—. Los emperadores han invitado personalmente a la tripulación del Prometeo-35 a una semana de descanso en el palacio de los Mil Templos. Todos los gastos pagados.

—¿Una semana? —preguntó Alexei, incrédulo—. ¿En Meijin?

—Una semana. Ustedes cuatro. Los emperadores insisten en que es lo mínimo que pueden hacer por quienes salvaron su mundo.

Aiko sonrió. Inés soltó una risa cansada pero genuina. Marcus, en cambio, se quedó mirando la pantalla, calculando mentalmente las fechas. Grace le había comentado, semanas atrás, que tenía planeado un viaje a Meijin con Luke en esas mismas fechas. Una invitación de los emperadores, le había dicho, algo sobre un agradecimiento a Antonio por su labor diplomática durante la crisis. Si los calendarios coincidían, Marcus podría darle una sorpresa a su hijo. La primera sorpresa verdadera que le daría en la vida.

—Aceptamos —dijo Aiko en nombre de todos.

Pero antes de Meijin, estaban los asuntos pendientes. Y el más pendiente de todos era la cita médica que Marcus llevaba tres meses postergando.

La doctora Okonkwo lo recibió en su consulta con la misma expresión que pondría una madre al ver a su hijo adolescente llegar a casa después de tres días sin dar señales de vida. Brazos cruzados, ceño fruncido, un pie golpeteando el suelo con un ritmo que anunciaba tormenta.

—Ingeniero Chen. Tres meses. Tres meses sin una sola visita, sin un solo análisis, sin una sola llamada. ¿Usted cree que yo receto dietas especiales por diversión?

—Doctora, ha sido un trimestre muy complicado. El asteroide, las simulaciones, los sabotajes…

—Ah, sí, los sabotajes. —Okonkwo lo interrumpió con un gesto de la mano—. Me enteré por las noticias. También me enteré de que vomitó en el baño de la base, de que bebió el compuesto de emergencia que le di para ocasiones puntuales y de que no durmió más de cuatro horas diarias durante semanas. ¿Quiere seguir enumerando excusas o prefiere que vayamos directamente al regaño?

Marcus esbozó una sonrisa. No podía evitarlo. La doctora Okonkwo era de esas personas que soltaban verdades como puños y que, precisamente por eso, le resultaban entrañables. Habían desarrollado, durante la cuarentena, una relación de amistad extraña, de esas que se basan en discutir por todo y en respetarse precisamente por eso. Una amistad del tipo «amigo apache», como la llamaba Inés: dos personas que se insultan con cariño y que, en el fondo, se quieren.

—Vamos al regaño —dijo Marcus, sentándose en la camilla.

Okonkwo lo miró fijamente. El regaño duró veinte minutos. Le leyó la cartilla sin pausa: los niveles de hierro estaban por los suelos, la mucosa gástrica presentaba signos de inflamación aguda, la falta de sueño había disparado el cortisol y eso, a su vez, empeoraba la intolerancia alimentaria. Le prohibió el café —que Marcus bebía a escondidas— y le duplicó la dosis de probióticos. Y luego, cuando ya parecía que había terminado, soltó la amenaza definitiva:

—Si vuelve a faltar a un solo chequeo, ingeniero Chen, presentaré un informe a la AIC solicitando su baja temporal por razones médicas. Y no es una advertencia vacía. Usted es un activo valioso para Concordia, pero también es un paciente con tendencia a la autodestrucción. Y yo no voy a permitir que se me muera en el quirófano porque no se tomó a tiempo un puto antiácido.

Marcus levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien, doctora. Lo he entendido. No faltaré a más chequeos.

—Más le vale. —Okonkwo se suavizó un poco y se sentó frente a él—. ¿Cómo está su hijo?

—Bien. Creciendo. Me espera en Meijin.

—He oído que los emperadores les han invitado. Una semana de vacaciones en los Mil Templos. No está mal para un ingeniero que hace cuatro meses estaba en una camilla de cuarentena.




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