La Corte Suprema de la AIC se alzaba en el corazón del planeta artificial como una catedral de justicia. Sus cúpulas de cristal, sus muros de mármol sintético, sus pasillos interminables: todo estaba diseñado para inspirar reverencia, para recordar a los cinco planetas que aquel lugar era el último reducto de la ley y el orden. Y aquella mañana, tres meses después de la muerte de Antonio Durán, la Corte se había vestido de solemnidad para pronunciar el veredicto final.
La sala principal estaba abarrotada. Representantes de los cinco planetas, periodistas, funcionarios, abogados y ciudadanos comunes llenaban las gradas, y el murmullo de las conversaciones flotaba en el aire como un enjambre lejano. Todos esperaban lo mismo: que la justicia, por fin, hablara.
Marcus Chen ocupaba un asiento en la primera fila, flanqueado por Grace y Luke. Li Wei estaba a su lado, con el rostro serio y la mandíbula tensa. Detrás de ellos, Helena y Roberto sostenían a Emma, que se había dormido en brazos de su abuela. No era un lugar para una niña de cuatro años, pero Grace no había querido separarse de ella. Después de todo lo que habían vivido, la familia permanecía unida. Siempre.
El líder supremo de la Corte, el anciano de barba blanca y ojos que parecían contener siglos, se puso en pie. El silencio cayó sobre la sala como una guillotina.
—Durante los últimos tres meses —comenzó, con una voz que resonaba en cada rincón—, la Agencia Interestelar de Concordia ha llevado a cabo una investigación exhaustiva de los crímenes cometidos por Antonio Durán y sus cómplices. Las pruebas presentadas ante esta Corte han sido abrumadoras. Los testimonios han sido concluyentes. Y hoy, ante los ojos de los cinco planetas, pronunciamos el veredicto.
Hizo una pausa. El aire se volvió denso, irrespirable.
—Antonio Durán es declarado culpable de todos los delitos que se le imputan: robo de herencia, falsificación de documentos, evasión fiscal sistemática que mantuvo oculta durante más de una década bajo la protección de su cargo, instigación de los atentados contra el ingeniero Marcus Chen durante la Operación Ojo de Cerradura, complicidad en el secuestro de Grace Smit y Luke Chen, y los ataques del día de su muerte. —El anciano miró a la sala, y su voz se volvió aún más grave—. Este tribunal habría solicitado la pena máxima: cadena perpetua en una prisión de máxima seguridad de la AIC, sin posibilidad de revisión ni conmutación. Sin embargo, dado que el acusado falleció durante su intento de fuga, dicha sentencia no puede ejecutarse. La muerte le ha otorgado una salida cobarde, pero no le ha otorgado el perdón. Su nombre quedará marcado para siempre en los registros de Concordia como lo que fue: un criminal. Un traidor. Un hombre que usó el poder para oprimir y robar.
Un murmullo recorrió las gradas. Grace apretó la mano de Marcus. Luke, con el brazo aún enyesado, mantenía la mirada fija en el estrado. Emma seguía dormida, ajena a la historia que se escribía a su alrededor.
—La investigación también ha revelado el alcance de la corrupción de la Flotilla —continuó el líder supremo—. Políticos, funcionarios, guardias corruptos: todos los que colaboraron con Antonio Durán han sido identificados, judicializados y encarcelados en la prisión de máxima seguridad de la AIC. La misma prisión donde Lǐ Chóngshèng cumple su condena. —Hizo otra pausa—. La lista es larga. Y no nos enorgullece. Pero la justicia no se detiene ante la vergüenza. La justicia avanza.
Marcus observó al anciano con una mezcla de alivio y agotamiento. Tres meses de investigación, de testimonios, de espera. Y por fin, la verdad había salido a la luz. Antonio ya no era un fantasma intocable. Era un nombre maldito, un recuerdo oscuro, una lección para las generaciones futuras.
—Que los registros oficiales reflejen esta sentencia —concluyó el anciano—. Y que los dioses de los cinco planetas se apiaden de su alma. Porque este tribunal no lo hará.
La sala estalló en un aplauso contenido. Algunos lloraban. Otros se abrazaban. La pesadilla, por fin, había terminado.
La investigación reveló lo que muchos sospechaban y pocos se atrevían a decir: Antonio Durán no solo era un ladrón. Era un hombre roto por dentro.
Durante años, el exrepresentante había mantenido una adicción secreta a las apuestas. Casinos clandestinos en la Tierra, apuestas ilegales en Qeeren, mesas de póquer en Aethel. El dinero que robaba de la herencia de Marcus no solo alimentaba su lujoso estilo de vida; también pagaba una deuda colosal que crecía como una bola de nieve. La casa de los Durán, aquella casa que había sido de Marcus y que Antonio compró con dinero robado, ya no existía. Había sido embargada para saldar las deudas acumuladas.
—No hay forma de restituir lo robado —informó la abogada Valentina Ríos, durante una reunión privada con Marcus y Li Wei—. El patrimonio del señor Durán está vacío. Las deudas superan con creces los activos. La herencia se ha perdido para siempre.
—Lo sé —respondió Marcus, con una calma que sorprendió a todos—. Y no me importa.
—¿No le importa? —Valentina arqueó una ceja—. Hablamos de una suma considerable.
—Ya he ganado bastante dinero con mi trabajo. Lo único que quería era justicia. Y la he conseguido.
Li Wei, sentado a su lado, asintió con una sonrisa serena.
—Mi hermano es un hombre extraño. Pero tiene razón. Lo importante no era el dinero. Lo importante era desenmascarar al monstruo.