Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 35: El estacionamiento

Los días se arrastraban como heridas que no terminaban de cerrar. La investigación de la AIC avanzaba a un ritmo implacable, devorando secretos, destapando cloacas, reduciendo a cenizas la reputación de la Flotilla y de todos los que alguna vez se habían creído intocables. Cada mañana traía un nuevo titular, un nuevo nombre, una nueva vergüenza. La Tierra, huérfana de gobierno, vivía bajo el yugo de la incertidumbre, sostenida apenas por la autoridad de la AIC y la vigilancia de los planetas aliados. Cualquier indicio de corrupción era detectado casi de inmediato, investigado con saña y castigado con una severidad que no admitía apelaciones.

Antonio Durán se había convertido en un fantasma. Ya no era el representante de la Tierra. Ya no era el esposo de Grace. Ya no era el padre de Emma. Era un hombre acorralado, sin poder, sin aliados, sin refugio. Y en su desesperación, había comenzado a merodear como un animal herido, buscando una presa a la que aferrarse.

Había intentado contactar a Grace por todos los medios: llamadas, mensajes, intermediarios. Todo había sido ignorado. Ella no quería verlo. No quería oírlo. No quería saber nada de él. Y esa indiferencia, ese silencio absoluto, era peor que cualquier insulto. Porque Antonio no soportaba ser ignorado. No soportaba que Grace, la mujer que siempre consideró su posesión, lo tratara como si no existiera.

La siguió durante tres días. Con discreción, con paciencia, con esa habilidad que había perfeccionado en los pasillos del poder. Supo que Grace vivía ahora en la casa de sus padres, aquella mansión de dos plantas custodiada por guardias de la AIC y hombres de Li Wei. Supo que Emma asistía a una guardería por las mañanas, escoltada por un séquito de seguridad que no la dejaba ni a sol ni a sombra. Supo que Luke iba a un curso de preparación universitaria, y que siempre lo acompañaban dos guardias discretos que se mantenían a distancia. Y supo, sobre todo, que Marcus Chen no se comunicaba directamente con ninguno de ellos. La información fluía a través de Li Wei, el hermano que se había convertido en el puente entre la familia y el ingeniero recluido.

Marcus estaba encerrado en su casa, bajo protección. No por capricho, sino por necesidad. Las amenazas de muerte de antiguos funcionarios de la Flotilla, aquellos que estaban siendo investigados y que se veían acorralados por los crímenes de Antonio, habían llegado a oídos de la AIC. Por seguridad, solo unas pocas personas —Li Wei entre ellas— podían acercarse a Marcus. Un solo error de seguridad, un solo descuido, y su vida correría peligro.

Antonio no sabía nada de eso. Solo sabía que Grace estaba protegida, que Marcus estaba inaccesible, y que el círculo a su alrededor se cerraba cada vez más.

La siguió durante tres días. Y aquella mañana, cuando vio que Grace salía de la mansión con Emma en brazos y Luke a su lado, escoltada por un vehículo blindado que los llevaría al centro comercial, supo que aquella era su oportunidad.

El estacionamiento del centro comercial olía a gasolina y a lluvia. Las luces de neón parpadeaban en el techo, proyectando un resplandor frío sobre el pavimento húmedo. Grace salió del supermercado con tres bolsas de compras y Emma dormida en su brazo. Luke caminaba a su lado, con una mochila al hombro y el ceño fruncido por la falta de sueño. Detrás, a una distancia discreta, dos guardias de Li Wei los seguían sin intervenir.

—Mamá, ¿seguro que no quieres que lleve algo? —preguntó Luke, mirando las bolsas con gesto preocupado.

—No te preocupes, cariño. No pesan tanto. —Grace sonrió, pero la sonrisa se le borró de golpe.

Antonio estaba allí.

Había aparecido de la nada, como una sombra que se desprende de la pared. Llevaba la ropa arrugada, la barba descuidada y los ojos enrojecidos por el insomnio. Ya no era el hombre elegante y carismático que todos conocían. Era un espectro, un despojo, una ruina ambulante.

—Grace —dijo, y su voz sonó extraña, como un eco de otra época—. Necesito hablar contigo.

Luke se interpuso de inmediato, con los puños apretados y la mandíbula tensa.

—No te acerques a mi madre —dijo, con una frialdad que no correspondía a sus diecisiete años—. Vete. No tienes nada que hacer aquí.

—Luke, por favor. Soy tu padre.

—No eres mi padre. Mi padre se llama Marcus Chen. Tú solo eres un cobarde que se casó con mi madre para robarle lo que no era suyo.

Antonio apretó los puños. La furia le subió por la garganta, pero logró contenerse. No era el momento. Todavía no.

—Grace, te lo pido por última vez. Déjame hablar. Solo quiero explicarte...

—¿Explicarme qué? —Grace lo interrumpió, con una voz que temblaba de rabia contenida—. ¿Explicarme por qué me robaste? ¿Por qué falsificaste la firma de Marcus para vender su casa? ¿Por qué nos dejaste sin un centavo mientras tú te llenabas los bolsillos?

—Eso no fue así. Las cosas no son tan simples. Yo...

—¿No son tan simples? —Grace soltó una risa amarga—. Lo que hiciste fue robarle a una viuda y a su hijo, Antonio. Fue robarle al padre de Luke todo lo que había dejado para nosotros. Fue convertir mi vida en una mentira. Esa casa. Esa maldita casa donde vivimos durante años. Era suya. De Marcus. Y tú la robaste.

—¡La compré con mi dinero!

—¡Con su dinero! —gritó Grace, y el eco rebotó en las paredes del estacionamiento—. ¡Con el dinero que le robaste! ¡Con el dinero que nos quitaste! ¡No tienes nada tuyo, Antonio! ¡Nada! Ni la casa, ni el dinero, ni siquiera el amor que decías sentir por mí. Todo era una farsa.




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