Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 15: La sangre no es familia

La noticia llegó a la base de Aethel un martes por la mañana, envuelta en protocolo y sellada con el emblema de la Asamblea Interestelar de Concordia. Una delegación de la Tierra, encabezada por el empresario y político Lǐ Chóngshèng, visitaría las instalaciones de la agencia aeroespacial para negociar un acuerdo de colaboración tecnológica entre su corporación —Lǐ Industries, un gigante con tentáculos en media docena de planetas— y el gobierno de Aethel. La visita era rutinaria, de esas que los diplomáticos organizan para estrechar lazos y los empresarios aprovechan para abrir mercados. Pero para Marcus Chen, aquella noticia fue como recibir un disparo a quemarropa.

Estaba en el hangar, inclinado sobre un panel de control del Prometeo-35, cuando Aiko se acercó con la tableta y le mostró el comunicado oficial.

—Viene un pez gordo de la Tierra. ¿Lo conoces?

Marcus leyó el nombre en la pantalla y sintió que el estómago le daba un vuelco. Lǐ Chóngshèng. El hombre que lo había engendrado y luego lo había borrado del mapa como quien tacha una línea en un libro de contabilidad. El hombre que lo había exiliado de Shanghái con dieciocho años recién cumplidos, sin más armas que una beca y un apellido que legalmente no le pertenecía.

—No —mintió, con la voz más firme de lo que esperaba—. Jamás he oído hablar de él.

Aiko lo miró con esos ojos de capitana que lo leían todo, pero no insistió. Marcus se volvió hacia el panel y continuó trabajando, aunque sus manos temblaban ligeramente sobre los circuitos. Las cicatrices de las palmas le ardían como si acabara de soldar.

Durante las siguientes horas, intentó trazar un plan para evitar el encuentro. La base de Aethel era grande, con innumerables pasillos y hangares donde un ingeniero podía desaparecer sin dejar rastro. Pero el universo, que tantas veces le había sido adverso, tampoco iba a concederle esa pequeña tregua. A media tarde, un mensajero de la presidencia se presentó en el hangar con una convocatoria expresa: la presidenta Ilyra requería la presencia del ingeniero Chen en la sala de recepciones para conocer al señor Lǐ Chóngshèng y a su heredero, Li Wei.

—Es una orden, señor Chen —dijo el mensajero—. La presidenta insiste en que usted es uno de los mejores ingenieros de Concordia y quiere que la delegación lo conozca.

Marcus asintió con la rigidez de un soldado que recibe una sentencia de muerte. No había escapatoria.

La sala de recepciones era un salón ovalado de paredes de cristal líquido, con vistas a las torres iluminadas de Aethel. La presidenta Ilyra, vestida con su habitual túnica plateada, presidía el encuentro flanqueada por su consejo de ministros y por el embajador de la Tierra en Aethel. Frente a ella, de pie con la arrogancia de quien ha comprado y vendido mundos, estaba Lǐ Chóngshèng.

Era un hombre alto para su edad, de hombros anchos y cabello entrecano peinado hacia atrás con esmero. Sus ojos, oscuros y afilados como puntas de obsidiana, recorrían la sala con la frialdad de un tasador. A su lado, ligeramente retrasado en señal de respeto jerárquico, se encontraba Li Wei, su hijo legítimo: un joven de treinta y algo, de rostro amable y gesto algo incómodo, como si la opulencia de su padre le pesara más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Marcus entró en la sala con el uniforme de faena aún manchado de grasa y el corazón golpeándole el pecho como un motor averiado. La presidenta Ilyra lo recibió con una sonrisa.

—Ingeniero Chen, justo a tiempo. Permítame presentarle al señor Lǐ Chóngshèng, director ejecutivo de Lǐ Industries, y a su hijo Li Wei.

El tiempo se detuvo. O quizás fue al revés: el tiempo se aceleró de golpe, comprimiendo tres décadas de abandono, exilio y silencio en el brevísimo instante en que los ojos de Marcus se encontraron con los de su padre.

Fue un cruce de miradas que apenas duró un segundo, pero que contuvo un universo entero de cosas no dichas. Lǐ Chóngshèng parpadeó. Su expresión, entrenada para no mostrar emoción, se agrietó ligeramente. Algo pasó por sus ojos —¿sorpresa?, ¿reconocimiento?, ¿miedo? — antes de que volviera a enfundarse la máscara de hombre de negocios.

Marcus, por su parte, permaneció inmóvil. Su rostro era un bloque de mármol. Sus manos, apretadas a los costados, escondían las cicatrices en los puños cerrados.

—Ingeniero Chen —dijo Ilyra, ajena a la tensión que acababa de estallar en la sala—. ¿Se conocen ustedes?

La pregunta flotó en el aire como una navaja suspendida. Marcus respiró hondo y, con una calma que no sentía, respondió:

—No, presidenta. Jamás había oído hablar del señor Lǐ. Nunca nos hemos visto.

Lǐ Chóngshèng asintió levemente, casi imperceptiblemente. Un gesto de confirmación, de complicidad forzada, de “bien hecho, muchacho”. Marcus sintió náuseas.

—Una lástima —comentó Lǐ Chóngshèng con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. He oído maravillas del ingeniero Chen. Los informes dicen que fue clave en la desviación del asteroide. Un héroe de Concordia.

—Hice mi trabajo —respondió Marcus, sin devolver la sonrisa—. Nada más.

La conversación derivó hacia asuntos técnicos. Ilyra explicaba las capacidades de los laboratorios de Aethel; Lǐ Chóngshèng asentía y hacía preguntas precisas, demostrando que sabía de lo que hablaba; Li Wei tomaba notas en una tableta con la diligencia de un buen estudiante. Marcus permaneció de pie, en un extremo de la sala, respondiendo con monosílabos cuando se le requería y deseando que el suelo se lo tragara.




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