El alta médica de Marcus Chen llegó en una mañana fría, envuelta en formularios y recomendaciones que sonaban a sentencia. El hospital de Houston lo dejó ir con una lista interminable de cuidados, una bolsa de medicamentos y la advertencia de que cualquier esfuerzo excesivo podría devolverlo al quirófano. Pero la verdadera sentencia la impusieron ellos: Grace, Helena, Roberto, Luke y hasta Li Wei, que formaron un frente común imposible de derribar.
—Te quedarás en casa de mis padres —dijo Grace, con un tono que no admitía discusión—. Hasta que te recuperes por completo.
—Grace, mi casa está bien. No necesito...
—Necesitas ayuda, Marcus. Y no vas a recibirla solo. —Grace lo miró con una mezcla de ternura y firmeza—. No pienso dejarte solo. No otra vez.
Helena asintió, con los brazos cruzados.
—La habitación de invitados ya está preparada. Roberto se encargará de tus curas. Yo de tu alimentación. Y los niños te harán compañía.
—Yo puedo ayudar a papá —añadió Luke, con el brazo aún enyesado pero la sonrisa intacta—. Podemos ver películas y jugar al ajedrez.
—¡Y yo te cuento cuentos! —exclamó Emma, saltando de entusiasmo.
Marcus miró a su familia —aquella extraña constelación de personas que lo querían— y comprendió que no tenía escapatoria. No quería tenerla.
—Está bien —cedió, con una sonrisa cansada—. Me quedaré.
Y así comenzó su recuperación en la casa de Helena y Roberto, aquella mansión de dos plantas que olía a pan recién horneado y a jazmín, donde casi veinte sirvientes se movían en silencio y la vida transcurría con una calma que Marcus no había conocido jamás.
Los días se volvieron una coreografía de cuidados. Roberto, con la paciencia de un médico veterano, limpiaba las heridas de Marcus cada mañana, le cambiaba los vendajes, le tomaba la tensión y le regañaba con cariño cada vez que intentaba levantarse sin ayuda. Helena, mientras tanto, lo alimentaba con sopas humeantes, guisos nutritivos y postres que Marcus no podía rechazar, por mucho que su estómago protestara.
Luke se convirtió en su sombra. Pasaba horas en la habitación de su padre, jugando al ajedrez, leyéndole noticias, ayudándolo a mover el brazo sano en ejercicios de rehabilitación. Emma, la pequeña Emma, se instalaba en el borde de la cama y le contaba historias incomprensibles sobre unicornios, astronautas y princesas que vivían en la luna. Marcus la escuchaba con una atención desmedida, asintiendo en los momentos justos, riendo cuando ella reía, como si aquellas historias sin sentido fueran lo más importante del mundo.
—Tío Marcus, ¿sabes por qué la luna es redonda? —preguntó Emma una tarde, con los ojos muy abiertos.
—No, princesa. ¿Por qué?
—Porque un dragón la empujó con su nariz. Y se quedó así.
—Tiene sentido. Un dragón muy amable.
—¿Verdad que sí?
—Totalmente.
Y Emma se recostaba contra su hombro, satisfecha, como si aquel intercambio hubiera resuelto un misterio universal.
Amara Okonkwo llegó desde Aethel tres días después del alta de Marcus.
Entró en la mansión como un huracán controlado, con su maletín médico y su bata blanca, y se dirigió directamente a la habitación de Marcus sin pedir permiso. Helena la recibió con un abrazo y Roberto la saludó con un apretón de manos, recordando los años en que ella había sido su alumna más brillante.
—Ingeniero Chen —dijo Amara, entrando con su tableta en la mano—. Me enteré de que volvió a hacer de las suyas. ¿Cuántas veces tendré que reconstruirlo antes de que aprenda a no autodestruirse?
—Amara, no es para tanto. Solo unos cuantos golpes.
—Unos cuantos golpes. Tres costillas fracturadas. Una contusión pulmonar. El brazo izquierdo hecho trizas. Y una herida en la cabeza que le dejó a un centímetro de la muerte. —Amara arqueó una ceja—. Sí, no es para tanto.
—Siempre es un placer verte, Amara.
—No me llames Amara cuando estoy enfadada contigo. —Amara le dio un golpecito en el hombro, con una familiaridad que sorprendió a Grace, que observaba desde el umbral de la puerta—. Y estoy muy enfadada.
A partir de entonces, Amara visitó a Marcus cada dos o tres días. Le revisaba las heridas, le ajustaba la medicación, le regañaba y le contaba chismes de Aethel con una naturalidad que a Grace le revolvía las entrañas. No era solo la manera en que Amara le hablaba —ese tono de camaradería antigua—, sino la manera en que lo tocaba. Los golpecitos en el hombro, las palmadas en la espalda, las manos que le ajustaban los vendajes con una confianza de años.
Grace lo disimulaba bien. O eso creía.
—¿Otra vez esa cara, hija? —le dijo Helena una tarde, cuando Amara acababa de irse—. Si pones más cara de celos, se te va a quedar así para siempre.
—No estoy celosa, mamá.
—Claro que no. Y yo soy la reina de Aethel. —Helena soltó una risa suave—. Vamos, Grace. Te conozco desde que naciste. Y sé exactamente lo que te pasa.
—No me pasa nada.
—Te pasa que Amara le toca el brazo y a ti te hierve la sangre. Te pasa que se ríe de sus chistes malos y a ti te dan ganas de tirarle algo a la cabeza. Te pasa que estás enamorada de Marcus y no quieres admitirlo. —Helena le tomó la mano—. Y no te preocupes, hija. Marcus solo tiene ojos para ti. Siempre los ha tenido.