El vestíbulo de la casa de los padres de Grace se había convertido en un escenario de caos. Las luces de emergencia parpadeaban en rojo y azul, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de mármol. El aire olía a pólvora y a sangre, y el suelo, antes impoluto, estaba manchado de un rojo oscuro que se extendía como un río silencioso. Los guardias de la AIC daban órdenes, aseguraban el perímetro, registraban cada rincón. Las sirenas de las ambulancias sonaban a lo lejos, cada vez más cerca.
Grace estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Su vestido estaba manchado de sangre, aunque no era suya. Luke yacía a su lado, con el brazo izquierdo doblado en un ángulo imposible y el rostro pálido por el dolor, pero consciente. Emma, despertada por el alboroto, lloraba en brazos de Helena, que la mecía con desesperación. Roberto, de rodillas junto a su hija, le tomaba el pulso y le susurraba palabras que Grace no alcanzaba a oír.
—¿Estás herida? —preguntó Roberto, con la voz tensa—. Grace, ¿me oyes? ¿Estás herida?
Grace negó con la cabeza. No podía hablar. Las palabras se le atascaban en la garganta, y el llanto, un llanto seco y silencioso, le sacudía el pecho. Solo podía mirar a Luke, a su hijo, que le devolvía una sonrisa débil.
—Estoy bien, mamá —murmuró Luke, con un hilo de voz—. No llores.
—¿Bien? —Grace soltó una risa rota—. Te has roto el brazo, Luke. Casi te mata. Y tú me dices que estás bien.
—No me ha matado. Eso es lo que cuenta.
Grace lo abrazó con cuidado, evitando tocarle el brazo herido. Emma seguía llorando, y Helena se acercó, con la niña en brazos, y se arrodilló junto a su hija y su nieto. Roberto se levantó y fue a hablar con los guardias, buscando respuestas, buscando una salida.
—Señora —dijo uno de los agentes, acercándose a Grace—. La ambulancia está en la puerta. Su hijo necesita atención médica inmediata.
Grace asintió. Se puso en pie con las piernas temblorosas, ayudó a Luke a levantarse, y juntos caminaron hacia la puerta. Emma, en brazos de Helena, seguía llorando. Roberto los siguió, con el rostro grave y el corazón encogido.
La noche era un manto oscuro, roto por las luces de las ambulancias y los coches patrulla. Los paramédicos corrieron hacia ellos, colocaron a Luke en una camilla y le inmovilizaron el brazo. Grace subió a la ambulancia con él, sin soltar su mano. Emma se quedó con sus abuelos, que prometieron llegar al hospital lo antes posible.
—Aguanta, cariño —murmuró Grace, acariciando el pelo de Luke—. Ya falta poco.
—Mamá —dijo Luke, con los ojos entrecerrados—, llama a papá. Por favor. Dile que estoy bien.
Grace sintió un nudo en la garganta. Sacó el comunicador y marcó el número de Marcus. No contestó. Volvió a marcar. Nada. Una y otra vez. El silencio al otro lado era una losa que le aplastaba el pecho.
—No contesta —dijo, con la voz temblorosa—. No contesta, Luke.
—Estará ocupado. O dormido. —Luke intentó sonreír, pero el dolor lo hizo morderse el labio—. Ya verás como llama pronto.
Grace asintió, pero la preocupación le corroía las entrañas. Marcus siempre contestaba. Siempre. Incluso en las madrugadas más absurdas, incluso en medio de una misión. Aquel silencio no era normal. No era propio de él.
El hospital de Houston era un coloso de cristal y acero, iluminado por dentro como una ciudad en miniatura. Las luces de emergencia teñían los pasillos de un blanco cegador, y el olor a desinfectante impregnaba el aire. Grace caminaba junto a la camilla de Luke, sin soltar su mano, mientras los médicos los conducían a la sala de urgencias. Helena y Roberto llegaron minutos después, con Emma dormida en brazos.
Los médicos atendieron a Luke con rapidez. Radiografías, analgésicos, una reducción de la fractura. El brazo izquierdo quedó inmovilizado con un yeso que le cubría desde el codo hasta la muñeca, y el hombro, aunque dolorido, no requería cirugía. Luke soportó el proceso con una entereza que a Grace le partió el corazón.
—Es un chico muy valiente —dijo el médico, un hombre joven de sonrisa amable—. La fractura es limpia. En unas semanas estará como nuevo.
—Gracias, doctor —respondió Grace, sin apartar la vista de su hijo.
—¿Y usted, señora? ¿Quiere que la revisemos?
—Estoy bien. Solo quiero estar con él.
Grace se sentó junto a la cama de Luke, con Emma dormida en sus brazos. Los policías de la AIC llegaron poco después, para tomar declaraciones. Grace respondió con voz temblorosa, describiendo cada detalle: la aparición de Antonio, el arma, la sangre en su camisa, el forcejeo, los disparos. Luke, a su lado, confirmó todo con monosílabos, agotado.
Cuando los policías se fueron, Grace volvió a marcar el número de Marcus. Nada. El silencio era una pared invisible que se alzaba entre ella y el único hombre que podía calmarla.
—¿Dónde estás, Marcus? —murmuró, con la voz rota—. ¿Por qué no contestas?
En otra ala del mismo hospital, Marcus Chen luchaba por su vida.
La sala de emergencias era un hervidero de médicos y enfermeras que se movían con precisión quirúrgica. Marcus yacía en una camilla, con el cuerpo cubierto de moretones y heridas. Los golpes le habían fracturado tres costillas, una de las cuales estaba a punto de perforar el pulmón. Tenía la cabeza partida, con una herida profunda en la sien que había requerido puntos de sutura. Y el brazo izquierdo, su brazo dominante, estaba fracturado en dos lugares: la muñeca y el antebrazo.